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La ética del desencanto en Cuentos de camino

La ética del desencanto en Cuentos de camino

abril 29
00:25 2013

cuentos caminantesEl libro Cuentos de camino, del escritor cubano Armando Añel, contiene relatos escritos en un lapso de 20 años, como se le explica al lector en la contraportada, y está dividido en tres instancias que señalan procesos narrativos diferentes. En “Cuentos de este lado” el narrador descubre la realidad fuera de su contexto social y cultural; en “Cuentos del otro lado” el narrador se distancia críticamente para revalorar un mundo conocido que no se soporta ni aquí ni allá; finalmente, en “Cuentos de ninguna parte”, las imágenes son la epifanía de un desgarramiento interior que suscita el escepticismo y que llega hasta el extremo de quitarle el sentido a un discurso predecible por el hecho de constituir una fórmula planteada y replanteada, una sarta de palabras unidas cuyo final no necesita completarse porque a fin de cuentas no importa, no define nada, no cambia nada: los roles dan poder inane a quien los asume porque no son más que una máscara del sistema. En “Cesárea”, la narración es el eco de una realidad inevitablemente alienada:

 

“Para decir la manera en que el cataclismo social resultante se pueda resolver determinará como se. La pregunta básica que se viene haciendo es. Estas posibilidades han sido ya intentadas en. Nuestras recomendaciones están basadas en el supuesto de. Un número de pasos intermedios son necesarios para. Por el momento será más valioso pensar acerca de cuáles serían los. Limitaremos nuestro análisis a abandonar la bahía o. Nuestro enfoque estará en los grandes asuntos porque. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo.” Págs. 98-99

Este es un recorrido existencial lleno de obsesiones sexuales y alusiones escatológicas que se llevan hasta el extremo y que no busca la empatía del lector, ni su aprobación, convirtiéndose en un espacio onanista en donde el narrador y los personajes se hallan solos en medio de su inadecuación, de su imposibilidad de salir de su propia percepción de ser diferentes, de estar obligados a encerrarse en sí mismos porque no se ven reflejados en su entorno, no pueden amar, no pueden gozar, solo explotar hasta el último resquicio de sus cuerpos y de sus más elementales obsesiones, en las que se pierde la sensualidad del erotismo en aras de la imagen brutal que un discurso desgarrado y triste, un canto solitario e infeliz, logra. Y no como una catarsis, sino como una forma de exponer la profunda convicción de ser distinto: un ser manipulado, rechazado, expulsado y engañado. En el relato “Cosas de mujeres”, el personaje narrador, que ha logrado llevar a cabo su oscuro deseo de “descubrir” cómo es un baño de mujeres, escucha la conversación de dos que han entrado y se entera que él es considerado “un inútil” y que su esposa es “la mujer de todo el mundo”.

La sexualidad es un escape que no trasciende más allá de la curiosidad. Hay una forma de violencia presente en las imágenes que se describen, en las palabras que se escogen y en muchos actos de los que se presentan. El narrador no se pone límites y llega a ser tan gráfico como quiere al realzar una estética de lo grotesco en la que no hay búsqueda de lo sublime, sino de las explicaciones de cómo sus personajes se hunden en su propia miseria, que en algunos casos llega hasta los extremos de la muerte misma o el crimen, como en “Segundas intenciones”.

Lo bello se presenta junto a la cotidianidad más llana de las funciones fisiológicas, como queriendo despojar al objeto de amor pasajero de cualquier valor más allá de un cuerpo común y sus necesidades. Así, en “Al calor de las mujeres largas”, la amante es “Una cosa rubia, inteligente, elegante hasta la extenuación. Un modelo para armar” (pág.31). Pero el autor sabe “todo sobre ellas”, hasta el extremo de describir cómo defecan en el baño, hiperrealismo de una narrativa cuya búsqueda no es estética, sino ética, a pesar de estar manipulada y controlada por un narrador que no quiere ocultar nada, que revela incluso los espacios más secretos e íntimos de la vida y de quienes la sufren.

La dualidad constante entre lo prohibido/permitido, lo bello/sucio, lo erótico/pornográfico, lo sublime/escatológico, conduce inevitablemente a la decepción y al desencanto. Descubrir significa llegar al mismo resultado, darse cuenta de que todo llega al mismo punto: el hombre hundido en una existencia vacía, rodeado de imágenes promiscuas, siempre escuchando discursos sin sentido, sujeto a reglas que le impiden ser.

En “Primer mundo”, la necesidad de retomar su existencia desde parámetros que lo definan coloca al personaje domesticado, que se mira en el espejo, ante el dilema existencial de su desencuentro; el discurrir en dos lenguas, como dos mundos paralelos que no llegan a converger, que no se tocan, causa una división cuyo resultado es sentirse extraño e incómodamente extranjero. El hombre que reflexiona paulatinamente se convierte en un desconocido para sí mismo; las preguntas por su identidad y su existencia se hacen desde la otra lengua, aquella que se aprende para dejar de ser:

“En la casa hay un baño y en el baño lociones, cremas, desodorantes, champúes. Se unta gomina en el pelo, frente al espejo. What do you do? Se peina una y otra vez, rítmicamente. What do you want? Ensaya una mueca, toma distancia. What do you know? Alguna vez tuvo el cabello encrespado, y maneras un tanto escabrosas, y gustos demasiado impertinentes. Su segunda mujer quiso cortarse las venas. No tiene hijos. Tiene también amigos y familiares ruidosos —diluidos en la precariedad de unas pocas imágenes brumosas, sobre las que el recuerdo arroja una pátina ceremonial—, a los que curiosamente extraña. Who are you? Acaba de llegar a Cambridge. Where are you from? Para nunca más volver sobre sus pasos. What’s your name, little fellow?”.

En la mayoría de los cuentos, el poder de la inadecuación y su proyección sobre los hechos y el medio recae en un solo narrador-personaje-testigo y éste es absoluto porque se impone como visión del mundo por encima de los otros personajes y el sentido de los relatos. El punto de vista es autocrático: el desdén por sí mismo y los demás es inamovible y usa todo ello a su servicio para, como en el caso de los personajes-víctimas de este poder destructivo, exponerlos y dejarlos al desnudo, reducidos y juzgados. En última instancia, no hay intención de gustar, de encantar; se quiere enfrentar y confrontar más que sorprender. El mundo descrito es un espacio abierto sin más límite que el de llegar a las últimas consecuencias para mostrar el onanismo, la soledad, la certeza de ser inevitablemente diferente, de andar perdido en una humanidad gastada y sin norte, en un exilio perpetuo. “La verdadera pregunta no es ‘por qué estamos aquí’, sino ‘por qué no estamos aquí’’: es la frase epílogo del libro que define la incomodidad existencial.

Cuentos de camino plantea el constante desencanto y la desilusión del realismo que se detiene en las patologías de la sociedad moderna: la incomunicación, la obsesión sexual y la incapacidad de la plenitud humana que trasciende a todas las instancias; la incredulidad como base del desencuentro entre los personajes, la neurosis de abandono de quien se siente exiliado y sin fundamentos, el discurso de la insatisfacción y el ostracismo.

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