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La baronesa del Olancho

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La baronesa del Olancho

Aristide

La baronesa del Olancho
noviembre 10
03:43 2015

 

Nuestra Baronesa no llegó al Olancho, como suelen llegar los demás clientes, por pura casualidad. Andaba en busca de afecto y de un público que creyera en ella. Ambas cosas las encontró en el Olancho Café. Aquella tarde, la Baronesa asomó su cabeza rizada y florida a mi ventana:

– Por favor… ¿un expreso cubano? ¿Puedo pasar?

Al instante empezó a llover. Era una lluvia, como es frecuente en estos meses de julio y agosto en Miami, con viento fuerte, rayos, truenos y centellas:

– Por supuesto… adelante, no se moje…

– Gracias, muchas gracias –y se sentó en la barra– Ay… qué lugar tan bonito… y esos cuadros… preciosos… Es como si uno entrara a otro mundo…

– Me alegra que le gusten –dije yo, mientras preparaba el expreso y lo servía en una de mis nuevas tazas.

– Gracias… hace mucho nadie me servía un cafecito tan espumoso y en una tacita tan elegante… Ah…. Un exceso de patriotismo… tacitas de café con la bandera cubana… No sabe cuánto se lo agradezco, me ha hecho recordar tantas cosas…

– Tome su café… tómelo con calma… disfrútelo, que hay lluvia para rato…

En verdad, disfrutó el cafecito. Con toda parsimonia y con mucha gracia, levantó la tacita. Bebió de sorbo en sorbo. No lo tomó todo. Colocó de nuevo la taza en el plato, la contempló y sonrió:

– Este cafecito me recuerda mucho a Italia… ¿la cafetera es italiana?

– Sí… marca Rancilio… Pero el café se llama “Cafecito de Cuba”, aunque no viene de Cuba, y el de la empresa que me lo trae es colombiano.

– Así es Miami… la mezcla de la mezcla de la remezcla… eso es lo que me gusta, por eso nunca quise irme de aquí… los cubanos y todo el mundo hablan mal de Miami, pero una vez que esta ciudad se le mete a uno entre ceja y ceja y en el medio del pecho, no se puede vivir sin esa cosa rica que llaman “cubaneo” y “latineo”…

Nos reímos las dos, como si ya fuéramos viejas conocidas. La Baronesa era franca, hablaba sin pensarlo mucho, decía cosas muy interesantes y desde ese primer día fuimos amigas.

– ¿Esos cuadros…? –y se viró, dando una repentina vuelta en su banqueta hacia la pared– ¡Divinos! ¿Saxos? ¡Pero son caricaturas de New York! Terminan en el Empire State y en el edificio de la Crysler… ¡Genial! Esto sí es un sueño… Oiga que solo aquí, en Miami, en el Olancho Café, se toma uno un cafecito cubano frente a las torres newyorquinas…

– ¿Y qué le parece el cuadro de la viejita tejiendo el Puente?

– El Puente de Brooklyn… ¿verdad? Pero qué imaginación tiene… ¿Cómo se llama…? Ah sí, ya veo la firma: Aristónico… Qué interesante… es como si la anciana estuviera tejiendo recuerdos…

– Alguien dijo el otro día que estaba tejiendo un Puente para unir a New York con Cuba.

-Puede ser… claro que puede ser… ahí sí que se queda Cuba vacía… Pero mire usted, qué derroche de arte, de cultura, hay aquí en el Olancho… y luego dicen que Miami es el cementerio de la cultura… claro, si es que se quedan en casa jugando dominó y no salen a ver qué está pasando en la calle… no… y ese cuadro de Los Beatles cruzando la Calle 8 y como si fueran fichas de dominó formando la acera… no, si lo digo… aquí soñar cuesta poco… una tacita de café y usted puede soñar con cualquier cosa… así que si le parece bien, ya ganó hoy una clienta para toda la vida…

– Bienvenida… claro que sí… y, ¿cómo se llama usted?

– Luz María… me llamo Luz María, pero me llaman, y me gusta que me llamen, “La Baronesa”.

Nunca le dijimos su nombre. Su elegancia y gentileza, su don de gentes, su finura, hizo que desde ese mismo instante todos la llamáramos “La Baronesa”. Así la conocemos y así permanecerá en nuestro recuerdo para siempre.

Desde ese día, La Baronesa es, fue y ha sido una de nuestros más fieles clientes. Viene todos los días, sea a almorzar, a cenar, a desayunar, o simplemente a saludar y tomarse un café. Nadie ha puesto en duda jamás que su título sea auténtico o no, en realidad creo que no nos importa cuestionar el linaje de la Baronesa, que parece haber salido de una de esas revistas de los 40 o los 50 que comentaban la vida de la más rancia estirpe nobiliaria.

Su corta melena, rizada al natural, blanca por las canas, sin ningún toque de tinte o algo parecido, sujeta de un lado con un ramito de nomeolvides, o de jazmines, le dan un aire de juventud estancada, pero de gracia y de frescura. Sus ojos, color violeta, son increíblemente hermosos. Su mirada es como la de los niños, siempre suelta hacia adelante, como si a cada instante estuviera descubriendo el mundo. No usa gafas, ni anteojos, todo lo ve muy claramente, lee sin dificultad. El tiempo no ha marcado su rostro con arrugas, ni con patas de gallina. Se ve, envidiablemente, joven. La finura de sus gestos, la elegancia al comer, al hablar, al moverse, y a la vez la facilidad para establecer conversación con cualquiera, la convirtieron enseguida en algo que es ya parte del Olancho. Cuando llegan los clientes y ella no está, preguntan: “¿Y la Baronesa, aún no llega?”.

Nos acostumbramos tanto a la presencia de la Baronesa, que ya si no llega hacia la tarde alguien la llama para saber si le ha pasado algo. Le decimos entonces: “La llamamos no por curiosos, ni chismosos, sino por preocupados que estamos”. Al otro lado del teléfono, se escucha su voz cantarina y suave, impermeable al paso de los años:

– Yo sé… y les agradezco, pero hoy no voy a poder ir, es que me vienen a buscar unas primas y tengo el compromiso con ellas, pero mañana, mañana, sin falta voy a almorzar… gracias por llamar… muy agradecida…merci… arrivederchi…

Así es nuestra Baronesa, gentil, amable, usa expresiones en francés, en inglés, y a veces hasta en ruso nos suelta alguna cosa. La verdad que siempre la pasamos muy bien con ella y aprendemos mucho con sus historias de viajes.

Una tarde llegó con su largo vestido azul de seda, sus ballerinas también azules y sus flores en la cabeza, oliendo a jazmines recién cortados. Se sentó en la barra y luego de saludarme me tomó una mano entre las de ella, una mano suave, de largas uñas siempre recién pintadas y cargada de sortijas, una en cada dedo. Mirándome a los ojos, dijo:

– Doña… me va a perdonar, no quiero hacerla sentir mal… no es mi intención, se lo juro… pero… yo… dígame una cosa, please… esos batidos tan lindos de las fotos… ese, el rosadito… ¿es de fresa? ¿Y usted lo sirve así en esa copa? ¿Y tiene pedacitos de fresa?

– Pues claro, Baronesa… tengo la fresa y le hago su batido así de sabroso y bonito…

– ¿De veras tiene las fresas naturales?

– Sí, fresas naturales… claro…

– ¿Le molesta si le cuento algo? –me dijo bajando la voz y acercando su cabeza hacia mí– Es que en Montecarlo siempre cuando iba con mi esposo, en el Casino… ¿Conoce el Casino de Montecarlo… lo conoce?

Negué con la cabeza. Le sonreí para animarla a que siguiera, el tono en que me hablaba era de recuerdo y eso me sonaba a historia y me encantaba cuando se ponía así.

-Ah… el Casino, la ópera… Montecarlo está en el principado de Mónaco… es hermoso… hermoso… hermoso… ¡precioso!

Pude ver, lo juro, el Casino de Montecarlo en los ojos color violeta de la Baronesa.

– Cada año, íbamos… bueno, siempre hacíamos un viaje a cualquier país, siempre a uno diferente… Me recorrí entonces el mundo entero… pero la última semana de cada viaje… ah… esa semana estaba reservada para Montecarlo. Stuart tomaba sus cocteles, pero a mí, en el bar del Casino, ya me conocían y me preparaban un batido de fresa, con fresas, con pedacitos de fresa… espectacular… y lo servían con bombones de licor… ¡Qué maravilla!

Recordé que hacía unos días una exalumna colombiana nos había visitado y nos había regalado, entre las golosinas, una cajita de bombones….

– Pues… mire usted, señora Baronesa… Le tengo una sorpresa.

Me solté de su mano y llamé a mi hijo… que mire que yo tengo buen punto para los batidos y los jugos naturales, pero donde llega él, ya es la exquisitez… le pedí que me hiciera el batido con pedacitos de fresa… y que le dejara una de adorno en el borde de la copa y, mientras, me fui corriendo hasta mi casa, que ahora vivo bien cerquita, a buscar los chocolates. Ella me miró extrañada de mi estampida, pero le hice señas que volvía enseguida y se viró a conversar con Ramón, el hondureño. No alcancé a escuchar, pero algo divertido debió ser, porque se echaron a reír los dos.

Nunca hemos olvidado la cara de nuestra Baronesa aquella tarde. Le servimos la copa alta de batido rosa con una fresita de adorno y, alrededor de la copa, varios bombones de licor con envolturas de diferentes colores.

– ¡Oh my God…! Ahora sí se ganaron el cielo conmigo… si Stuart estuviera aquí… qué delicia…

Sentíamos mucha curiosidad por el Mister Stuart, que había llevado a nuestra Baronesa a sitios lejanos y que, según parecía, la había hecho muy feliz.

– Conocí a Stuart en el año… a ver, eso fue cuando… sí… claro, Doña, el mismo año en que Michael Jackson impactó al mundo con su álbum “Thriller”… yo estaba fascinada, ya no era tan joven, digamos, de edad, pero me sentía así, volando… el pop me atrapó desde sus inicios y a Michael lo seguí desde que apareció con sus hermanitos en “The Jackson 5”… ¡qué locura! Luego empezó su carrera en solitario y con “Thriller” le puso la tapa al pomo… fue el disco más vendido de toda la historia de la música… imagínese yo vi por primera vez a Stuart precisamente en una presentación del álbum… Yo lo vi tan encantado con la música y todo eso que me acerqué y le pregunté si era músico con la secreta esperanza de que me dijera que sí y de que conociera a mi admirado Jackson. Pero resultó que era tan aficionado y tan lejano a Michael como yo; sin embargo, la simpatía y el embeleso que sentíamos por su música, enseguida, de inmediato, como si hubiera habido la fuerza de un imán, así nos pegamos Stuart y yo…. Claro, yo pensé que él era como yo… un joven de clase más o menos… o más bien: menos que más… jejejejejeejejeje… yo había venido de Cuba hacía algunos años y había olvidado mis sueños de ser escritora, pues en esa época no había tiempo para soñar, había que trabajar y trabajar duro. Era un viernes en la noche y la presentación fue en Coral Gables. Se lo juro, Doña, nunca fui una mujer fácil, usted me entiende… yo había tenido novios y todo eso, pero no me había acostado con nadie… no sé qué me pasó con Stuart. No sé si fue el contagio de “Thriller”, quién sabe, pero lo cierto es que no volví a mi casa hasta el domingo por la noche. De la presentación, me fui con Stuart para Key West. Siempre me había encantado el Cayo… comenté algo así, y no sé cómo pero el sábado amanecí en una habitación preciosa, con vista al mar, o mejor, cuando me fijé, estaba en el camarote de un yate. No pregunté, imaginé que el yate era propiedad de algún amigo de Stuart…

– ¿Y de quién era el yate?

– De Stuart… luego lo descubrí. Suart era un hombre de mucho dinero. Lo había heredado. No sólo tenía ese yate. Tenía una flotilla completa, ahí mismo en la Bahía de Miami. Él fue uno de los pioneros en eso de los cruceros por la Isla de los famosos… sí, como esos que hoy salen de Bayside y de otros puntos. Muchas veces volvimos a éste y a los demás yates. Yo estaba en las nubes. Había soñado, como es natural, con un príncipe azul. Stuart no era príncipe y mucho menos azul, pero de veras que llegó a mi vida como si lo fuera. Lo cierto es que fue un fin de semana maravilloso… lo que yo no sabía era que aquel era solo el primero de muchos fines de semanas maravillosos que pasaría en mi vida junto a Stuart…

La Baronesa nos tenía a todos babeados con la historia. Alguien estaba en la ventana y tocaba el timbre, llamando nuestra atención.

– Bueno, ¿es que no hay nadie aquí…?

– Sí… claro, señora… ya voy, ya voy… –me apuré en contestar– un minutico, Baronesa… no quiero perderme el segundo capítulo….

Pero ya ese día no pudimos seguir conversando. Llegaron varios clientes, y ya saben… cuando hay clientes hay que atenderlos, pues como decía mi abuela “el que tenga tienda que la atienda y si no, que la venda”. Imposible, no pude reanudar esa noche el tema con nuestra Baronesa. Así que llegó la hora de cerrar y se repitió la misma escena de siempre:

– La dejo en su casa, Baronesa –le dijo un cliente que siempre conversaba con ella.

– No… no… de ninguna manera, cómo se va a molestar…

– Mejor la llevo yo, vivo cerca de su casa, váyase conmigo –dijo otro cliente mientras cancelaba sus cervecitas.

– De ninguna manera… No se preocupe –contestó ella como siempre, sin perder la compostura.

– Porfa… Doña… ayúdeme…

– Está bien… dejen a la baronesa que se vaya sola, a pie, a caballo, en moto, como quiera…

Y al fin consigo que todos suelten una risa alegre y sincera. Nadie entiende, yo no entendí tampoco esa noche, el por qué la Baronesa prefería irse sola a su casa. Miro el reloj, son pasadas las once.

– Juiciosa, Baronesa… derechito para casita… ¿Ok?

– No se preocupen… yo llego bien siempre… muchas gracias… mañana nos vemos, si Dios quiere… y ojalá que quiera…

Tenemos que reírnos de nuevo, nuestra Baronesa es muy graciosa. Con su carterita al hombro y ese gesto tan distinguido y a la vez tan sencillo, nos dice adiós con su manita ensortijada. Sale del Olancho y se nos pierde de vista.

Pasaron algunos meses y ahí, sin abandonarnos, nuestra Baronesa siguió firme, visitando el Olancho. Dejó de pedirme su batido de fresa con bombones. Una tarde, la invitaron a una cerveza y ella aceptó.

– Pero solo si la Doña tiene Beck’s, la cerveza alemana.

– No, no tengo, pero la mando a buscar, no se preocupe, Baronesa.

Desde entonces no falta en el Olancho “La Llave”, como conocemos la Beck’s. La Baronesa toma sus cervecitas en las jarritas bien frías, sacadas de la nevera. Empezó aceptando la invitación de dos o tres cervezas, y ahí se fue embullando y aumentando el número de cervecitas a tomar, y nosotros encantados, pues mientras más Llaves tomaba, más historias nos contaba.

– Ese año, fuimos de vacaciones Stuart y yo a Italia… mi sueño era ir a Roma, y por supuesto, ir a Roma era ir a la Fontana di Trevi…. recuerda, Doña… aquella cómo se llamaba, en la que Anita Ekberg va a la fuente y se da un baño en la noche… ah, cará… cómo se llama la película…

– “La Dolce Vita”… es de Fellini, un clásico… y con Marcello Mastroniani –dice Salvador, él que siempre está hablando de cine y, sobre todo, del italiano, que se conoce al dedillo–. Es de los sesenta… la recuerdo bien.

– Gracias, amigo… sí… exactamente… “La Dolce Vita”…

– ¿No me diga, Baronesa, que usted se bañó en la Fontana, como en la película? –le pregunta mi hija, que anda muy ocupada en la cocina pero que, como nos pasa a todos, cuando la Baronesa cuenta sus historias se baja la música, se baja el televisor y solo tenemos oídos para ella…

– Cuente… cuente, Baronesa –la aliento yo.

Su mirada se pierde hacia el infinito. Se queda en silencio. Nadie habla. Rogamos que no entre ningún cliente a interrumpir sus recuerdos.

– Alguien me invita a una cervecita –dice con su voz infantil, como si pidiera una golosina.

Salvador me hace señas que le ponga la cerveza. Yo vuelo a servírsela para que siga con su cuento. Agradecida, sonríe, toma un poco de la jarrita…. Nos mira a cada uno, como esperando que alguien pregunte o que no le crean.

– Sí… Stuart me llevó una noche hasta la Fontana di Trevi…

– ¡Genial! Yo hubiera querido estar con usted –dice Salvador.

– Pero no hubieras querido pasar lo que pasó Stuart por la gracia… –y soltó una carcajada–. Primero, se lo llevaron a la comisaría, bueno, nos llevaron y costó Dios y ayuda para que nos soltaran… los policías, todos jóvenes, ninguno había visto “La Dolce Vita” ni sabían quién era Mastroniani, ni Fellini, ni Anita Ecberg… pero eso no fue lo peor… el bañito en la Fontana, como me llevaron toda mojada para la comisaría, me dio tremenda bronquitis y tuvimos que estar en el hospital… bueno, yo estuve bastante mal y Stuart, el pobre, solo decía… ”pero cumpliste tu sueño”.

– Entonces, ¿no hubo Montecarlo ese año?

– Claro que sí, mi Doña… claro que sí… Montecarlo no podía faltar nunca… del hospital salí bien, ya ready para empezar una nueva aventura… nos fuimos a Montecarlo y como siempre la pasamos divinamente… esa vez, nos pasamos un fin de semana completico en el casino… ¡Qué fin de semana…! Jugando todo el tiempo… y, desgraciadamente, perdiendo… si hoy tuviera yo todo ese dinerito que me gasté jugando…

– Bien, la conversación es muy grata, pero hay que irse a dormir, que mañana es otro día… –dice mi hija apagando los opening y preparando todo para la partida– Vamos, Baronesa, que hoy has tomado más de la cuenta y te llevo…

– Ah, no… no empiecen… yo estoy bien…

– Si quiere yo la acompaño –dice Salvador

– Es un poco tarde, Baronesa… hoy debía dejar que la llevaran –insisto yo.

– Please… estoy perfect… completa… chau… los quiero… mil gracias…

Y se levanta rápidamente de su banqueta, toma su carterita y sale como alma que lleva el Diablo, para que nadie la vaya a seguir. Nos quedamos preocupados. Es pasada la medianoche, ella ha tomado bastante… pero no hay nada que hacer. Ella disfruta caminar por la Calle 8, va despacio, con pasitos cortos. La he visto un par de veces, como se va perdiendo en los vericuetos de la Pequeña Habana, con un andar pausado, aristocrático, que ahuyenta a cualquier delincuente. La cabeza alzada, los hombros erguidos militarmente, mirando hacia adelante.

Al otro día, a la hora de almuerzo llegó ella. Venía sin jazmines, ni nomeolvides en su cabello. Lo que más me llamó la atención era que no traía su carterita al hombro:

– Ay qué pena lo que me pasó…

Todos le prestamos atención.

– Anoche perdí mi cartera…

– ¿Le robaron?

– No… no puedo decir que me robaron…

– ¿Entonces…?

– Es que yo dejé la cartera en algún sitio… ¿No fue aquí?

– ¿Cómo se le ocurre, Baronesa? Se la hubiéramos guardado.

– Y ahora no tengo un peso… tenía en la cartera todo mi dinero del mes… ¿Y ahora qué hago?

– No se preocupe… su comida está segura –le dije yo.

– Y los cigarros también –le dijo mi hija.

– Y sus cervecitas… que no se diga, hombre –afirmó Salvador.

Así fue. Al siguiente mes, ella cobró y llegó con un sobrecito para cada uno, pagando todas sus deudas.

– Y ahora, invito yo… cervezas para todos y usted, mi Doña, no se me guille y se toma una a mi cuenta…

Y acepté… sabía que con las cervecitas venía otra historia de viajes de la Baronesa. Era viernes, así que la tirada fue larga, hasta las dos de la madrugada. Yo estaba exhausta, había sido un día bien fuerte. Cerramos el café y nos dispusimos a tomar la última cerveza con nuestra Baronesa.

– Un fin de semana, Stuart llegó a la casa, me levantó en sus fuertes brazos, me dio vueltas y me dijo: “prepárate que nos vamos a París al concierto que tanto quieres”. Fue un fin de semana maravilloso, uno de los más más más más… más encantadores de toda mi vida… imagínense… nos fuimos el viernes, porque la función era el sábado… nada menos era el concierto de los llamados los tres grandes tenores: Luciano Pavarotti, Plácido Domingo y José Carreras… ¡Para morirse! Inolvidable ese “Granada” que interpretaban juntos… me erizo… tiemblo… me parece estarlos oyendo… ¡Qué belleza! Me dan ganas de llorar… –y se asomaron dos lagrimotas a sus hermosos ojos, creo que a nosotros también– Le debo tanta felicidad y tantas emociones a Stuart… era un hombre maravilloso… sencillamente, maravilloso.

– Mañana buscamos ese concierto en Youtube… yo lo he visto, y lo escuchamos acá, se lo prometo Baronesa, le parece? –dijo mi hijo– Pero ahora nos vamos… y hoy sí que espero que no se resista, mi señora, porque no la dejo ir sola por esas calles a esta hora…

– No… no… –enseguida negó ella.

– Pues sí… sí… sí… –dijo mi hija– Se va conmigo.

– No se preocupen… que hoy yo la llevo y no me va a decir que no –afirmé yo.

Todos se fueron, cada uno por su lado y yo cerré el café:

– Bueno… sé que no va a dejar que la lleve, pero insisto…

– Perdone, Doña…

– Insisto, Baronesa…

– Disculpe que no acepte que me lleve, lo agradezco mucho, pero es que, le voy a confesar algo… pero por favor, no se lo diga a nadie… es un secreto entre usted y yo… es que en la noche, cuando salgo de aquí, en la esquina me está esperando, para llevarme a casa, él, Doña. Se lo juro… ahí está parado, esperándome, mi querido Stuart.

Sobre el autor

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa

Rebeca Ulloa (Guantánamo, 1949) es narradora, periodista, guionista de radio y televisión, promotora, productora cultural, crítica y ensayista. Técnica en informática, fue profesora universitaria y asesora de tesis de grado de la Facultad de Comunicación Social (Colombia 1998-2008). Es también curadora y ha obtenido numerosos lauros y reconocimientos por su obra literaria y radial. Su primer premio literario lo recibió a los 15 años de edad. Ha publicado varios libros con la coautoría del maestro Arístides Pumariega.

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