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La fábula del robo de los cerebros de Cuba

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La fábula del robo de los cerebros de Cuba

La fábula del robo de los cerebros de Cuba
noviembre 01
13:34 2016

 

Con su ocurrente lucidez, Augusto Monterroso se burló de quienes suelen quejarse, en Latinoamérica, del robo de cerebros por parte de los países desarrollados. “Cualquiera puede notar –puntualizaba- que el temor de que se lleven nuestros cerebros resulta vagamente paranoico, pues la verdad es que no contamos con muchos muy buenos. Lo que sucede es que nos complace hacernos ilusiones”.

Al genial escritor guatemalteco –hombre de izquierdas, pero en modo alguno dogmático ni cómplice de dictaduras– se le congelaría el sarcasmo en la lengua si fuera testigo de las ilusiones que al respecto se gastan los caciques de Cuba. De inicio, con todo y las simpatías que manifestó por el gobierno revolucionario de los primeros años, tendría que reconocer su deriva hacia la más bruta dictadura del continente, pues, mientras “Lo único positivo que los gobiernos dictatoriales de Hispanoamérica han hecho por esta región es expulsar cerebros”, el de Cuba no sólo se dedicó a retenerlos a la fuerza, sino además convirtió los cerebros de los profesionales en parte de su parcela privada.

Primero, hizo como el perro del hortelano: ni comía ni dejaba comer (a los profesionales), impidiendo que se marcharan del país, pero, a la vez, manteniéndolos subutilizados y apartados de los circuitos de retroalimentación intelectual. Después, ante su incapacidad y su falta de voluntad para sacarle provecho a la tierra o a las fábricas o al mar, se le ocurrió preparar cerebros con fines exportables, pero en condición de productos en alquiler, con lo cual desempolvaba las viejas cadenas de la esclavitud, otra de sus plusmarcas para la historia.

“Sospechar que alguien está ansioso de apropiarse de nuestros genios significa suponer que los tenemos”, había ironizado Monterroso. Pero a los caciques de Cuba no les importó tanto suponerlo ellos como conseguir que lo supusieran sus alquiladores del tercer mundo, quienes, por otro lado, tampoco se mostraron interesados en alquilar genios sino simples egresados universitarios, aunque fuera dudosa su preparación, pero con el crédito académico en la mano, y, eso sí, que los precios del alquiler fuesen módicos. De tal forma, por vez primera en los tiempos modernos, un país subdesarrollado no sólo logró ponerle freno al supuestamente abusivo the brain drain que traman las potencias, sino que ha virado la tortilla, tramando el robo de sus propios cerebros. Y todo mediante un par de mecanismos bien sencillos: 1) trancar los cerebros entre rejas para que no estuvieran expuestos a tentaciones desde el exterior; 2) Interferir su desarrollo, para que no se sientan mal en la condición de prostitutas con título cuyas ganancias netas son para el chulo.

Lo paradójico es que mientras estos caciques se concentraban en la tarea de producir y graduar por tuberías “genios” para el alquiler exportable, tenía lugar, espontáneamente, sin que ellos lo previeran, la germinación del producto que mejores dividendos económicos les reportaría: camioneros, despachadores de mcdonalds, fregadores de calderos en los restaurantes, empleados de factorías, mulas… destinados a ser, mediante el envío de remesas desde los Estados Unidos, los verdaderos cerebros del sostenimiento de su régimen inútil e inhumano.

No obstante, aunque no ganen nada con ello, a los caciques de Cuba les sigue resultando rentable políticamente denunciar las maniobras brain drain de los estadounidenses. Una de sus más risibles denuncias ha consistido en culparles del gran desbarajuste del sistema educacional de la Isla, acusándolos de haber robado miles de maestros. Lo que no dicen es que entre esa cifra, deben ser muy pocos los que han aplicado en las escuelas de Miami. Lo que realmente hicieron fue engrosar, como gran parte de los profesionales cubanos, la sustancial fuente económica que sostiene al régimen: camioneros, limpia pisos, mulas…

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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