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Keynes, el diseñador

Keynes, el diseñador

Keynes, el diseñador
julio 22
15:41 2017

Siempre que hay una crisis resucitan a Keynes. Cuando se venía abajo el mercado inmobiliario, como parte de la recesión que estallaba a mediados del 2007, el nobel Paul Krugman abogaba por una vigorosa intervención keynesiana en sus columnas de The New York Times.

Para John Maynard Keynes, una de las mentes más poderosas del pasado siglo, el mercado debe estar asistido por expertos que intervengan oportunamente y eviten el descarrilamiento del sistema. Influencia que terminó fabricando el “New Deal” para atenuar la crisis de 1929, y a decenas de propuestas similares desde entonces.

Keynes es hijo del constructivismo, del positivismo y de corrientes aún peores cuyas cúspides rondaban el período en que nace y se forma. Época cuya tesis más común reclamaba que si hacemos bien los cálculos podemos diseñar una sociedad mejor para todos. Y a no dudar, entre los inventos y los adelantos científicos existían sobradas razones para creer en dicha posibilidad. Era la agitación de los científicos por una organización científica de la sociedad.

Aunque su obra más exquisita, Las consecuencias económicas de la paz, publicada en 1919 tras concluir la Primera Guerra Mundial y donde acertadamente pronosticó que reducir Alemania a la servidumbre –debido a las compensaciones que exigían los aliados– desataría una nueva contienda, es en 1936, con  Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, donde su influencia se torna determinante.

La Teoría General, con muy pocas fórmulas y ningún modelo matemático explícito –tal y como nos comenta Hyman Minsky–, terminó revelando, incluso a su propio autor, que la actividad económica no podía ser apresada en ecuaciones. No obstante, fue suficiente para justificar que gobernantes y “entendidos” –muchos de los cuales no entendieron el libro– se entrometieran en la economía, retando al anterior paradigma clásico donde el mercado tiende naturalmente al equilibrio.

Debido a que una de las causas más visibles de la gran crisis del 1929 había sido la superproducción, creándose un exceso de productos no vendidos, Keynes declaró culpable a la disminución del consumo. Entonces se propuso demostrar que no es la oferta, sino la demanda, la variable que gobierna toda la economía, abogando por incrementar el gasto público como única salida al desempleo y los stocks abarrotados.

Por el contrario, Jean-Baptiste Say, a fines del siglo XIX, había concluido que la oferta (la producción) crea su propia demanda, base del juicioso pensamiento socio-económico de Friedrich Hayek y sólido soporte del laissez-faire, la política de dejar las cosas tomar su propio curso sin interferencia.

Keynes estaba errado. Las inversiones del New Deal y otros esfuerzos en Europa ayudaron, pero la recuperación tardó casi dos décadas. No por casualidad, el Empire State, terminado en plena depresión, reportó las primeras utilidades en 1950.

No es el consumo sino la producción el motor de la sociedad. Solo podemos consumir si obtenemos previamente el dinero, el ingreso para ello. Y solo ingresamos cuando trabajamos. Sea cuando vendemos algo que nos pertenece –producto de un trabajo pretérito– o cuando nuestra fuerza laboral produce. También nuestro gasto favorece involuntariamente el ingreso del otro. Ese que labora allí donde compramos. Asiste a mantener o incrementar el empleo donde se produce eso que necesitamos y viceversa.

Siendo entonces la diversificación, los nuevos inventos, la aparición de nuevos artefactos y servicios, lo que creó nuevas demandas, nuevas tipos de empleos y con ello una recuperación real. La civilización, como diría Wilhelm Humboldt, no es más que el desarrollo humano en su más rica diversidad.

No en balde Joseph Schumpeter, contemporáneo de Keynes, afirmaba que la Teoría General es una visión cortoplacista que expresa la actitud de una sociedad en decadencia.

Además, sin tener que invitar el gobierno, los bancos –a través del crédito– colocan el ahorro de unos a disposición de las necesidades de otros. Quienes por una parte deciden dónde invertir, qué consumir y, por otra, no solo lo hacen sobre lo que produjeron ayer sino también en base a lo que estiman producirán mañana. Compran hoy y pagan luego.

Es un orden espontáneo que se extendió más allá de cualquier sistema que el hombre pueda crear deliberadamente. Con tan solo preferir este servicio, este producto y no aquel, sometemos al mercado a un reajuste constante. Ese acto “cruel” de escoger deja muy poco espacio para aquello que los consumidores no desean. Si por el contrario dispongo de un mecanismo para que la Coca Cola gane, pues he dispuesto a su vez, arbitrariamente, que la Pepsi o cualquier otra bebida pierda.

Si revisamos un poco encontramos que la Reserva Federal, según varios expertos –entre ellos Murray Rothbard–, fue responsable mayoritaria de la Gran Depresión. Redujo las tasas de interés y expandió intencionadamente la oferta monetaria a principios de la década de 1920, lo cual trajo un auge artificial en los préstamos. Siendo el Martes Negro en Wall Street no causa, sino consecuencia, de haber corregido deliberadamente al mercado.

Hans Sennholz, alumno de Mises en la escuela austriaca, reclamaba que la mayoría de los apogeos y contracciones que han afectado la economía occidental, particularmente en Estados Unidos, fueron generados por el gobierno. Creando picos falsos a través de excesivas facilidades de créditos. Booms que terminaron en inevitables quiebras.

Pero Keynes, resuelto a hacer valer su prestigio, movido por la necesidad política y pretendiendo formular un manual para el ajuste de los mercados, se sumaba a quienes, entre otros delirios, sostenían que una “moral adecuada” puede ser construida a partir de la razón y con ello perfeccionar al mundo. Desestimando que ni la práctica de los “buenos” instintos como solidaridad, altruismo, etc., ni menos aún la de esta otra moralidad cuyo origen yace allí donde el hombre se propuso trazar una línea para delimitar el bien del mal, son suficientes para sostener la civilización que tenemos hoy.

Es en cambio esa moral evolucionada, que una vez se instaló entre el instinto y la razón, la causa incontestable de todo avance. Compuesta por ciertas tradiciones efectivas que surgen donde el reflejo humano selecciona e imita aquello que funciona. Y nos referimos al respeto por la propiedad privada, la honestidad, el ahorro, el libre intercambio, la confianza en el otro, la observancia de las leyes, etc. Todo un paquete que hace prosperar y crecer en número a quienes lo practican y cuyas reglas básicas cumplen.

No olvidar que llevábamos milenios sirviéndonos de la gravedad, la inercia, la fuerza de rozamiento e innovando a partir de lo que observábamos productivo, mucho antes que Newton se decidiera a explicárnoslo. Veamos el antiquísimo fenómeno de la emigración. Usualmente emigramos sin conocer a ciencia cierta las “razones” que permiten progresar a quienes ya viven donde pretendemos establecernos. Solo importa que allí podemos mejorar y usualmente basta con conocer, como por tradición, que en ese lugar las cosas funcionan. Atinado andaba Hume cuando expresó: ”el imperio de la moralidad no es el resultado de nuestra razonamiento”.

Es diferente cuando estimamos, por ejemplo, el curso de los astros. Aquí es usual acertar con más facilidad. Es un dominio observable, compuesto por elementos no pensantes que desarrollan trayectorias sometidas a leyes de la física. Los proyectos científicos descansan sobre estudios, tesis, mentes y esfuerzos que corren en la misma dirección. Igualmente ocurre cuando planificamos nuestro propio bolsillo, o la economía familiar. Aunque ya en una familia surgen las primeras divergencias, imaginemos en una ciudad o en todo un país.

Calcular el comportamiento del mercado, orden donde compiten millones de deseos, mediante análisis estadísticos u otras herramientas, tiende a omitir un detalle sumamente importante: la naturaleza humana. En economía, más allá de los números, cuenta la persona enfrentada a la disyuntiva de satisfacer fines infinitos con medios limitados. Basta observar que la utilidad de un objeto o acción, normalmente definida por su capacidad de satisfacer deseos humanos, no es de igual magnitud para todos los individuos.

Restaría preguntarnos: ¿Por qué el keynesianismo entonces, y aun en la actualidad, es siempre pieza del debate? Muy sencillo: eleva a los economistas al papel de diseñadores de la sociedad, de grandes consultores anti crisis, y además es argumento preferido de muchos gobernantes para empoderarse y disponer arbitrariamente del tesoro público. Mientras que la teoría económica del libre mercado los limita.

Pero no fue nuestra intención aquí excluir a uno de los hombres más influyentes del pasado siglo, ni denegar su increíble profundidad intelectual. Keynes fue inspiración de sus más apasionados críticos y no debe olvidarse que su legado cierra con un detalle admirable. En 1946, justo antes de su muerte, le confesaba a Henry Clay, profesor de economía y consultor del Bank of England: “Estoy cada vez más convencido que la solución de nuestros problemas yace sobre esa mano invisible de Adam Smith que pasé toda mi vida rechazando”.

Sobre el autor

Erick Nogueira

Erick Nogueira

Erick Nogueira (La Habana, 1976) es graduado de Licenciatura en Economía en la Universidad de La Habana en 2005. Graduado de Técnico Medio de Química (La Habana 1995). En la actualidad reside en Miami y es Ejecutivo de Ventas para Limco Logistics Inc., así como administrador de Dumemotors Trading Corp. Es aficionado a la Historia y los fenómenos sociales.

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