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La despedida (I)

La despedida (I)

La despedida (I)
febrero 01
23:24 2015

¡Oh y qué hermosa eres, amiga mía!

¡Cuán bella eres! Son tus ojos vivos

y brillantes como los de la paloma.

Cantares

El hechizar percibido a través del ventanal que la mujer delicadamente había fotografiado con sus ojos, cuando la cortina sostenida con su hombro izquierdo enunciaba la infinita alucinación de la noche, que poseía a la lluvia y humedeció los contornos de la casona y sobre todo del jardín. Ella con sus cabellos sueltos, que casi cubrían sus hombros; su nariz olfateaba como si estuviera repleta de recuerdos. Su cuerpo perfumaba los alrededores del recinto. Degustación de un vino donde el paladar nos lleva un aroma de ciruelas, arándanos rojos con vetas hermosas de café y vainilla.

Su boca se entreabría en un caluroso sabor a pimienta negra. Era el desprendimiento de su flora paradisíaca, sus ojos de un castaño muy claro: ahí la mezcla de su enmarcado rostro y su esbelta figura encerraban el círculo en la lentitud, que giraba alucinada por el desfile secular de la luz. Apenas se filtraba la mañana, que recién trataba de introducirse por las aberturas de las persianas a medio abrir.

Su mano derecha descansaba sobre el pollo de la ventana, su mirada fija en el infinito y en el verdor clorofílico del frente, que se le presentaba hermoso. El aletargamiento era la excepción de los hechizos alucinados, su cabellera abundante donde apenas los rayos reflejaban el color castaño claro, pues la luz era tenue y pálida, en el éxtasis de la fusión: sombra y claridad. Ella no se había percatado de que a sus espaldas alguien la observaba calladamente, en sus ojos se percibía el deslumbramiento por la mujer. Ella era el nacimiento azul y el acariciar platónico, una pausa oculta que dejaba ver su figura como en un estado de abandono, donde el jardín era el delicado bosque, en El Paseo del aduanero Rousseau.

El silencio abandonado, suelto a su albedrío, como una gran dama sigue estática en esa delicadeza del tiempo y la pausa, un lienzo sin acabar, los primeros bosquejos del artista ausente. La lluvia había dejado una inmensa sonrisa en el jardín, el sobresalto de una primavera a punto de concluir, donde el verano soplaba su hedor saltarín y ahogado, el canto de un pálido suspiro que con lentitud se asomaba, como un efebo estacionario, allí donde su posesión era el galopar de unos sudores escalofriantes, la malignidad que yo no comprendo, no sé si el aguzamiento del callado silencio y de la mirada que se ahoga en el último recodo de la casa.

La casa que se perdía en la penumbra, pues había nubes que se afanaban por ocultar la luz del sol que intentaba filtrarse. El día comenzaba a reír en esa tranquilidad y humedad matutina, que se aventuraba a asomar su rostro resplandeciente.

Sobre el autor

Tony Cuartas

Tony Cuartas

Tony Cuartas (La Habana, 1941), poeta y narrador, estudió y trabajó en Cuba como diseñador gráfico y escenográfico. Ha publicado los poemarios “Prolongación ancestral” (Letra de Molde Ediciones, 2009), “Los caballos” (Editorial Iduana, 2010), “Anábasis del instante” (Neo Club Ediciones, 2013), "Quince minutos a las plegarias del amor (Neo Club Ediciones, 2015) y la novela "El laurel" (Neo Club Ediciones, 2016). Escritor “influenciado en gran medida por su padre, que publicó poemas en la década del treinta en la revista Argos”, Cuartas tiene varios poemarios inéditos y dos novelas concluidas. Reside en San Diego, California.

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