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La última operación de Hugo Chávez

La última operación de Hugo Chávez

enero 15
07:40 2013

0 raulcastroHugo Chávez le temía a la muerte con ferocidad. Quería asegurarse a toda costa que su cuarta operación en La Habana fuera un éxito. De ahí su inesperada y absurda declaración del 8 de diciembre en Caracas (absurda en el contexto autoritario que la singulariza):

“Si se presentara alguna circunstancia sobrevenida que a mí me inhabilite para continuar al frente de la presidencia de Venezuela… sobre todo para asumir el nuevo periodo para el cual fui electo por la gran mayoría de ustedes, Nicolás Maduro no sólo debe concluir, como manda la Constitución, el periodo , sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que en ese escenario, que obligaría a convocar, como manda la Constitución de nuevo, a elecciones presidenciales, ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”.

Palabras mayores: Un intento intuitivo, desesperado, de evitar una operación fallida en Cuba poniéndole presión a los Castro e, indirectamente, a través de ellos, a los cirujanos a cargo en el Cimeq. Porque si los chavistas habían recibido directamente del propio Chávez la orden de irse a las urnas en caso de que él muriera durante la intervención quirúrgica, mejor que el castrismo hilara fino –cortara y saturara fino— si quería continuar recibiendo el subsidio venezolano.

Es sólo una hipótesis, ciertamente, ¿pero qué otra razón tendría para hablar de elecciones presidenciales en su ausencia un golpista liberticida, admirador de Fidel Castro y Muamar el Gadafi, que no fuera la de “ponerle difícil” su muerte al personal del Cimeq? ¿Relegar a Diosdado Cabello? No era necesario ir tan lejos para cortar tan a rente.

Otra cosa. Chávez temía como a la muerte a los hermanos Castro. Sabía de lo que eran (son) capaces. De ahí que no se atreviera a cambiar de tratamiento y hospital una vez iniciado su periplo habanero, cuando ya se hacía evidente que no estaba en buenas manos. Recibió proposiciones desde Brasil y otros países, pero se negó siempre a “cambiar de caballo a mitad del río”. Perdido en el limbo de su ego encabritado, temblaba ante los Castro como ante el infierno mismo.

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