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La escisión moral del cubano

La escisión moral del cubano

La escisión moral del cubano
abril 23
19:28 2015

La verdad no homenajea a ninguna sociedad, antigua, moderna o posmoderna. La sociedad tiene que homenajear la verdad o perecer.  Las sociedades deben de ser moldeadas en base a la verdad, mas la verdad no tiene por qué ajustarse a la sociedad. La Verdad nos ayuda a comprender nuestros errores con el fin de poder crecer y liberarnos; en otras palabras, la verdad libera. La falta de comunión con la verdad ha sido uno, o quizá el más grande obstáculo del cubano en su afán por lograr la sagrada libertad a la que todo individuo en este mundo aspira.

¿Para qué serviría la educación, si no nos permitiera comprender la inevitabilidad de los cambios? Las cosas mudan de apariencia, querámoslo o no; ¿ para qué empecinarnos en no verlas tal como son? ¡Cuánto menos fastidioso es aceptar lo imprevisto, aunque no inesperado ni sorpresivo!

La escisión entre unos pocos que luchan por la libertad y una mayoría, cuyos intereses únicamente se centran en el placer sensorial, el oportunismo y la ambición material, ha sido una característica constante en la historia de Cuba. Los efectos de esa tradición nociva de escisión histórica han caracterizado a la nación cubana desde los albores de la factoría que representaba la mayor de las Antillas para la metrópoli española.  En las guerras de independencia, ya existían muchos cubanos mercenarios (no me canso de repetir), quienes luchaban a la par con las tropas absolutistas ayudando, de ese modo, a reprimir y asesinar tanto a la población civil rural (en los campos de concentración del general Valeriano Weyler) como a los cubanos que luchaban por la independencia. No en vano Cuba fue una de las últimas naciones en lograr “la independencia” en el subcontinente; la pongo entre comillas, pues la isla pasó a manos de otro poder, nunca fue realmente Cuba una nación independiente (planteamiento con el cual tienen todos derecho a discrepar). Hechos como los mencionados se han repetido con frecuencia, con diferentes personajes, a lo largo y ancho de la experiencia cubana.  Por tanto, colosal falacia es querer echarle todas las culpas, primero, a la administración Kennedy, después, a la de Clinton y, por último, a la de Obama, por todas nuestras desgracias en la historia moderna y posmoderna (naturalmente no están exentos los susodichos gobiernos de culpas, y sí bien nutridos de una política zurda, rosada y absurda que ha hecho mucho daño a los empeños de libertad de las almas sinceras tanto dentro como fuera de la geografía de la mayor de las Antillas).

La verdad es que antes de la nueva política de Obama hacia el régimen totalitario, una extraordinaria cantidad de cubanos realizaba viajes de turismo y de diversión a los predios del régimen, dejándole el dólar arduamente o delincuentemente obtenido en las riberas de Uncle Sam, en su parasitario regazo, para el bienestar, valga la redundancia, de la casta parasitaria, explotadora y dominante, la cual acaso parecen merecer estos cubanos.  Bajo el pretexto de ir a ver a la familia, lo cual salvo raras excepciones constituye una verdad a medias, la mayoría viajaba y viaja con una fuerte motivación de presumir y de exhibir delante de sus antiguos vecinos los “logros” materiales y el estilo de vida alcanzado en el monstruo de las profundas entrañas imperialistas, o quizá, en muchos casos, lo hacían con el fin de disfrutar de un o de una barata joven amante dotada o dotado de la frescura, el ardor y exuberancia sensual del delicioso Caribe. En cualquier caso, el baracutey fue posible por la escisión moral y la falta de conciencia política del cubano, toda desgracia comienza invariablemente con la división en casa, cuando los elementos internos y la estructura ética del ser humano se ha completamente degenerado, cuando las condiciones perfectas proveen el incentivo y la justificación necesaria para que los elementos externos actúen en aras de sus propios intereses.  Al supuestamente no haber disyuntivas políticas y un considerable número de cubanos actuar como si fuesen turistas o simples inmigrantes económicos y no como verdaderos perseguidos o exiliados políticos, el elemento comunistoide en la Casa Blanca puede fácilmente consumar la infamia y comenzar a promover sus utilidades.  En este caso ha sido la administración Obama (conjuntamente con los actores económicos y políticos invisibles que se esconden y que le empujan por detrás del telón), no obstante, en el pasado, han existido muchos otros actores beneficiados de la escisión del cubano, de su doble moral, de su apatía espiritual y desvergüenza (sería una lista casi interminable, lo cual no vale la pena mencionar en este breve espacio).

La enfermedad espiritual conocida con el nombre de fraccionamiento o dicotomía ética, política y moral, es un cáncer para el cual no se ha podido encontrar paliativo en la anatomía global del cubano regado por el mundo, ya se encuentre éste en suelo antillano, en EEUU, en Europa o en cualquier otra parte del globo terráqueo.  La fragmentación comenzó en la factoría, prosiguió durante la seudo-república y no ha finalizado todavía.  Esa es una de las razones principales (acaso no la única) por lo cual todavía a estas alturas un régimen totalitario de corte estalinista, ahora con la ayuda del capitalismo rosado que merodea la Casa Blanca, prosigue alegremente imperando en la villa de San Cristóbal y sus provincias.  Un pueblo escindido es fácilmente maltrecho, oprimido, explotado y manipulado por las fuerzas oscuras internas y externas.  Ése ha sido el alfa, el desarrollo y el omega (que aún no termina) de esta obra de teatro o farsa cuya trama lleva por largo título “Del absolutismo español al totalitarismo de los hermanos Castro”.

A pesar de esa fragmentación perversa  que muchos perpetúan a través de sus inicuas acciones, aquellos, los de buena voluntad, seguirán siempre la lucha, porque han aprendido a sobrevivir y a bregar contra viento y marea, a pesar de que hay que pagar el alto precio de la enajenación con el fin de sobrevivir y revivir las esperanzas de lograr la sagrada y verdadera libertad, cuyo delicioso néctar no se compra ni se compara con viajecitos de placer ni con los clientelismos perversos de la hoja de yagruma, dos caras que se refugian y reflejan asimismo bajo la vil máscara opositora de la lucha por la libertad. La verdadera lucha continúa, la escisión moral limita, pero la profunda comprensión de la verdad nos librará al final.

Sobre el autor

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez

Pedro Díaz Méndez (La Habana, 1966) es un licenciado en Literatura Española. Estudió en Los Angeles Trade Tech, donde recibió el diploma de Asociado en Artes Liberales en 2011, y el premio de honor del presidente de la institución en tres ocasiones. En la universidad jesuita de Loyola Marymount de Los Angeles, obtuvo su B.A. summa cum laude y el premio al académico del año en el programa de español de la susodicha institución. Es miembro de la Sociedad Hispánica de Honor (Sigma Delta Pi). Ha publicado varios ensayos de crítica literaria en la revista La Voz, entre los que se encuentran “Yo y mi otro yo: Manuel Machado y el dandi en El Mal poema” y “Nación y masculinidad en la España de fin de siglo”.

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