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La familia Calandraca (capítulo 34)

La familia Calandraca (capítulo 34)

La familia Calandraca (capítulo 34)
mayo 15
00:03 2014

Aunque a lo mejor va y sucede como con lo de esa esperanza perdida de que del otro lado de la luna hubiera un volcán echando  candela, y un día llegamos del otro lado de la muerte y resulta que no hay más que la continuación de lo mismo. Más deseos insatisfechos, más gusticos que quisiéramos seguirnos dando, más de todo eso que ya conocemos como mi abuelo se conocía de memoria el Quijote, igual que mi padre, y como yo he terminado por aprendérmelo también de memoria. Que volver a repetir algo que te gustó mucho es casi un placer mayor que probar algo nunca antes saboreado. Porque no solo en la variedad está el gusto sino que puede que haya un otro gusto aún más sabroso cuando la cosa nos gusta tanto que nos da como para volver a saborearla de nuevo cada vez de manera diferente, a medida que profundizamos el gusto que nos procura. Que eso de que el que no cambia se estanca no es ni más verdad ni más mentira que otros tantos proverbios. Como aquel que dice que el que imita fracasa. Gil García imitaba lo que veía con su propios ojos como siempre lo habían hecho los pintores desde el primero en adelante, pintando tal cual lo veían aquello que tenían delante de sus ojos, mientras que mi vecina Hortensia, la hija de Federico Sulroca, copiaba los floreros de tulipanes rayados de Brueghel de Velours, según los veía reproducidos por los medios mecánicos propios al siglo XX, y sin embargo también lo hacía muy bien. Mientras que Amelia Peláez, que según la envidiosa y frustrada Hortensia era una farsante pintando las cosas como a ella se le ocurrían, con el cuento de que era así como ella las veía. Sin confesar que la pura verdad era que las pintaba así por que era de esa manera que le salían, a pesar de que las hubiera querido pintar de otra forma en que fueran algo más parecidas a esas que realmente tenía delante de ella. Porque las apariencias pueden engañar, pero el mayor engaño de todos es la mala fe de los malos pintores que para quimbarle el baro al primer gil que les pase por delante se agarran de lo que Marcel Duchamp hizo, o dijo, porque pensó de modo tan original e ingenioso que tuvo tremenda influencia en la cultura de su tiempo. Aunque en realidad, lo que se dice hacer, el tipo haya hecho muy poco. Que hay giles y giles, porque Gil García no tenía nada de gil, ni Amelia Peláez tampoco. El peor gil es aquel que se engaña a sí mismo. Porque si pierden el gusto de dibujar, pintar y regodearse inventando cosas que aunque no existan pudieran existir, y que de hecho ya existen desde el instante en el cual ya hayan sido dibujadas o cuando ya estén finalmente pintadas con los propios pinceles de quienes concibieron ese sueño despierto en el cual consiste la epifanía de cualquier pintura que merezca ser considerada una verdadera obra de arte. Como las cárceles del veneciano Piranese, que ese desgraciado  arquitecto nunca pudo construir en mármoles y mampostería los fabulosos edificios que inventaba, y sin embargo dejó grabadas esas aguafuertes que representan verdades extremadamente concretas. Aunque solamente hayan sido dibujadas sobre algunas planchas de metal recubiertas de una fina capa de barniz —que después de haber sido sumergidas durante algún tiempo en cubetas llenas de cierto ácido extremadamente corrosivo quedaron marcadas con surcos de suficiente profundidad según el dibujo del artista—, fueron entintadas y pasadas bajo la fuerte presión de ciertos rodillos de un tipo de prensa particular dejando aquel dibujo originalmente trazado por el autor impreso en papel. Sus fantásticos edificios a pesar de nunca haberse cristalizado en volúmenes físicamente concretos en las tres dimensiones del espacio corriente, tomaron cuerpo suficiente en la ficción que la perspectiva y el claroscuro permite  crear en las dos dimensiones del plano de una hoja de papel.

Milagro del ingenio humano que tuvo lugar al inicio del Renacimiento Italiano, cuando Paolo Ucello hizo posible gracias a su dedicado estudio de las leyes de la ciencia óptica —y a su talento de artista—, sentando los cánones imprescindibles para unificar la representación racional de un espacio ficticio dado dentro de un rectángulo convencional, según las limitadas posibilidades de nuestro ojo y las que el cerebro tiene de descifrar los mensajes que éste órgano que conjuntamente con el del oído constituyen el Camino Real de nuestra relación al mundo que nos rodea. La modernidad ha dado tanta libertad al artista que éste ha terminado perdiéndose en el monte de sus propias veleidades y se ha olvidado que lo primero que hace falta para ser pintor es conseguirse alguien que esté dispuesto a comprarte una pintura. O que por lo menos esté dispuesto a mirarla con un mínimo de interés para que se le zafe la lengua y decirte dos o tres cosas ocurrentes sobre ella. Y que para eso hay que ponerle mucho corazón al asunto. No se pinta con la cabeza sino conjuntamente con las manos y el corazón porque ambos están conectados por un cable de esos que son tan sutiles que quizás por eso la ingenua Hortensia no haya logrado verlo. Cuando yo rondaba por el portal delante de la salita donde ella pintaba para curiosear qué era lo que se traía entre manos al copiar esos tulipanes con franjas de vistosos colores, guillándome de paso a ver si de refilón Joseíto se aparecía por ahí mirando a ver qué se le pegaba —o a ver qué me pegaba y por donde me lo pegaba—, aún en el mundo de las artes quedaba un residuo de sentido común. En La Habana, por aquel tiempo se corrió la voz de que once tipos se pusieron a decir que eso de seguir pintando palmitas  y tinajones ya no servía, porque en Nueva York el último grito era echar pintura como quiera que fuera por encima de la tela, o componer jugando arbitrariamente con formas geométricas entreveradas según te viniera en gana sobre aquella superficie, en vez de andar copiando paisajes por todo el valle del río Hudson con el caballete, los materiales y un taburete donde sentarte a cuestas. Eso tenía que ser verdad porque los americanos sabían más de eso que los cubanos y que los españoles, o que los mismos muralistas mejicanos que por aquellos años estaban considerados como los mejores pintores de todo el mundo. Mi vecina Hortensia no se dio por aludida porque  como ella lo que pintaba eran tulipanes, la cosa no iba con ella, así que no se sintió ofendida para nada. Allá ellos si querían desperdiciar la pintura al óleo de esos tubos tan caros embarrando  esas telas de lino que son tan caras sin ton ni son, o de algodón, que tampoco eran tan baratas. Su coco era Amelia Peláez, porque la muy astuta se fue directamente a París a aprender las mañas de los franceses —que en cuestión de arte y literatura saben más que los mismos americanos—, y al volver a su patio tropical —la muy cabroncita— se forraba de billetes vendiéndole cualquier cosa a esa gente fina de Miramar que se la compraban a precio de oro aunque sus piñas más parecieran tanques de guerra y las demás frutas granadas de mano —de esas que te revientan en la cara y te arrancan un brazo—, no las que da el granado, árbol de tan bellas flores y sabrosas frutas de cárdenas y perfumadas pepitas. Mientras que ella se tenía que joder copiando franjita por franjita de color diferente cada pétalo de tulipán tal cual se veía en la tarjeta postal holandesa que tenía en- ganchada con una presilla guindando del caballete, y si le salía demasiado diferente al modelo escogido por la tremenda picúa y zoquetica señorona que le había pedido esa copia, la tipa se podía disgustar y no pagarle más que una mínima parte del precio convenido, haciéndole valer que sus amigas se iban a dar cuenta de que esa no era una pintura original que ella se había comprado en su último viaje a Ámsterdam, como les había hecho creer. En aquellos tiempos la gente miraba dos veces el cuadro acabado de comprar antes de colgarlo en la pared de su sala, o en el pasillo o en el comedor, por lo que pudieran pensar sus familiares, invitados, visitantes de cumplido o ese mismo vecino que venía a usar el recién instalado aparato telefónico y de paso aprovechaba para investigar todas las intimidades de la generosa familia que le permitía el acceso al interior de su hogar. Por aquel entonces nadie hubiera colgado de la pared ninguna improvisación destemplada de esas que se estaban poniendo de moda entre la gente con peos de intelectualidad. Eran tiempos de comedido gusto y buen gusto. De bodegones en el comedor y jarrones de claveles y rosas en la sala alrededor de la litografía del Sagrado Corazón que no podía faltar en ninguna  casa. Un San Juan Bosco por aquí y una vista del Valle de Yumurí o del Pan de Matanzas por allá. Porque en estos inicios del siglo veintiuno, pintes lo que pintes y sálgate como te salga tarde o temprano encontrarás a un guanajo que te compre el cuadro. Acuérdate que mientras haya clientes ignorantes habrá pintores geniales, y que hoy en día cualquiera es un genio, asere. Y mientras Hortensia me echaba su descarga Joseíto ya estaba acercándose por cuenta propia a la entrada de acceso de la escalera del pecado, haciéndose el que distraída- mente jugaba con tres canicas, una amarilla, otra roja y la tercera azul, como para demostrar a su manera que con esos tres colores primarios se puede representar toda la gama de posibles tonos secundarios que el ojo humano percibe naturalmente como sus derivados y puede analizar disociándolos en variadas armonías optativas, jugando entre contrapuntos y diversas correlaciones  rítmicas, haciendo funcionar la ingeniosa complementariedad que espontáneamente fabula la retina antes de enviar por el cable del nervio óptico su detallada descripción del entorno en el cual nos encontramos al sistema central que lo interpreta en la cómoda serenidad que reina en esas discretas oficinas que se hallan situadas entre los pliegues de los sinuosos lóbulos que conforman nuestros simétricos  hemisferios  cerebrales, y ese sótano que está en el bulbo raquídeo por donde sale el tubo de escape de la columna vertebral. Con una sonrisa de medio lado —y remangándose disimuladamente el pantalón— me dio a entender que me fuera aproximando —mansito— al sitio que yo sabía.

23 de junioConfucio enseñó que los humanos aprenden de tres maneras, por reflexión, que es la más noble, por imitación que es la de los pintores como Hortensia y como Gil García, y por esa experiencia propia que es la más trabajosa de las tres, y que ha sido la que me ha tocado a mí emprender, falta de ocasión para aprender a hacerlo imitando, en mi tentativa de ser mejor pintor que mi tío y que mi abuelo, por mi propia cuenta, a pulso, a pelo y a contrapelo. Y de paso mejor que Federico Sulroca y que su hija Hortensia. Pero no sé si habré logrado pintar mejor que Gil García —ni que Amelia Peláez—, porque la pintura es un arte silencioso, propio a pueblos analfabetos que no logran expresarse correctamente por la escritura  y transmitir su acervo cultural literariamente. Desde que un individuo aprende a expresarse lo hace primero a través de la palabra, solamente cuando está impedido de decir con facilidad lo que piensa es que se pone a pintar o a componer música, o a bailar, porque lo que quiere decir no puede expresarlo bastante claramente con palabras. Los deseos de pintar parecen haberse manifestado por vez primera durante ese período llamado la prehistoria, antes de que el hombre desarrollara lo suficientemente el lenguaje  y la escritura. Volvieron a parecer en pandilla durante la edad media cuando muy pocos eran los humanos capaces de leer y escribir. Hoy tenemos sobreabundancia de todas las formas antiguas de expresión visual más el cine, los videos y una cantidad cada vez más vertiginosa de nuevos medios de expresión. Pero este no es lugar donde ponerme ejercer la crítica de arte, oficio que siempre se me ha antojado totalmente superfluo. Que cada cual pruebe alegre y despreocupadamente, que es la mejor manera de emprender cualquier disciplina humana, a convertirse por un momento en crítico de arte, solamente por jugar un rato. Que lo más sabroso es pintar, compadre. Aunque lo que pintes sea tremenda bobería, como la mayor parte de las que vemos expuestas en las galerías hoy en día. Porque pintar es una fiesta innombrable y no se le da a cualquiera  poder hacerlo duran- te un lapso suficientemente prolongado de tiempo como para forzar a ese indiferente vulgo del cual se compone  la mayor parte de la especie humana, a entender  y aceptar que seas un pintor.

Una penumbra perpetua reinaba en la nueva casa de mi abuelo, y era la misma penumbra que ensombrecía a toda esa planta baja de un bastardo edificio de cemento pintado de amarillo. Los cuarticos que ocupaban mis abuelos estaban situados al final de un largo pasillo por el cual se entraba después de pasar por un extraño propileo de cemento, compuesto por unos pilares de corte prismático muy esbeltos que sostenían al vuelo unas habitaciones, que vistas desde mi pueril pequeñez, me parecían elevarse muy por encima del suelo. Reinaba esa misma oscuridad en los cuartos de sus nuevos vecinos que vivían puerta por puerta junto a ellos. Era una joven pareja de mulatos indios muy esbeltos y bellos venidos de Mayarí, que habían instalado en su estrecho traspatio, debajo de unas planchas de zinc, un rudimentario taller de fabricación de pantallas de lámparas. Fue en esos exiguos cubículos sumidos en la oscuridad donde ese artista frustrado que fue mi triste y conmovedor  abuelito pasó los últimos años de su vida rodeado de sus preciosos libros de reproducciones de pinturas, y de muchísimos más volúmenes de la gran literatura clásica debidamente encuadernados en cuero.

A veces me cargaba para sentarme sobre sus rodillas  y poniéndome sus dedos índice y el mediano sobre una de las mías, creando con ambos de esta juguetona manera un simpático personaje de dos piernas, lo hacía caminar pasito a pasito muslo arriba hasta meterse por debajo del borde de mi pantalón corto como si me fuera a coger mi palomita, porque era con ese eufemismo como solía referirse a mi problemático apéndice sexual. Cada vez que se ponía a jugar a este chistoso —y por supuesto que inocente pasatiempo—, de cualquier forma que fuera, yo me quedaba bastante avergonzado y sin saber de qué manera reaccionar. Pero el hecho de que esos jueguitos resbalosos tuvieran lugar en presencia de mi abuela, eliminaba cualquier inquietud que hubiera podido tener respecto a su relativa inocencia, o a la eventual gravedad de su contenido erótico.

Porque cuando me metía en casa de sus vecinos, ese tipo de cosa no era para nada en broma, sino muy en serio. Esa pareja de orientales de grandes ojos y copiosas pestañas por entre las cuales resaltaba de tal modo el blanco de sus ojos inmersos en toda aquella tibia oscuridad, tenían un empleado negro. Mingo era un adolescente vigoroso y vivaracho que desde que me vio por vez primera enseguida se comportó conmigo de muy amistosa manera. Para pasar al taller de fabricar pantallas de lámpara había que atravesar la pequeña sala de esa casa en cuyo suelo de la cual habían puesto un cubo de zinc dentro del cual tenían metida a una pobre jicotea bastante grande en un poco de agua. Cuando les pregunté porqué no la ponían en un sitio donde pudiera estar más holgada me explicaron que ese animal estaba allí para limpiar espiritualmente su hogar y no para que estuviera cómoda. Por ahí también andaba —apenas perceptible dentro de aquella general penumbra a causa de su negro pelaje— un gato muy flaco al que llamaban Güibing. Como me gustaba mucho especular con el posible sentido de las nuevas palabras que se me presentaban en mi corriente intercambio con cualquier prójimo, ese nombre me provocó desde que lo escuché por vez primera una inmediata divagación etimológica a causa de su híbrida composición, pues yo me imaginaba que era un injerto de güevos —como se pronuncia vulgarmente huevos—, con esa terminación  en “ing” característica de los verbos en inglés, la cual significa “acción”. Cierto obsceno sentido me parecía traslucir de aquel apodo que de tal inusitada y novedosa manera ensamblaba dos contrapuestas sílabas de diversos idiomas, una bien autóctona como güevo y otra importada del Norte, ese exótico “ing”. Porque traducido al español pudiera haber querido decir algo así como “huevear”, o frotar a alguien con los huevos. También concurría a favor de esta posible interpretación pornográfica de aquel —quizás inocente nombre de ese desgarbado gato negro—, el hecho que esas tres letras extran- jeras eran parte integrante de esa tan explosiva y conspicua  palabra “pinga”, que a mis susceptibles tímpanos sonaba como un disparo de revólver, la cual solamente de pensar en ella, y sin siquiera atreverme a pronunciarla, me hacía erizar los pezones hinchándomelos de turbias emociones muy difíciles de manejar. De manera que solo de oír a Mingo llamar a aquel gatico para acariciarlo o jugar con él, me embargaba de confusas, alternativas y contradictorias ganas de salir corriendo, o de abandonarme locamente a esa “ocasión de pecado” a la que parecía convidarme ese estado de imprudente vulnerabilidad que eventualmente, si no reaccionábamos a tiempo como el cura nos había recomendado hacer, en un solo instante de muy culpable y difícilmente perdonable debilidad, nos podría precipitar para siempre en los fatales abismos del pecado mortal. Cada vez que Mingo me veía aparecer se desvivía por hacerme pasar al taller para enseñarme a hacer pantallas porque según me explicaba, yo era un buen dibujante que a lo mejor podría ayudarlo a pintar mejor las mariposas, pececitos de colores y barquitos  de vela con los que decoraban las pantallas después de montadas. Con ese pretexto me subía a su alto taburete poniéndoseme por detrás de manera que podía pegarme el rabo que en el acto se le ponía tieso. Me mantenía apretado entre su pecho y la mesa de trabajo de manera en que apenas podía moverme, solo me quedaban libres las manos sobre la tabla de la mesa para manipular los alambres, alicates, pergaminos, pinceles y poceticas dentro de las que había algunos pigmentos con los cuales él pintaba las pantallas. En lo que yo estaba en eso, él se daba gusto jamoneándome mientras que la pareja de orientales, sumidos en el más profundo silencio nos miraban desde el interior de un cuarto aún más oscuro que la sala y ese exiguo traspatio. Porque, por muy poca que fuera, hasta el sitio en el cual Mingo desarrollaba su eficaz envolvencia  y yo me hacía el guanajo, penetraba levemente alguna luz del sol, aunque ésta fuera muy débil y tamizada, en dramático contraste con la violenta luz del sol que afuera ponía en blanco incandescente los muros de cemento encandilando a cualquiera. Pero hasta esa habitación  en la cual la rascabucheadora  pareja se emboscaba no llegaba casi nada más que un apagado resplandor —como si fuera el lejano eco de un suspiro de luz apenas perceptible— que no permitía distinguir nada. Esas particu- lares condiciones de aquellos umbrosos ámbitos no le permitían a la pupila, curiosamente llamada la niña del ojo, adaptar adecuadamente su diámetro entre tales extremos para escapar una inevitable, y molesta, ceguera momentánea. Era necesario dejar pasar algunos instantes antes de ir paulatinamente percibiendo, cuando esa tan brutalmente castigada niña del ojo —excesivamente solicitada— hubiera tenido el suficiente sosiego y tiempo disponible para irse acostumbrando  a tanto abuso. Poquito a poco se iba comenzando a distinguir confusamente como los tres personajes de oscura piel que en esa urbana ca- verna evolucionaban, se iban desplazando sigilosamente protegidos por su misma favorable pigmentación a través de aquellos espacios — tan propicios a la promiscuidad— que hubieran podido alarmarme si no hubiera sido por la evidente fascinación que Mingo había ejercido sobre mí desde el primer momento en que lo conociera, inspirándome no solo confianza, sino una cierta atracción que me provocaba un curioso —aunque no desagradable— cosquilleo interior por todo el anverso de mi esternón, que me subía desde el plexo solar hasta tocarme el huequito en el cual se entronca el pecho con la base de la garganta, en donde dejaba de avanzar y comenzaba  a palpitar como un gorrión asustado.

Como ya me había sucedido  varias veces que algún muchacho me agrediera sexualmente, yo había logrado desarrollar cierta capacidad de hacerme tan bien el tontico que no se estaba dando cuenta de nada. Con ese tácito consentimiento que a pesar de estarlo haciendo con cierto vergonzoso disimulo, de hecho yo le estaba dando, el aprovechado agresor se daba cuenta muy pronto que podía darse conmigo todo el gusto que quisiera. Sintiéndose completamente  libre de disponer de mi complaciente personita sin el más mínimo remordimiento ni escrúpulo, puesto que ni me defendía  y ni siquiera daba señales de enterarme de lo que me estaba pasando. A veces mi bien fingida y aparente indiferencia era tan verosímil que a Mingo le picaba la curiosidad, provocándole cierta justificada inquietud por saber hasta donde podría —dando rienda suelta a su osadía— proseguir sus avances. Para calmar ese desasosiego, y como si solamente fuera por el puro gusto de investigar, a ver si en cierto punto del vertiginoso proceso en el cual insensiblemente y pasito a pasito nos estábamos involucrando dentro del desarrollo del programa de esa resbalosa ocasión de pecado, me fuera finalmente a decidir a poner un límite a sus atrevimientos, me preguntaba con mucha picardía si me gustaba, sin especificar exactamente qué era eso que quería saber si me gustaba.

Evitando hacerle conocer abiertamente la confusión de emociones contradictorias que me embargaban— por no romper el dulce embrujo de esta situación— le respondí muy bajito que no sabía por qué me preguntaba eso, porque confesarle lo mucho que me estaba gustando aquella situación me hubiera turbado demasiado, haciéndome perder la compostura. ¿Si me gusta qué? Terminé  por decirle.

Como él estaba tan turbado como yo —aunque de diferente manera— tampoco se atrevía a expresar claramente, por no decir desvergonzadamente qué era aquello que hubiera querido saber para poder prudentemente ponderar de manera aproximada el eventual grado al que podía llegar mi disimulada aceptación y soslayado gustico. De ese candente punto cuya intensidad él ya se había ya dado bien cuenta que yo estaba siendo afectado —por su cauteloso aunque decidido acoso—, que de cierta impúdica manera me halagaba, aunque por un —muy curioso en esas extremas condiciones— residuo de dignidad no me atreviera a decírselo. Bajando la mirada con una calculada satería que me salía de los trasfondos de mi incipiente aunque ya bien acendrada feminidad  le susurré quejumbroso: “no séee”, alargando indefinida y lánguidamente esa e que no quería acabar de pronunciarse.

Entre una cosa y otra me apretaba mi mano con la suya para ejercer la presión necesaria con la cual cortar algún alambre como enseñándome de paso a usar el alicate, manteniendo de este modo la conveniente ficción de que me estaba dando instrucciones de cómo montar aquellas rudimentarias pantallas de lámparas tan baraticas y de tan pésimo gusto. Varias veces ni le respondí, y seguí jugando con el alicate mientras que él, de tanto en tanto, para variar y hacer más plausibles las disimuladoras  digresiones ocupacionales, me ayudaba a aplicar pigmentos a la témpera por encima del grueso pergamino translúcido. Procurando de alguna u otra manera obtener alguna respuesta en reacción a sus caricias que cada vez se volvían más atrevidas, comenzó a decirme —poco a poco y tanteando con mucha cautela—, cosas y temas más o menos alusivos a aquello que sigilosamente él iba buscando proponerme. Hasta me provocó cierta inquietud al susu- rrarme muy por lo bajo y cerca de mi oreja —de pronto y sin ambages—, con cierta dificultad al pronunciar las palabras y demasiado de prisa, como si le costara trabajo encontrar el tono y la palabra justos con los cuales presentarme el amago de programa que tenía entre ceja y ceja, que a él algo le decía que le iba pareciendo que a mí me iba a gustar más que me montaran a mí, que montar pantallas como él me estaba enseñando a montar. “En vez de enseñarte a montar pantallas sería mejor que de una vez por todas yo fuera quién que te montara de verdad”, terminó por soltar —reiterando  insistentemente—  y regalándome de refilón una seductora sonrisa de coco. Haciéndome el chivo loco le pregunté, ¿Montar como se monta a caballo?

Riéndose burlón y de muy buena gana me dijo ya en voz más firme y segura, de manera a que la emboscada parejita que nos espiaba pudiera escucharlo perfectamente, “no bobito, montar como se monta a una yegüita como tú”.

Me quedé callado porque ahí sí que me estaba dando por la misma costura. Había encontrado la yaga y estaba metiéndome el dedo en ella. Me sentí todo suavecito por dentro. Ya me estaba haciendo suya de palabra, y teníamos a dos escondidos mirándonos, dándonos a cada uno el papel estelar en un delicioso idilio guajiro.

En aquel sencillo y bucólico drama de teatro vernáculo, a él le estaba tocando un papel y a mí el otro, y sin que él diera el paso definitivo haciendo eso que sabía que fatalmente tenía que hacerme, yo no podría asumir eficazmente el mío. Uno iba a ganar  y al otro le iba a tocar perder. Ambos iban a llevar a cabo aquello para lo cual habían venido al mundo. En ese lugar y en ese preciso momento todo el Universo estaba perfectamente representado, solo faltaba cumplir el trascendente rito con todo el franco consentimiento de nuestros dos corazones.

Sentía un olorcito entre salado y espeso muy sabroso que subía de sus pantalones de gruesa y grasienta tela, y cuando desabrochándose muy parsimonioso uno a uno los grandes botones de hueso de su grosera portañuela me enseñó todo aquel hermoso y cimbreante guayabo saliéndole brutalmente ensoberbecido por el voluptuoso bostezo de aquel oscuro boquete, tan hinchado de deseos que la piel de la cabeza le relucía como si fuera un espejo de carne en el cual hubiera podido verme reflejado a mí mismo beatamente adorándolo en todo su arrogante desplante.

—Esto que tengo aquí es un alambre dulce y ahora tú vas a tener que cortármelo aquí mismo con tu propio alicate.

—¿Pero si yo no tengo más alicate que ese que tú me prestaste? Dije señalándole para el sitio donde lo había dejado encima de la mesa de trabajo.

Sin saber, ni realmente querer zafarme de su apretón, porque ya me había dado fácilmente vuelta entre sus nerviosos brazos y le podía ver de frente todo el sudoroso pecho al descubierto muy cerca de mi cara:

—No te hagas la bobita que tú sabes que lo que tienes ahí en tus labios es un alicatico mucho mejor que ese, tú vas a ver como esa boquita tuya sirve de lo más bien para cortarme dulcemente el cable. Vas a tener que aprender a cortar cabilla para armar hormigón con esa misma lengüita, dentro de esa boquita tan linda como la que tú tienes. Tú verás que es como un soplete de acetileno de derretir y doblar cabilla para fraguar hormigón armado —pero tu soplete no echa candela nada— sino que chupa como un bollito muy rico. Mira que yo he sido albañil y sé de sopletes un burujón puñao, porque los he probado de todas clases y colores. Tiempo  yegua abierta igual que tú, tiempo estrechita, todas terminan por tragarse la mecha entera sin protestar, lo mismo jevita que cundango viejo que joven.

No se oía ni respirar a los curiosos mulatos que desde la matriz de su penumbra no se perdían un detalle de lo que se iba desarrollando entre nosotros. Sin remedio, como quien no quiere las cosas, me tuve que poner a hacer lo que me pedía. O lo que me mandaba, porque ya yo ni sabía si me estaba cogiendo la baja o nada más que estaba jugando inocentemente conmigo como mi abuelito. El caso es que sin querer quedar como un mariconcito ruino, con demasiadas e indecorosas ganas de que se lo singaran a mansalva, me gustaba muchísimo que él me obligara, porque de esa manera —sin duda alguna—, la eventual culpa de eso que estaba sucediendo era toda suya. Yo no estaba seguro que me gustara hacerlo, a pesar de que —de cierta forma poco clara— las ganas no me faltaban, ni la curiosidad de saber exactamente qué era aquello que iba a hacerme. Pero me hubiera parecido tan fuera de lugar negarme a obedecerlo, que dejarle saber que estaba loquito porque me metiera el diente.

Después de satisfecho quedó de tan buen humor que se puso a reírse mucho, jaraneando despreocupadamente con sus alebrestados cómplices, diciéndoles entre otras bromas que Mongo y Mingo no eran lo mismo, porque ni Mongui el Mamapinga era igual que pingúo y bugarrón como era Mingo el de Contramaestre, que cualquiera se come un cable como se come un ñame, cuidaíto se te vaya a ocurrir contarle a tus abuelos lo que está aprendiendo su nietecito Mongui. Si no, no te la voy a poder dar más —mira que a ti no te conviene—, si te gustó la cañandonga cállate esa boquita tan linda que tu tienes. O allá tú, díceselo si quieres, pero si se enteran  esos viejos voy a tener que perderme del barrio por un buen rato, nágüele.

Sobre el autor

Ramón Alejandro

Ramón Alejandro

Ramón Alejandro (La Habana, 1943), artista plástico de múltiple recorrido, dejó Cuba en el verano de 1960 rumbo a Argentina. Residió en París durante 50 años antes de radicarse en Miami, primeramente durante nueve años entre 1995 y 2004, y definitivamente en 2011, cuando adquiere la nacionalidad norteamericana. A partir del año 2005 se dispone a escribir una serie de novelas autobiográficas, dos de las cuales, “La familia Calandraca” y “Adua la pedagoga”, ya han sido publicadas.

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