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La Ese de Superman

La Ese de Superman

La Ese de Superman
noviembre 29
23:56 2014

A pesar de que hoy es domingo, tengo que trabajar y lo hago gustosamente. Mi tarea consiste en dibujar y colorear los billetes que necesitaré para pagar mis gastos de la semana próxima. En el giro extraño que ha dado la historia de mi país, ahora todos somos felices porque podemos cubrir nuestras necesidades y satisfacer nuestros caprichos simplemente fabricando el dinero requerido. El gobierno nos deja escoger los personajes, los paisajes o los motivos que queramos colocar en los billetes y podemos así dar libre curso a nuestra imaginación. Según los términos de la ley, nuestra moneda tiene el respaldo del Banco Central. Nadie puede objetar que mi retrato de Batman no haya salido como lo deseaba, ni que mis números estén un poco torcidos. Mis billetes son válidos a pesar de sus defectos.

A veces me detengo para recordar la historia y saborear el momento presente y la suerte que tenemos. La economía había estado estancada durante muchos años. Los bancos no le daban crédito a nadie,  a pesar de las astronómicas cantidades de dinero que el gobierno les había entregado para ayudar a los ciudadanos que iban a perder sus viviendas. El  Estado  estaba desbancado y para mantenerse debía pedirle prestado a los bancos el mismo dinero que les había entregado y de paso pagarles altos intereses. Todo estaba al revés. Cada día éramos más esclavos de los bancos que inventaban toda clase de multas (los consabidos fees) para penalizarnos por no tener suficiente dinero en nuestras cuentas.

En algún momento a alguien, de quien ya nadie recuerda el nombre, se le ocurrió una idea que cambiaría nuestros destinos y nos ayudaría a salir del estancamiento. La fecha de su implementación divide nuestra historia en AC y DC, es decir, “antes de la crisis” y “después de la crisis”. Hasta entonces, sólo el gobierno podía imprimir moneda y por lo tanto la cantidad de dinero en circulación era limitada. Como los bancos habían acaparado gran parte de este dinero y no le otorgaban préstamos a nadie, cada vez había menos dinero en circulación y cada vez el comercio se hacía más difícil.   Los productos escaseaban y sus precios invariablemente aumentaban. El descontento en la población se materializó en disturbios callejeros, saqueos e incendios de agencias bancarias. Fue entonces que el gobierno decidió permitir a los ciudadanos que imprimieran el dinero que les fuera necesario.  Este dinero sería aceptado sin ninguna pregunta ni objeción para cualquier transacción comercial. Al fin nosotros, los ciudadanos, estábamos recuperando el poder. Todos éramos felices, trabajando incluso sábados y domingos para proveer el pan de cada día y para alimentar también nuevas excentricidades.

En su desesperación, los bancos compitieron unos con otros para ofrecer préstamos. Pero el mismo concepto de préstamo ya no tenía sentido porque al imprimir nuestro propio dinero nos estábamos liberando de todas nuestras deudas. Al fin todos seríamos solventes y disfrutaríamos de un gran poder adquisitivo. Los bancos tuvieron que declararse en bancarrota, un término muy apropiado, dadas las circunstancias.

Sin embargo, nuestra felicidad fue de corta duración, porque pronto el país enfrentó problemas con las importaciones. Los demás países no habían seguido nuestro ejemplo y no aceptaban nuestros billetes de Monopoly, aunque fueran impresos con las mejores impresoras láser. Debíamos hacer algo para que nuestra moneda fuera única y tuviera valor y reconocimiento a nivel mundial.

Cada crisis es una oportunidad de crecimiento, es como cada niño que viene al mundo con un pan debajo del brazo, como dice el refrán. Así nos llegó la segunda idea que sería nuestra salvación. Estamos acostumbrados a que todos los billetes de una denominación sean exactamente iguales, pues están impresos usando la misma placa y no podemos distinguir uno de otro. Ninguno es único. Por lo tanto, aunque un billete tenga un valor monetario, nada hace que tenga un valor particular. Es simplemente un pedazo de papel. Si en vez de imprimir los billetes con una máquina, tal como lo veníamos haciendo, los dibujáramos a mano, variando el diseño y los colores, entonces nuestros billetes serían únicos como tantas obras de arte y no faltaría en el mundo coleccionistas que los compraran a precios astronómicos.

De esta manera nació una industria generadora de empleo para todos los ciudadanos de mi país, convertidos ahora en artistas que pueden alcanzar fama mundial. Nuestros diseños son tan originales y el mundo entero ha quedado tan atónito frente a nuestro experimento que las arcas de la nación se están llenando con las divisas que necesitamos para nuestras importaciones. Por una vez, el arte ha ganado. Como solían decir en el país galo, no tenemos petróleo, pero sí tenemos ideas.

Acabo de darme cuenta de que a mi Batman le he colocado la ese de Superman. ¿Quién sabe cuántos millones de dólares alcanzará este malogrado billete en el mercado internacional?

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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1 comentario

  1. Manuel Gayol Mecías
    Manuel Gayol Mecías diciembre 04, 03:47

    Está muy bueno, me gustó. Una rica imaginación.

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