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La eternidad de las estatuas (fragmento)

La eternidad de las estatuas (fragmento)

La eternidad de las estatuas (fragmento)
febrero 18
19:10 2014

Aquella mancha en la espalda de su hijo Abir le trajo de golpe el recuerdo de la cara envejecida de su madre. Era como un sello de familia. Hasta ese momento había sido Nazli quien bañaba al niño, pero justo esa tarde, no recuerda exactamente por qué, ella le pidió que lo hiciera. Y allí, en el comienzo de la espalda, justo encima de la nalguita derecha, vio la mancha con forma de continente africano que él mismo tenía en aquel sitio y que, como había descubierto muchos años antes, tantos que lo creyó olvidado, era una marca visible en la vieja nalga de la señora Lucinda, su madre.

De su madre recuerda eso: sus nalgas envejecidas y su cara, arrugada pero hermosa a pesar de los cincuenta años que tenía la última y única vez que se encontraron. Y recuerda el cuartucho donde la vio: lúgubre, las sábanas amarillentas de la cama, con esos manchones que denunciaban de modo muy claro el oficio de aquella mujer, las paredes chillonamente rosadas y las cortinas de la única ventana, ennegrecidas por el polvo que se colaba hacia la habitación proveniente de ese barrio que, afuera, se hundía en su cotidianidad de turistas, borrachos, trasnochadores en busca de fiesta y edificios  a punto de caerse que, durante el día, se remozaban con el único objetivo de convertirse en una más de las tantas casas de putas en aquella parte de la ciudad.

— Sí, mijo – le dijo la vieja Eulalia, aquella mujer que había estado en su vida desde que tuvo uso de razón y a quien llamaba “mamá Lala” –. Esa es tu verdadera madre.

Eulalia quedó en silencio unos largos segundos. Tenía la mirada clavada en alguno de los mosaicos de flores que formaban el piso de aquella habitación y su respiración era tan calmada que él llegó a pensar que se había quedado paralizada, muerta, como cualquiera de esas viejas estatuas talladas en mármol que abundaban en los patios de las casonas colindantes.

Había encontrado la foto en una de las gavetas del escaparate donde Eulalia guardaba las cosas inútiles. Y en la foto una trigueña hermosísima sonreía, posando zalamera, sensual, escandalosa y atrevidamente seductora para el dueño de la cámara. Una manta de visón sobre los hombros. Un vestido rojo ajustado a un cuerpo hermoso, moldeado en esas curvas que hacen más apetecibles a las mujeres. Un culo perfecto, macizo y redondo que parecía querer reventar la tela del vestido. Y su cara, de grandes ojos almendrados y esa nariz fina que, ¿para qué negarlo?, era otro de los atributos que había heredado de aquella mujer.

— Era puta – dijo Eulalia esa vez y bajó la mirada a sus manos, donde él percibió un ligero temblor –. No estoy segura, pero esa foto se la hizo el que puede ser tu padre.

— ¿No era un marino yanqui que murió de tuberculosis? – masculló, todavía impactado por el descubrimiento.

— Era un marino – le oyó decir a Eulalia y la vio quedar asintiendo, continuada, lentamente –. Pero ni murió de tuberculosis, ni jamás estuvo casado ni conmigo, ni con Lucinda…

— ¿Lucinda?

— Así se llama tu madre, mi’jo – siguió diciendo la vieja –. Yo conseguí trabajo como cocinera en el burdel donde ella estaba y me pareció tan poca cosa, tan indefensa, tan ingenua, que la adopté casi como una hija. Cuando conseguí trabajo como Ama de Llaves en la mansión de los señores Lobo le dije que dejara todo y se viniera conmigo…

— ¿Y por qué no lo hizo? ¿Dónde está ahora? – preguntó, en verdad sin pensar, tan aturdido que las palabras salían de su boca y él sólo escuchaba los sonidos, los significados.

Eulalia quedó en silencio unos largos segundos. Tenía la mirada clavada en alguno de los mosaicos de flores que formaban el piso de aquella habitación y su respiración era tan calmada que él llegó a pensar que se había quedado paralizada, muerta, como cualquiera de esas viejas estatuas talladas en mármol que abundaban en los patios de las casonas colindantes.

— Aunque a alguna gente le cueste entenderlo, mijo, hay mujeres que nacen para ser putas – dijo al fin, la voz quebrada, como si le costara pronunciar aquellas palabras –. Ya yo había descubierto que Lucinda de ingenua y de indefensa no tenía ni un pelo, pero la seguía queriendo y por eso jamás pude perdonarle lo que hizo después.

Recuerda que no logró hilvanar más palabras. Quedó mirando a la vieja Eulalia, a esa Mamá Lala que tanto lo había mimado desde que él podía recordar, convirtiéndose quizás en la única posesión de valor en su infancia, e incluso en toda su vida hasta la aparición de Nazli y el nacimiento de su hijo Abir. Pero algo le hacía saber que ella seguiría contando una historia que, le resultó muy difícil de aceptar, sería el dedo que disparó hacia él todo ese mundo de asquerosa marginalidad y violencia en la que se vio hundido, por voluntad propia o contra su voluntad, no sabe, hasta esa mañana inolvidable en la que decidió que debía soltar todas las amarras que lo ataban a tan terrible pasado.

— Tu padre era uno de esos tantos marines que visitaban el burdel cuando los barcos atracaban en el puerto a veces tres días o hasta una semana – siguió contando Eulalia –. Él estuvo una semana esa vez. Y pagó muy bien para que todos esos días la matrona del burdel, Doña Celia, reservara a tu madre sólo para él.

Un mes y medio después Lucinda comprobó que estaba embarazada. Era demasiado tarde para abortar tomando los jarabes que los viejos curanderos africanos vendían para esos efectos. Y aterrada porque en ese aspecto Doña Celia era muy estricta: “yo regento este local, pero soy católica, apostólica y romana y para mí el aborto es un pecado capital, así que la se deje preñar se va de patitas a la calle, ¿queda claro, chicas?”, decidió ocultar aquello hasta conseguir que un médico le sacara de adentro “a este bicho maldito”, decía, masticando en las frases la rabia, el miedo y el fastidio.

— Tuviste suerte – le oyó decir a Eulalia, que seguía con la vista clavada en los mosaicos del piso, como si una fuerza invisible le impidiera mirarlo a la cara –. Por esos días uno de sus clientes habituales, un francés que se había enamorado de tu madre y llevaba tiempo pidiéndole que dejara aquel mundo y se fuera a vivir con él, descubrió que estaba preñada y acordó con Doña Celia un pacto que Lucinda no podría rechazar porque, si se negaba, la matrona la echaba a la calle.

El francés pagaría a Doña Celia suficiente dinero de alquiler, vestido y comida para que Lucinda pudiera quedarse en su cuarto del hotel, sin atender a ningún cliente, hasta el día en que naciera la criatura por la que él estaba dispuesto a pagar otra gran suma. Era un modo que veía muy romántico de satisfacer una frustración en su vida: tener con Lucinda, la mujer que amaba, el hijo que su propia esposa jamás había podido darle.

— ¿Mi madre… me… vendió a ese cabrón? – soltó, casi tartamudeando.

— Todavía es peor, mijo – contestó Eulalia y esta vez sí levantó los ojos para clavarle una mirada amorosa, pero firme –. El francés murió de un infarto dos semanas antes de que nacieras. Doña Celia le dijo que cuando nacieras tendrían que irse los dos del burdel y fue ahí cuando le dije que se viniera a vivir conmigo, que ya había encontrado un buen trabajo…

— Era la mejor salida… — intentó decir, pero la voz de Eulalia lo interrumpió.

— Sí, mi’jo, era la mejor salida – le oyó murmurar  –. Ahí fue cuando supe que hay mujeres que son más putas que madres.

— Explícate de una vez… — soltó otra vez, imperioso.

— Lucinda se nos encaró a Doña Celia y a mí y nos dijo que a ella no la sacaba nadie de allí ni muerta – siguió murmurando Eulalia, cada vez con la voz más quebrada, casi ya llorosa –. A condición de que la dejara quedarse en el burdel, le dio a Doña Celia dos mil pesos que le había dejado el francés.

— Pero… ¿y yo…? – recuerda que logró decir.

Esa vez creyó ver un estallido de asco, o de rabia, en los ojos de Eulalia.

— Cuando naciste vino aquí, me puso tus papeles de nacimiento en la mano y me pidió mil pesos. “¡Quédate con este vejigo de mierda!”, me dijo y algo aquí, entre seno y seno, un resquemor que me ahogaba, me obligó a mirarla con el desprecio que se merecía y decirle que no tenía ese dinero, pero que se lo conseguiría.

Eulalia recordaba que Lucinda le dio la espalda ese día, caminó hacia la puerta de la calle y cuando estaba saliendo se volvió: “Y no se te ocurra decirle que yo soy la madre, Eulalia, ¡invéntate cualquier cosa! Pero no quiero que sepa que existo.”

Ese descubrimiento, lo sabe, rompió su infancia. Los años que han pasado desde aquella mañana en que, hurgando en unos cajones encontró el hermoso rostro de la mujer a la que hubiera podido llamar madre, le han permitido comprobar que ese es un proceso inviolable, que cada personita que viene al mundo deberá crecer y, llegado un día, enfrentarse a esa ruptura, a ese salto al vacío, a ese encontronazo que es abrir los ojos a la jodida y dura realidad del mundo. Pero él sintió entonces que le faltaba cortar todos los cabos, cercenar con un cuchillo afilado hasta el último hilo que lo ataba a esa mujer extraña, para poder mirar con tranquilidad a los ojos a esa otra, Eulalia, que lo había asumido a él como sangre de su sangre, su madre, sin serlo verdaderamente.

— ¿Qué edad debe tener ella, Mamá Lala? ¿Cincuenta, sesenta?  — preguntó –. ¿Sabes qué hace ahora?

— Es puta, mijo, y esa se va morir siendo puta – dijo Eulalia y esta vez le sostuvo la mirada –. Sigue trabajando de puta en el burdel.

Una puta vieja, eso era su madre. Y seguía allí aunque ya la matrona no era Doña Celia, que había traspasado el negocio a un negro pecoso, bajito de y nalgas exageradamente grandes y femeninas, quien lo recibió con la algarabía propia de esas locas que abundaban en las casas de putas de la ciudad donde se ofrecían también servicios sexuales para homosexuales y que puso cara de desilusión cuando él cortó los galanteos del pecoso: “vengo aquí buscando a una puta vieja, Lucinda”, dijo, asumiendo la pose más varonil que pudo, “es famosa por su experiencia”.

— ¿Cuántos años tienes, bebé? – le dijo Lucinda minutos después.

Llevaba apenas un gastado brasier que alguna vez tuvo plumas. Se tapaba los muslos con una sábana sucia, a todas luces, vieja, y en la habitación flotaba el mismo perfume barato que le llegaba desde aquella mujer a la que, de ningún modo, le alegró comprobarlo, sentía como su madre.

— Veintitres años, señora – dijo, mirándola retador, sintiendo por primera vez en su vida lo que era el sabor de la venganza –. Y aquí el que paga soy yo, así que soy el que hago las preguntas y el que da las órdenes. ¡Desnúdate!

Y se fue a sentar en una silla tan vieja como todos los muebles que había en aquella lúgubre y oscura habitación. Olía a semen. A moho. A esa mezcla de humedad pestilente, indefinible y dulzona, que emana de las cosas que no ven el sol por mucho tiempo.

— ¡Vaya, un gallito degenerado! – oyó decir a Lucinda.

Y la vio ponerse de pie en el medio de la habitación. Observó con frialdad las contorsiones de animal en celo en ese baile grotesco que ella misma musicalizaba con gemidos falsos de placer mientras lanzaba a un rincón su brasier, dejando al descubierto unos senos enormes, grasientos y caídos, de pezones que se parecían a esas aceitunas negras que tanto se vendían en la ciudad, o cuando se metía las manos entre la oscurísima y abultada selva del pubis y abría con los dedos ese sitio por donde alguna vez él había salido al mundo, o cuando dio la vuelta, danzando lentamente en un movimiento de caderas que sólo conservaba una sombra triste de la sensualidad que alguna vez pudo tener, o cuando tuvo a unos centímetros de su cara aquel nalgatorio viejo lleno de estrías y manchas, hasta que ante sus ojos, allí, en la espalda, justo sobre la nalga derecha, pudo ver esa mancha con forma de continente africano que tanto conocía…

— Yo he visto antes esa mancha – soltó, queriendo parecer ingenuo.

Esa es la imagen que viene a su mente en esas pocas ocasiones cuando ha pensado en su madre: sus nalgas envejecidas y su cara, arrugada pero hermosa a pesar de los cincuenta años, mirándolo con una mezcla de estupor y curiosidad.

–Mira –le dijo a Lucinda, levantándose la camisa y enseñándole la mancha –. Yo tengo una idéntica. Me dijo Mamá Eulalia que es idéntica a la que tú tienes… una marca de familia.

Vio que Lucinda agarró la sábana que había tirado minutos antes sobre la cama y se cubrió el cuerpo, los ojos como asustados, posados sobre él, como si no pudiera apartarlos. Incluso creyó percibir algo de vergüenza en el fondo de aquellos ojos que, como le había contado Eulalia en esa noche que pasaron hablando de su madre, alguna vez debieron ser soñadores, seductores, hermosos.

–Vine a ver si la mujer que me parió se merecía una oportunidad del hijo que vendió por unos cochinos pesos – dijo, el asco permeando como una nata viscosa cada una de aquellas palabras que se había repetido muchas veces, hasta aprendérselas de memoria, desde que descubrió que no era Eulalia la que lo había traído a un mundo que le parecía tan sucio, oscuro y revuelto como aquella habitación mugrienta–. Pero mi verdadera madre, Mamá Eulalia, no se equivocó cuando me dijo que encontraría esto: una puta vieja…

Sobre el autor

Amir Valle

Amir Valle

Amir Valle (Guantánamo, 1967) ha obtenido premios literarios en países como Cuba, Colombia, República Dominicana, Alemania y España. Ha publicado más de una veintena de títulos, entre ellos los libros de testimonio “Jineteras” (Planeta, 2006) y “Habana Babilonia, la cara oculta de las jineteras” (España, 2008), y las novelas “Las puertas de la noche” (España, 2001; Puerto Rico, 2002 y Alemania, 2005), “Si Cristo te desnuda” (Cuba, 2001; España, 2002 y Alemania, 2006) y “Las palabras y los muertos” (Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa, Seix Barral 2007). Reside en Alemania.

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1 comentario

  1. Armando Añel
    Armando Añel febrero 21, 13:43

    Un fragmento estremecedor. A veces hay que romper definitivamente con el pasado para avanzar por el presente, y el protagonista se atreve. Ejemplar.

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