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La ciudad global

La ciudad global
enero 28
08:03 2016

 

En la actualidad el proceso integrador planetario está en manos de grupos de intereses históricos y/o especiales, que se declaran globalizadores o antiglobalizadores con posturas preconcebidas, ceguera y voluntarismo, y muy poco de racionalismo. Ello ha llevado el asunto a una discusión muy poco científica, en el terreno de la política y la ideología, y por ello ha perdido seriedad y base.

Este planeta Tierra tiene forma de globo y estuvo globalizado casi desde su surgimiento como cuerpo hace 4600 millones de años. Además, sus capas fluidas (primero el océano y luego la atmósfera) funcionaron por millones de años repartiendo concienzudamente por su superficie calor y frío, agua, sal, sustancias diversas y vida. La biosfera votó por la globalización mucho antes que existiera vida, mamíferos, seres humanos y estas palabras y conceptos, así como cualquier grupo de interés nacional, político o ideológico.

Hoy, se declaran globalizadores unos señores que levantan el teléfono en Paris y ponen a correr a cien empleados en Hong Kong, El Cairo y Sao Paulo. Son globalizadores los que se consideran felices viajeros globales porque desayunan en New York y almuerzan en Paris. Son globalizadores los que se ocupan en pasar subrepticiamente por las fronteras productos ilícitos muy bien remunerados. Y sus oponentes antiglobalizadores crean grupos de activistas conectados por el globalizado internet y se desplazan miles de millas sobre rutas de aviación globalizadas a organizar piquetes de protesta en lejanos centros urbanos. También son antiglobalizadores los temibles soldados de EI, aunque emplean métodos de asesinato de sus presos más propios de la época de las cruzadas. Un choque entre estos dos grupos de intereses es previsible, inevitable y ciertamente explosivo.

Si los sistemas educativos y las teorías pedagógicas que los sustentan, no se re-piensan para preparar alumnos capaces de insertarse en un mundo desde siempre globalizado y hoy una ciudad global, el individuo irá a parar al teléfono o al piquete o a ambos pendularmente o hasta una confusa trinchera fundamentalista donde enarbolara una cimitarra de 100 balas por segundo, con un celular de acceso mundial en el bolsillo, sin clara idea de lo que está haciendo y pasando. Matará y será muerto en ese mar de confusiones. Actuará como agente destructivo y fuerza centrípeta, y hasta participará de bizantinas discusiones semánticas y desgastantes acerca de este concepto y palabra: globalización.

Debo preguntar a algunos que se apuntan en la tribu de los antiglobalizadores, sin saber qué es globalización: ¿Se puede permitir la humanidad este malgasto, con situaciones de hambruna, millones desplazados, e incendiar una guerra que puede desembocar en uso de armas de destrucción masiva? Las contradicciones son tantas que o dejamos de gastar nuestra energía en objetivos equivocados y académicas discusiones superfluas o caemos en la ingobernabilidad global.

La ingobernabilidad está naciendo en las escuelas, escuelas que a nivel de planeta poco se parecen a la Academia de Platón o al Liceo de Aristóteles, en donde hace siglos estos griegos eminentes trataban de ser integrales, sinópticos, holísticos, filósofos (traducción literal de esta palabra: amor al saber) y comunicadores eficientes. Por el contrario, ahora, filosofía, pedagogía y ciencia andan cada una por su rumbo y cada una tendiendo a ser especialización y disciplina de rama estrecha, atrincheradas cada cual detrás de los lenguajes crípticos y excluyentes de los no iniciados. Filósofos, profesores y doctores especializados en ramas estrechas, declaran que es exactamente en el extremo de la ramita en que ellos están parados desde donde se puede comprender el mundo.

Es muy sorprendente que aún hoy los libros y la manera de pensar de Platón y Aristóteles sean una referencia histórica y en muchos casos un método vigente. El corolario es que tal vez nos haga falta re-dirigir las academias y muchos de los académicos a la actuación en el Liceo y la Academia originaria. Perdimos el rumbo. Debemos reencontrarlo. Los académicos deben bajarse del estrado, dejar la pompa y la vanidad, salir del aire acondicionado y dar clases caminando por la vida. Y deben preparar trabajos (papers) para que los entienda el ciudadano y no solo sus pares, caminando por senderos de la institución en mangas de camisa y no como toda una farándula doctoral, discutiendo activamente con los alumnos y la población, no apostándose detrás de altos estrados a ametrallar a los que no se meten en el rebaño de sus disciplinados y en las claves de sus disciplinas.

Aquellos maestros de maestros, Sócrates, Platón y Aristóteles (el tercero con el privilegio de subirse en los hombros de sus dos gigantes habitantes de la misma ciudad mágica, Atenas), auténticos scholar, no se paraban en un estrado ante un auditorio pasivo a hablar en un lenguaje lleno de códigos. Se comunicaban primero que todo pivotando en su lenguaje corporal, caminando, charlando con sus interlocutores.

En todo caso, los métodos educativos al uso deben dejar de impartir verdades enlatadas y divididas en disciplinas desvinculadas entre sí. Porque el cerebro es un ecosistema virtual, que intenta representar con virtualidades (ideas, fórmulas, memes) la funcionalidad del entorno planetario, su ecosistema biológico basal. Una persona, un estudiante, un investigador, un ingeniero, pueden abstraerse un momento, y olvidar el todo el resto para concentrarse en alguna parte, pero ello no puede implicar, que el todo se olvide permanentemente y el individuo permanezca analizando partes sin hacerlas funcionar en su realidad diversa e interconectada. Estamos atiborrados de analistas y con escasez de generalistas. Una aproximación analítica a un problema, puede estar sesgada si se queda en el solo análisis. Luego del análisis, debe venir la síntesis y viceversa. Como lo planteó Descartes y el racionalismo.

Es cierto que es fácil decir, lo duro es hacer coherentemente lo que se dice. Es cierto que son enormes los volúmenes de información que maneja actualmente un alumno, el aprendiz, pero que ello implique que no se le pueda hacer comprender el todo y las múltiples interrelaciones en que estamos inmersos, es solo explicable por limitaciones de la educación y de los educadores, que más bien se enfocan en ser entrenadores. Cada día tenemos más métodos de soporte tecnológico que pueden facilitar dar una visión integral al educando: tecnologías de información y comunicación, multimedia, bibliotecas digitalizadas, visualizaciones más que textos, etc. Es un gran malgasto que la joven mente se quiera forjar metida en cajitas de saber.

Luego viene la cuestión ética. Algunos que se pretenden maestros, cuando su capacidad apenas es suficiente para ser amaestradores, o peor, domadores de leones. Por ello, es poco todo lo que se haga para resaltar socialmente al maestro, al verdadero maestro, con una recapacitación permanente, un sueldo digno y un amplio e intencional reconocimiento social de los buenos y un reciclaje de los malos. El sistema educativo de USA, ciertamente, no lo está logrando.

Sobre el autor

Andrés R. Rodríguez

Andrés R. Rodríguez

Andrés Rodríguez (Santa Clara, 1952) es licenciado en Ciencias Biológicas, especializado en Biología Marina. Es autor de los libros "Manual de campo del Atlántico Noroccidental", "Lista de nombres comunes y científicos de peces marinos cubanos", "Breve Diccionario Pesquero", “Ecología actual, conceptos fundamentales” y "Fábulas vivas", entre otros. Actualmente es consultor para varios proyectos de pesca, turismo y medioambiente, periodista para TV Radio Miami y asociado de Leader Media Group en Miami, la ciudad en que reside.

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