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La destrucción, el vacío

La destrucción, el vacío

La destrucción, el vacío
septiembre 10
17:49 2014

Fui creciendo parejo a la decadencia de edificios, eliminación de partes de la historia, desvanecimiento de las personas queridas, destrucción de la industria… Mi primera casa, quizá la que más he sentido como mía, había sido construida a finales del siglo XVIII, quedaba a una sola cuadra de la plaza central del pueblo, con techos altos y salones amplios, ideal para vivir en el Caribe. Con diferentes tipos de losa en dependencia de la habitación para el suelo y un patio primero con cemento, traspatio de tierra para algunos animales, árboles de mango, matas de chirimoyas, ciruelas y un árbol grande, vecino, de nísperos, de los de nosotros, no de la cosita amarilla normalmente ácida que hay en España…

Producto de la dejadez una enfermedad se llevó a mi madre, con ella al equilibrio familiar. Mi papá permutó la casa de sus padres, nuestra casa, por una finca bien en el campo, a unos 7, 8 kilómetros de donde habíamos vivido hasta ese momento los Méndez.

La próxima escuela, la última sin internamiento en varios años, sería una escuelita rural, la Marcelo Salado del batey de Jinaguayabo. Muy cerca de una fábrica de refinamiento de aceite  del palmiche, fruto de la Palma Real cubana.

Mi viejo caballo Lucero había tenido sus mejores días como animal de carretón. Me lo regalaron por ser además de manso, difícil de echar al trote. ¡No había manera de cabalgar con mi viejo rocín ni aunque lo cujeara!

Recuerdo el tráfico fluido de enmallados camiones V8 cargados de cañas hasta el cielo por aquél batey, rodeado de hectáreas y hectáreas infinitas de cañaverales, contingentes humanos trabajando de sol a sol. Hasta el Palmar Prieto, Jiquial, que es decir el fin de cualquier destino llegaban y salían las 24 horas del día. Dobles carretas tiradas por 6 bueyes, los ruidosos tractores –¿checos, polacos?– que llegaban de los países socialistas europeos. Donde antes la mansión de un militar, o de un burgués, no recuerdo el dato, se instalaría una Escuela Formadora de Maestros…

Las locomotoras, verdaderos objetos museables unas,  grandes y ruidosas las más modernas, arrastraban centenares de toneladas de caña que en Cuba se cuentan por arrobas.  No había descanso en época de molienda. El Batey era una pequeña burbuja industrial, con un lugar destinado al ocio, la playa a únicamente dos kilómetros de distancia desde el Círculo Social, centro mismo del poblado. La playa más cenagosa donde se pudiera ser feliz.

Mi vida por un espacio de dos años, más o menos, se desarrolló de lleno en la urbe rural de Jinaguayabo y zonas aledañas. Ríos, mar, monte e industria a mi alrededor, daban la sensación de que se vivía en un lugar donde siempre sucedían cosas, siempre había vida.

A los 11 años, sexto grado, aunque el batey aguantaría 3 ó 4 años más en ebullición, cambió mi vida, otra vez, y me llegó el primer internado, la primera escuela donde estudiaba, trabajaba, comía, dormía…

Mientras vivía becado mi viejo se encargó de pasarla lo mejor posible, vendió nuestra finca, fuimos a parar justo al lado de nuestra casa primera, a un cuartico de unos 4 ó 5 metros de largo, los mismos de ancho.

El cuarto tampoco duró mucho, así tuve las madres y las casas que les fueron posible a mi padre…

Este texto pertenece al libro inédito “Perversión del lenguaje, marginalia e historia”, de L. Santiago Méndez Alpízar/ Chago

Cuando me habían expulsado de todas las escuelas secundarias del municipio y no franqueaba los 14 años, mi viejo encontró el modo de que me aceptaran en el ESBEC de Dolores, pasado Caibarién rumbo a Yaguajay, lejos de Remedios, aparentemente.  (No voy a comentar aquí las razones de las reiteradas expulsiones, eso es parte de una novelita, solamente diré que no fui el único, ni tampoco irrespetuoso con los profesores: aunque un montón de curiosidad e irreverencia sí que tenía. Una madurez indeseada, que hacía que muchos de los maestros me trataran como a un adulto)

Mi nuevo internado quedaba –¿todavía existe?– a más de 15 kilómetros por carretera, y a unos 6,7 de Caibarién, la Villa Blanca. La distancia más la falta de transporte pensaría mi padre, serían suficiente para mantenerme fuera del barrio…

Aunque tampoco yo lo he hecho, todavía falta un buen relato sobre lo vivido en esas escuelas. Supongo es una obra que solamente se podrá realizar fuera de la escuela misma, fuera de Cuba, con la perspectiva punzante, natural, que agrega el desarraigo: preferiblemente sin la nostalgia que Caín contó su Habana.

Todos los kilómetros se reducían sin embargo si uno cortaba por dentro, se metía en los platanales que llegaban hasta los límites de Rojas, poblado del municipio de Caibarién, pero donde estaba la Esbec 1, perteneciente a Remedios, los naranjales en el cual trabajaba el alumnado a diario. Los diecipicos kilómetros, que aquella edad se hacían muchos más, se reducían atravesando campo a menos de cuatro desde una escuela interna o la otra, y de la Esbec 1 hasta Remedios solamente había dos kilómetros, o sea, nada. Quizá 6 kilómetros en total de monte, guardarrayas y tierra colorá andando, como mucho dos horas y media, tres con chapuzón en el río incluido.

No me fugaba entre semanas, pero los días de pase prefería arrancar temprano, atravesar el monte. Bañarme en un pequeño, amable río al que podría llegar con los ojos cerrados, del que nada más recuerdo su poza por el nombre del pueblo, sin embargo: Rojas.

Comer plátanos, hacerme historias sobre los primeros pobladores, la manera en que sobrevivirían. Por aquella zona del monte abundaban los pájaros, carretas tiradas por bueyes y tractores levantaban el polvo entrenublando el paisaje. Había que alejarse, prefería el campo del campo mismo, los trillos, veredas donde se avistaban azulejos, sinsontes, pitirres, tojosas, tomeguines, palomas torcazas y gavilanes, entre otras aves que mi memoria alcanza.

Es curioso igualmente la buena sensación que siento mientras avivo recuerdos, estas remembranzas.

Yo conocía el trayecto que hacía la guagua escolar desde años antes, mi familia, la familia de mi madre, a la que debo los primeros viajes a la sabana, al campo profundo, tenemos en los Alpízar muchos parientes esparcidos entre los lugares dichos, más bateyes como el de Siboney, donde vivía la bisabuela Anita, el tío Prudencio…Algunos más adentro, en Los Lazos, a donde se llegaba en una chispa particular, se autorizaba el paso en tiempos de corte de caña por unos teléfonos dispuestos para ello, a fin de no ser aplastados por un tren.

Fue de regreso a casa en la guagua de la escuela que viví la más insólita experiencia de mi estancia en el Esbec de Rojas. No en el monte ni los trillos, no en los naranjales…

¡Sabía que en estaciones de mucha lluvia los cangrejos salían! Pero no tenía nada más sobre aquello.

Yo había vendido docenas de bichos que antes iba a cazar. Los había comido hasta crudos, utilizados para engoar, pescar desde pequeño. Por culpa de los cangrejos, de su captura, más de una desgracia había sucedido en el pueblo de Remedios.

La muerte de un joven en los años 80 puso en alerta a la villa, otrora pedazo importante propiedad del conquistador, Vasco Porcallo de Figueroa y Cerda –siempre he pensado sea este último el más apropiado de los apellidos para un conquistador– y según mitos, sitio de demonios y endemoniados, de verbenas y amores eternos, como los amantes del Palomar, aquel francés, que nunca se supo bien de dónde había sacado su fortuna, ni cómo y por qué había llegado hasta el pueblo, y la muchacha pianista, ambos reencarnados en palomas, más duraderos que el edificio, víctima significativa de un temporal caribeño, y de la mala gestión para preservarlo, seguramente.

Pero me desvío, más adelante igual llegaremos a los derrumbes.

Cazar cangrejos ya no era solamente divertido, un mangle podía atravesarte la ingle. Más o menos así lo escribí en un librito, Punto Negro, autopublicado en La Habana de 1994. La Caza, que se titula el poemita, describía escenas rurales, la perversa cinegética de los crustáceos, el final malogrado.

Con poco menos desprecio de lo que narro ahora y con más indiferencia vivíamos los cangrejos y yo. Nada me había hecho reflexionar más allá de sus capturas, limpia, venta o zampármelos. Hasta aquel día en que el autobús de la escuela los aplastara con algo más siniestro que la indolencia. ¡A cientos, miles en la carretera!

Sonaban como crujientes torreznos en bocas de gigantes.

Así en un tramo de cuatro o cinco kilómetros la pulpa de cangrejos cubría el chapapote de la carretera.

¡Jamás supe de nadie interesado en aquel singular evento!  Todo lo contrario. Desde la ¿zapa?, camión inmenso de guerra que manejaba un, casi, familiar, hasta los autobuses escolares: ninguno se detenía ante el suicida cruce de cangrejos. Nadie comprendió el impulso que llevaba a los animales hasta los mangles de la costa, tampoco lo explicaron jamás.

Estamos hablando de un desastre causado con toda la impunidad, sin la menor atención de las autoridades competentes, por lo tanto, con su culpa también. Hoy puedo reflexionarlo así.

Nunca he visto más cangrejos en mi vida, salvo en documentales, por los que me enteré del curioso fenómeno del desove.

Justo por donde trazaron la carretera que va de Caibarién a Yaguajay, Meneses, Mayajigua, antes de llegar al caserío de Dolores tienen su paso los bichos hacia el mar, la costa, para desovar.

¿Lo seguirán teniendo? ¿Existirán cangrejos en esa zona?

Lo último que supe es que ya no existe la escuela, el Esbec de Dolores, y que los coches muy cerca cruzan el mar sobre pedraplenes hacia los cayos cercanos. Tampoco existen los Esbec de Remedios, eso me aseguran, no obstante cuando vivía en la isla, hasta el 1996, al menos uno recuerdo en funciones.

Sí llegué a ver el desmoronamiento del batey de Jinaguayabo, como se oxidaba la fábrica de aceite, se desaparecieron los camiones y los trenes, se comieron los bueyes clandestinamente y pudrieron las carretas por desuso, cerraban las escuelas, el fango recuperaba la playa, en la orilla la yerba servía de pasto a las vacas: la foto que utilizo en mi Facebook lo evidencia…

Para finales de los años 80 no era más que un pobre reflejo de tiempos mejores. Un entusiasmo que no perduró, más que en la memoria, como ahora.

La destrucción, el vacío.

¿Lo seguirá siendo?

No hay razón para dudarlo, de momento.

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Sobre el autor

L. Santiago Méndez Alpízar/ Chago

L. Santiago Méndez Alpízar/ Chago

L Santiago Méndez Alpízar (Las Villas, 1970) es escritor y editor cubano. Ha publicado los poemarios “Plaza de Armas” (Letras Cubanas), “Rockason con Virgilio Piñera” (Editorial Betania), “Bagazo (poemas íberos)” (Efory Atocha Ediciones) y “¿Entonces, qué?”, antología de tres libros escritos entre 1994 y 2006 (Editorial Verbum). Reside en Madrid desde 1996, ciudad donde dirige Efory Atocha Ediciones y edita el sitio homónimo (http://www.eforyatocha.com/).

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3 comentarios

  1. El foyo
    El foyo septiembre 13, 22:45

    Chago eres un maestro d la narración

  2. Armando Añel
    Armando Añel septiembre 14, 12:51

    Excelente, minucioso! Tal vez Santiago pueda contribuir con testimonios a la compilación que planeamos publicar en 2015 sobre las interioridades de estas escuelas en el campo…

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