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Keynes y las vacas flacas

Keynes y las vacas flacas

julio 09
21:01 2011

1-acoso_y_delgadezQué sabios eran nuestros abuelos cuando, en pleno boom económico, nos querían alertar sobre la burbuja. Muchos de ellos no tenían estudios o no conseguían explicar lo que no les cuadraba, pero intuían que algo no estaba bien. “Hijo, este consumo desbocado, este gasto enorme por parte de todo el mundo, ¿seguro que esto no va a reventar por algún lado?”. “¿Seguro que quieres entramparte con tanta deuda, seguro que podéis permitiros ese chalé, ese coche, esas vacaciones?”

Ellos habían vivido vicisitudes personales muy duras, producto de situaciones y procesos que para nosotros y para la generación de nuestros padres sólo eran materia de los libros de historia o de las batallitas de los ancianos. Pero esos ancianos habían conocido una economía diferente, o al menos el recuerdo de la economía real que sus padres y abuelos les habían transmitido. La economía en la que dos más dos siempre eran cuatro. La economía en que los créditos estaban respaldados con la previa generación y ahorro de riqueza excedentaria por parte de otros. La economía en la que el dinero era algo muy serio, tan serio como que el papel moneda era un vale canjeable por riqueza en estado puro.

Muchos de nuestros abuelos y bisabuelos, desde luego, no habían oído hablar de Ludwig von Mises ni de la teoría austriaca, pero su elemental cuenta de la vieja les decía que alguien estaba dando duros a cuatro pesetas y que aquello no era sostenible eternamente, lo que provocaría tarde o temprano una recesión. “Hijo, guarda algo para cuando vengan las vacas flacas“. La proporción de grasa corporal del ganado vacuno expresaba en términos populares los ciclos que gobernaban ahora la economía, y que los mayores percibían mientras los jóvenes miraban a otro lado, sonriendo al salir del banco con su nuevo crédito debajo del brazo.

Pasen y vean, señores, pasen y vean cómo, merced al multiplicador monetario, el nuevo crecepelo infalible y milagroso de nuestro gobierno, inventado por el científico de talla mundial doctor Keynes, ahora por fin dos más dos pueden ser cinco, o siete, o doscientos. El teatro de varietés del Estado se llamaba banco central, y había ganado competencias en todo el mundo (la opaca instauración de la Fed en 1913 se ha calificado de golpe de Estado encubierto) hasta sustituir la economía natural, espontánea, real, por un laberinto de inducciones y condicionamientos. La planificación central obvia y burda fracasó en el Este, pero su versión sutil y democrática triunfó en el Oeste proyectando sobre la sociedad una ingente ilusión monetaria. Con solemne redoble de tambores, el mago sacaba de la chistera billones inexistentes y los lanzaba al público, que emocionado saltaba para atraparlos como los niños que esperan el baño de caramelos de una cabalgata.

“La culpa de todo la tienen los banqueros”, gritan ahora los indignados, y en sus carteles siempre pintan con chistera a sus villanos predilectos. No saben que, en realidad, no tenemos banqueros. Los bancos comerciales son meros apéndices de la banca central. Su pluralidad multicolor y multimarca es otro truco del Estado ilusionista. A ese, al Estado, no le pintan con chistera porque, en el colmo del ilusionismo, ha conseguido convencerles de que es el bueno de la película, y entonces le respetan y le piden que tome aún más poder y que controle aún más la situación. Pero es de su sombrero de copa de donde parten las órdenes. Los bancos comerciales, completamente colonizados, se limitan a dar créditos a discreción cuando así lo requiere el hinchamiento de la burbuja inducida por el Estado, sin necesidad ni de garantizar de verdad esos créditos ni casi de pedirlos. Como los camellos de barrio que ofrecen a media voz su mercancía, los directores de sucursal les dicen a sus clientes “eh, oye, tengo crédito… crédito baratito, tú firma aquí”. Y como la carne es débil, la gente pica. A todos los niveles. Unos para comprarse un piso, otros para construir mil. Vacas gordas.

Pero la abundancia de dinero en circulación lleva a todos a sobreconsumir, y a las empresas a invertir mal, generalmente descuidando el riesgo o gastando en aspectos superfluos del negocio, o emprendiendo líneas nuevas de negocio sin calcular el dinero que necesitarán para mantenerlas o culminar los proyectos, como si el crédito fácil y barato fuera a ser eterno. Millones de malas decisiones de inversión se suceden y combinan, y terminan por hacer que la burbuja explote, justo cuando la gente se había hecho adicta al endeudamiento. Entonces las órdenes del planificador central cambian y los bancos comerciales cierran el grifo, y las casas se quedan a medias, y muchas pymes quiebran y algunos gigantes caen, y la gente ve de pronto como suben los impuestos y bajan las pensiones porque el Estado está también al borde del precipicio y le tiene que suplicar créditos a un interés extremo a regímenes detestables, endeudándonos a todos de por vida. Vacas flacas.

¿La culpa era de los banqueros? ¿Qué banqueros, como no fueran los del banco central? La culpa era del Estado que, en su fatal arrogancia, se creyó capaz de planificar la economía y someterla a su dictado. Los ciclos de vacas gordas y flacas no son un fenómeno de la naturaleza. Es sorprendente cómo los comentaristas económicos de los medios de comunicación se refieren con frecuencia a esos ciclos como si fueran factores tan incontrolables como la rotación de la Tierra o las visitas del cometa Halley. La dinámica de ciclos es producto de la acción estatal, y por lo tanto tiene solución.

Pero la solución no es que el Estado se gestione mejor, que “se modere” en su manipulación de la economía, en su afán de planificarla, en su propio endeudamiento ni en el nivel de deuda que induce a los ciudadanos y a las empresas a contraer. No lo hará. La casta política que controla el Estado, entremezclada con la aristocracia corporativa de la gran empresa privilegiada por el sistema, no renunciará a ese poder inmenso que le permite controlar la sociedad enriqueciéndose y comprando masivamente voluntades para perpetuarse en el poder. La única solución es quitarle esa capacidad: obligarles a restaurar el anclaje del dinero a un patrón estable como el oro, a cerrar los bancos centrales y las nefastas instituciones de Bretton Woods, y a permitir la competencia en la emisión de dinero, con leyes que no permitan emitir ni un céntimo más de lo respaldado en reservas verificables. La solución es escribir a fuego en las constituciones, como un derecho inalienable de los ciudadanos, que el Estado no puede gastar más de lo que ingresa, que los impuestos y la deuda están sujetos a topes severos, que la economía es un orden espontáneo producto de la acción descoordinada de todos, y que no es papel de gobierno alguno distorsionar ese orden. La solución sería que la gente de pronto comprendiera que lo que ha fallado es el Estado, no el mercado. Mejor dicho, ha fallado también el mercado, sí, pero porque había sido salvajamente estrangulado y distorsionado por los Estados; porque, lejos de haber sido libre, lleva demasiado tiempo sin serlo en absoluto.

Si la gente se rebelara, no para exigir pan, circo y droga-deuda, sino para exigir un mercado libre como reflejo y proceso de una sociedad libre, seguramente podríamos salirnos por fin de esta dinámica suicida de vacas obesas y vacas anoréxicas.

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