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La disyuntiva

La disyuntiva

mayo 18
13:14 2011

1-cocodrilo–Tenemos dos propuestas de trabajo: enterrador en el cementerio de Colón, y cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata.

No puedo decir que me he quedado estupefacto, ni siquiera sorprendido. Corre el mes de agosto de 1969. Estoy en la Dirección Municipal de Trabajo de Centro Habana, a donde me han citado a punto de licenciarme del Servicio Militar Obligatorio.

No puedo, sin embargo, dejar de pensar que la alternativa es más o menos esta: o tú pones el muerto en su lugar, o en lugar de eso el muerto lo pones tú.

                                                                                                                                         
–¿Cuál de las dos propuestas le conviene?  -insiste el funcionario.

–Creo que las dos son muy buenas, y les agradezco su interés en ubicarme, pero no me decido por ninguna.

–Entonces, ¿las rechaza?

–No las rechazo, simplemente no las acepto, porque prefiero trabajar como chofer, que es lo que he sido en estos tres años.

–Vamos a ver… Usted esta emplantillado en la tripulación de un submarino, pero aquí aparece como chofer de BTR en sus años de servicio activo.  

–Así es.

Transcurren los meses finales del año 1975. El oficial reclutador de la Reserva Militar pronuncia la esperada frase: ¿Está usted dispuesto a cumplir misión internacionalista?  

Y recibe la también esperada respuesta.                                                            

 

–Sí.

Llevamos  más de cinco meses en la selva angoleña, y presiento que por mucho que permanezca aquí ya me será imposible detestar más todo esto. Hace apenas dos horas caímos en una emboscada. Mi  BTR fue dañada por una mina. En la confusión del combate, cinco de nosotros quedamos aislados del resto de la tropa y nos extraviamos: el teniente Ravelo;  Fico, operador de radio; Ernesto, encargado de la ametralladora; Rubén, explorador; y yo, Ramón. Seguramente ya nos habrán dado por muertos en combate o desaparecidos. Pero estamos vivos, y con unas ganas inmensas de permanecer en ese estado.                                                                                                                                                 

–Tenemos que racionar las provisiones que nos quedan –El teniente Ravelo, negro, corpulento y de  más de seis pies de estatura, ordena que todo el mundo vacíe sus mochilas.

–Tú te encargas de controlar las raciones.  

–Como que soy el mejor jefe de almacén de Batabanó -responde Fico, incapaz de perder el sentido del humor ni aun a las puertas del infierno,  mientras su flaco y nervudo cuerpo se inclina sobre la magra cantidad de vituallas.  

–Por mucho que las estiremos no alcanzan ni para tres días –se lamenta Ernesto.

–Así bajas un poco la barriga, que falta te hace, gordito -ríe Fico.

–Si entre hoy y mañana no encontramos a nuestras tropas, no creo que estemos vivos para ese tercer día –Rubén no parece asustado, su tono es más bien de fastidiada resignación.  

–¡Cállate, maestro! Tú siempre con tus filosofías extrañas… –Ernesto luce alterado– ¡No seas pájaro de mal agüero y vete a parquear esa tiñosa a otra parte!                                                                                                                   

–¡Basta! ¡Aquí no se puede armar ninguna discusión! –el teniente Ravelo alza la voz con autoridad–. ¡Sólo con disciplina y con cojones podemos salir vivos!  

El teniente tiene toda la razón, he pensado durante estos días; sólo que debía  haber añadido la suerte, mucha suerte, y de la buena. Hace tres días que caminamos por la ribera, río abajo, con la esperanza de toparnos a los nuestros, o al menos de no encontrarnos con el enemigo. Las provisiones están agotadas y esta noche, hambrientos, nos disponemos a dormir como podemos mientras Ernesto realiza el primer turno de guardia. Apenas he conciliado el sueño cuando un familiar estruendo me despierta.                                            

–¡Qué es eso! –reacciona Rubén a mi lado, sobresaltado.

–¡Un disparo, carajo! –es la voz de Fico– ¡Viene de la dirección en donde Ernesto está montando guardia!   

–¡Vamos! –es el teniente, que ya se ha puesto al frente del grupo-. ¡Rubén, avanza  con cuidado y explora, que nosotros te cubrimos!                           

–¡Cuidado, que alguien se acerca! -advierte Rubén, que se ha adelantado.

–¡No disparen, coño, que soy yo, Ernesto!

Ernesto se acercaba a paso rápido, el fusil al hombro, mientras sostenía algo en sus manos.

–¡Un mono! ¡Este crabrón le ha tirado a un mono! –exclama Fico en tono indefinido.

Entonces vienen los dimes y diretes: que si le tiré porque oí un ruido, vi la figura de un hombre y creí que nos tenían rodeados; que este  hijoeputa  nos ha puesto en peligro a todos por comelón; y el teniente que llama al orden  y no puede hacer nada más, pues no hay manera de probarle que tiró a propósito, y aunque así fuera, no estaban en condiciones de desarmarlo y ponerlo bajo arresto. Ya el mal estaba hecho y había que sacarle algún provecho, así es que al otro día por la mañana se prendió el fuego y todos pudimos saciar el hambre.                    

Luego las cosas se me confunden en un torbellino y dan  vueltas por mi mente una y otra vez, de manera que el orden de las escenas va cambiando en cada circunvalación y tengo siempre ante mí una secuencia nueva. Las tropas de la UNITA se han percatado de nuestra presencia y andan tras las huellas. A duras penas escapamos de una emboscada; el teniente cae atravesado por una ráfaga  mientras protege la retirada. Contra toda orden y criterio Ernesto se ha acercado a esa mujer de la aldea que lava en el río, la tumba en el suelo y la cabalga frenéticamente. ¿Lo estoy viendo o es lo que me contaron? Ahora, cuando decidimos movernos del sitio donde hemos permanecido escondidos (¿cuántos somos?) lo encontramos colgado de un árbol y con las  manos metidas en el vientre a través de dos hendiduras en los costados (el abrazo de Savimbi) ¡No podemos dejarlo así, tenemos que enterrarlo, coño! ¿Lo digo yo o lo dice otro? ¿Quién? Caminamos. Huimos.  Jungla.  Hambre, mucha hambre. Y ahora Rubén, que penetra en el río intentando capturar una tortuga. ¡Cuidado! Pero es demasiado tarde; ya el cocodrilo lo ha mordido por una pierna y lo arrastra. Saltamos al agua. Yo estoy ahí. A bayonetazo limpio logramos que el lagarto deje la  presa. No podemos disparar: los enemigos que nos siguen los pasos son más peligrosos. Y Rubén que se desangra sin que podamos evitarlo, y me entrega su reloj: para mi hijo.  Hay alguien más conmigo.  Y apenas alcanzamos a cubrir su cuerpo con un poco de tierra y algunas piedras en las márgenes de ese río de brumosa imagen. Huir y esconderse. En ese momento (¿cuándo?) un convoy  se acerca por la carretera: ¿los nuestros?  Ese que está al lado mío es Fico. ¿Y por qué se ríe?

Ahora ya hace tiempo que no manejo. Así lo ha determinado la comisión médica. Aunque todos me respetan en la casa y en el barrio, no me gusta que mi esposa, mi hija y mi yerno me miren de esa manera si quiero hablar de ciertas cosas. Solo mi nieta Evelyn me presta atención cuando le cuento que en una época ya lejana, al licenciarme del servicio militar, me ofrecí de voluntario para ir a un país lejano, extraño y salvaje, donde se libraba una guerra más extraña y salvaje aún; y que algunos años después, inexplicablemente, acepté trabajar al mismo tiempo como zacatecas y como cazador de cocodrilos.

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