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La delación, hierro candente en el alma de Cuba

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La delación, hierro candente en el alma de Cuba

La delación, hierro candente en el alma de Cuba
Febrero 19
19:03 2017

 

Se afirma que en la antigua RDA, uno de cada tres ciudadanos era informante de la STASI, la tenebrosa agencia de Seguridad del Estado, hija pródiga de la Gestapo. El dato no me parece exagerado. Lo que me asombra es su exactitud. ¿Cómo se las arreglarían los alemanes para contar con tanta precisión a todos los que fueron delatores bajo la sombra del totalitarismo comunista?

No me cabe en la cabeza que algún día los cubanos podamos hacer lo mismo con nuestros chivatos. No porque la cifra sea menor o mayor que en la RDA, sino porque la Seguridad del Estado en la Isla, que es menos sofisticada que la STASI pero tal vez más pícara, no dejará estadísticas. Tal vez ni siquiera existen.

El escritor mexicano Juan Villoro, que fue durante tres años agregado cultural de su país en la República Democrática Alemana, ha referido que después de la demolición del muro de Berlín, y estando de visita en esa ciudad, revisó con ojos propios el abultado expediente que la STASI tuvo a bien abrirle en el período de su estancia allí como diplomático. Dice que las muy numerosas páginas de su expediente, repletas de trivialidades, fueron confeccionadas casi íntegramente por denuncias de informantes. Algunos entre ellos, incluso, siguieron espiándolo hasta cinco años después de concluida su labor en la RDA.

Dudo que nosotros podamos vivir esa experiencia en Cuba. Si las máximas instancias represoras del régimen no llevan el dato, y si al margen de ellas resulta imposible cualquier estudio, por razones conocidas, no veo cómo podríamos llegar a establecer con alguna exactitud el comportamiento del espectro de la chivatería cubana a lo largo de más de medio siglo de incesante práctica.

Es otra de las marcas con hierro candente que dejó Fidel Castro sobre nuestras conciencias. Sólo el diablo sabe cuánto tiempo nos tomará disiparlas. Y más aún cuanto más difícil nos resulte examinar la conducta de los agentes del mal.

Por lo pronto, sabemos al menos que durante la dictadura castrista la marca de los delatores se ha mostrado de muy diversas maneras. Estuvieron, están, desde aquellos que lo hacen por simple vocación, hasta los que optaron por asumirla como oficio, como alternativa desesperada ante la necesidad de librarse de la cárcel, o del desempleo, o del asedio policial, o de la pérdida de bienes materiales diversos, o de un veto que impide viajar al exterior o trabajar en el codiciado ámbito de las divisas. También alinean quienes acuden a la chivatería como la solución para publicar un libro, grabar un disco, filmar una película, representar una obra teatral… O como recurso para acceder a estudios universitarios y a cualquier tipo de ascenso con incidencia social y, sobre todo, económica. O como respuesta a múltiples tipos de chantaje: de carácter político, profesional, familiar, íntimo… Porque no falte nada, están, desde la delación como método preventivo de defensa (tengo que delatar para quitarme a la Seguridad de encima); pasando por el psicológico (ya que me inspiran tanto miedo, como mejor me siento es contándoles las cosas antes de que me obliguen); hasta el procedimiento de utilizarla como astuta disyuntiva para enfrentar a la competencia en los negocios. Eso por no contar una variante muy extendida entre los cubanos, posiblemente más que entre los alemanes. La chivatería como venganza: si él (o ella) me fue infiel con otra mujer (u otro hombre), yo me desquito denunciándole ante la policía, de cualquier delito, lo haya cometido o no. Y ni hablar de la chivatería por envidia: lo denuncio para que se le acabe la buena vida, porque yo me estoy comiendo un cable.

De modo que ostentemos o no un récord tan pavoroso como el de la RDA, nuestro alto porcentaje en el cuadro de chivatos per cápita queda fuera de toda duda.

Lo que sí resultaría absolutamente exagerado y, por consiguiente, falso, además de malintencionado, es afirmar que todos los cubanos hemos caído, aunque sea una vez, en la rastrera delación. Por más abultadas que sean nuestras cifras de chivatos, ex-chivatos, pre-chivatos o pro-chivatos… (incluidos los que hoy viven tanto en Cuba como en el exterior), no todos tenemos por qué cargar con ese sambenito. Culpables seremos de muchísimas poquedades y cobardías, demasiadas, pero sólo a los chivatos, ex-chivatos, pre-chivatos o pro-chivatos corresponde esa culpa, aunque la purguen puertas adentro.

Y de la misma forma que nos parece imposible determinar en números exactos la suma de nuestros chivatos, posiblemente sí sea exacto y justo sostener que durante los últimos decenios, todos los cubanos, aunque sea una vez, hemos sido víctimas de la delación. Claro que eso es algo por lo que no debemos preocuparnos más de la cuenta. Que se preocupen los chivatos, aun los que están convencidos de que jamás serán descubiertos, ya que sus nombres no figuran en los informes. Bastará que algún día, durante un solo minuto de su vida, hagan suya la pregunta que extendiera Verdi a través de Rigoletto: “¿Se puede hacer el mal sin que dejemos de ser el que éramos antes de cometerlo?”.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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