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La conciencia lúdica de la fiesta de vivir

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La conciencia lúdica de la fiesta de vivir

La conciencia lúdica de la fiesta de vivir
octubre 20
00:51 2015

 

Lo solemne suele ser soberbio, categórico. A ello cabe oponer el espacio creativo, inclusivo, que posibilitan la diversión productiva, el hedonismo práctico. Se trata de volver productivo incluso lo que aparentemente resulta, por naturaleza, destructivo. Se trata de relativizar la mala energía hasta transformarla en fuente de diversión (un elemento más de la fiesta de vivir).

Desde la conciencia lúdica se enfrenta la violencia del Personaje —el Ego— constructivamente, intentando dinamitar sus bases para incrustar en ese suelo las columnas del edificio hedónico. Esto, por supuesto, es complicado de entender por la propia naturaleza de las culturas históricas y contemporáneas ―eminentemente guerrera, reactiva, masculina―, que cuelgan su discurso de la argolla de la solemnidad.

“La madurez del hombre consiste en reconquistar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”, reza el axioma de Nietzsche, y esto debería traducirse productivamente. El niño es responsable cuando juega puesto que pretende imponer sus destrezas y se concentra en ello, y sin embargo no deja de estar jugando, no deja de divertirse. Al abordar la realidad externa lúdicamente, la desdramatizamos, la desmitificamos, le quitamos peso y solemnidad. Nos lo quitamos a nosotros mismos a través de la disolución del Personaje impuesto por la tradición y la cultura: El Ego.

He aquí la clave. No solo se impone desdramatizar la realidad externa, sino desdramatizarnos, poner patas arriba la solemnidad del Ego imponente. Brotar del Personaje y tirarlo como se tira un disfraz inservible, un sobretodo viejo y maloliente. Todos o casi todos, de una u otra manera, andamos con el Personaje a cuestas, claro está. Pero éste evidentemente pesa demasiado, constituye el lastre que nos impide volar.

Una de las razones del irracional miedo a la muerte que abrasa al ser tradicional está íntimamente relacionada con el hecho de que la inmensa mayoría de los hombres no consigue imponer, en vida, el Personaje de hierro que le han impuesto, el Ego inducido (tener la razón, primar, ejercer el poder, determinar…). Se acerca la muerte y el personaje no se impone. Entonces sobrevienen el terror, la frustración, la cobardía. Así, lejos de la muerte, aún sin el lastre a cuestas del Personaje ―o al menos sin todo el Personaje encima―, el niño consigue ser feliz. En su inocencia libre todavía, ligera de equipaje, pragmática, bullen el hedonismo práctico, la diversión productiva, la conciencia lúdica de vivir.

En el lúdico fluir de la niñez está la respuesta. ¿Y qué produce el niño? Lo más anhelado, perseguido, añorado, deseado por sus mayores, por todos los hombres. Algo que ni siquiera el dinero puede comprar permanentemente. Produce felicidad. El niño nos hace feliz. Es feliz. La niña es Beatriz de Eugenia regresando a La Playa. Es la infancia de Idamanda frente al mar, reconociéndose en ese otro nombre.

Solo el niño puede mudar de piel y divertirse en el proceso.

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Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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