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La geometría de la vida que falta

La geometría de la vida que falta

La geometría de la vida que falta
abril 15
19:06 2015

Ha dicho Luis Cremades en el prólogo del libro Geometrías del cuerpo, de Francisco Alemán de las Casas, que “el lenguaje de la poesía sirve para crear y sirve para cantar”… Yo le agregaría otros usos, incluyendo husos horarios, porque no es lo mismo lo que uno cree que se crea en Chile, que lo que canta en Londres el más descreído de los creadores.

La poesía sirve tanto que en ocasiones no sirve. O sirve simplemente a nivel de lenguaje para crear el canto, o cantar la creación de esas líneas que conforman lo que han de ser nuestras vidas, que, como anunciara Jorge Manrique en otra geometría diferente: “son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”.

Pero por suerte la poesía canta y crea, revela y nos rebela. Y en ese amplísimo círculo que se abre y se cierra entra la para mí sorprendente poesía de Francisco Alemán de las Casas, Frank para los amigos que le conocimos en el inicio de los tiempos, allá en Radio Ciudad de La Habana, cuando el mundo era más sencillo, más en blanco y negro, o más verdeolivo de lo que realmente necesitaban nuestras vidas.

Palabras de presentación del poemario “Geometrías del cuerpo”, de Francisco Alemán de las Casas, en La Otra Esquina de las Palabras. Miami, 10 de abril de 2015.

Lo que sí demuestra Francisco Alemán es que el lenguaje de la poesía sirve para geometrar o geometrizar, pero también para cuerpar, cuerpizar, descuerpizar, para alejar y para acercar. Y sobre todas las cosas, para reunir y para olvidar y soñar. Y para saber que hay un ser humano queriendo, desde un verso herido, romper las geometrías: Las de su cuerpo, la de todos los cuerpos, la geometría de este mundo hecho de paralelas y rectángulos a través de los que uno llora o ríe, y de circunferencias que nos separan de nosotros mismos, y triángulos con lados demasiado iguales como para estar contentos y conformes.

Si alguien no cree este efecto mágico del lenguaje y de la poesía, que mire en derredor y compruebe cuántos amigos o conocidos han decidido compartir este viernes con su libro, y pasar a formar parte de ese triángulo isósceles o de ese círculo, en este caso de personas, que se han acercado a verle hoy, a comprobar si su lenguaje existe, si su cuerpo sigue cuerdo o tiene cuerda, y si pertenece aún a su lenguaje. Pero, sobre todo, a cambiar junto a él y a su poesía geométrica toda la geometría con sus cuerpos.

Y dije que su poesía era sorprendente no sólo a nivel formal, que ese sería otro estudio y otro momento, y otras intenciones más allá que ésta simple de cantar a su creación y dar gracias por su poesía. Me sorprende porque siempre le supe comunicador, pero desconocía al poeta que lleva Frank con todos sus delirios, quizá porque, como dice en uno de sus poemas: No soy un hombre de mala suerte/ sino otra víctima del marketing.

En tales desproporciones que propone están el largo cuello “raro” de La jirafa del zoo, hasta esa última cena del arquero que alimentó con su posible muerte a su familia.

Todo con un muy convincente dominio del lenguaje, tanto que baila con las palabras, las acuesta, las echa de la casa, las besa y las castiga, y las hace volar sobre el tejado llenas de hollín y de vergüenza para volver a él con la cabeza gacha y los ojos brillantes.

En Geometrías del cuerpo el poeta hace inventario de posibilidades y de imposibles, de cómo cree ser y cómo cree que creen que es. Protesta y se burla, que es la mejor manera de llorar sin que nos hundan los dedos en los ojos. Grita y se duele de todas las inconformidades, pero halla siempre un atisbo de ternura, muchas veces satírica o deslenguada, y nos llega a confesar en Yo fui Maila Nurmi en otra vida, que es –el o la– culpable hasta de la muerte de Ed Wood y de James Dean.

Pero en el fondo, desilusionado con esas geometrías sin formas, que no deformes, el poeta nos deja en su testamento su nariz, aunque ya nos regaló los ojos y los labios, y la lengua de construir alaridos tranquilos como este: Tú me pediste certeza/ Yo me quedé sin argumentos/ con las manos y el corazón vacíos/ mientras veía derretirse los glaciares/ morir de inanición los osos blancos.

Y una última cosa que saben hacer los poetas con ese lenguaje de la poesía: convocar a los amigos de todas las épocas, y poner el pasado cerquita de todos los futuros posibles, como si todo fuera de otra geometría absurda y noble, que es toda esa vida que nos falta, por vivir, o tal vez por empezar a olvidar.

Sobre el autor

Ramón Fernández-Larrea

Ramón Fernández-Larrea

Ramón Fernández Larrea nació en 1958, en Bayamo. Es poeta, periodista, guionista y humorista. Entre sus libros publicados figuran "El pasado del cielo" (Premio Nacional de Poesía en 1985), "Terneros que nunca mueren de rodillas" (1998), "Cantar del tigre ciego" (2001) y "Nunca canté en Broadway" (2005). En 2014 obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Gastón Baquero”. Es también conocido por "El programa de Ramón", que a finales de la década de los ochenta rompió récords de audiencia radial en Cuba.

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2 comentarios

  1. sandra ramos
    sandra ramos abril 19, 01:15

    Yo no escribo ni tengo la cultura que se requiere para ello, solo que me hemociono sobremanera al escuchar (porque estuve ahí) hablar tan bello de un amigo al que aprecio infinitamente ..Francisco Aleman de las Casas..lo admiro por su talento, por su humildad y por su gran corazón, es hermoso saberlo exitoso y decir con orgullo…ese es el mío!!!

  2. Elías
    Elías abril 19, 02:12

    Ese saber estar tuyo, Frank, pasar por muerto si hace falta, la capacidad de escuchar cuando conviene o la rara habilidad que tienes de negarte a hacer una crítica destructiva.
    Eso te hace, más que poeta, hombre.
    Espero se te abran en Miami los caminos de las comunicaciones. No se si quedarme contigo como poeta, como locutor, guionista, actor o como amigo. Me quedo con lo último, mijo.
    Por cierto, el poema de la jirafa del zoo que mencionan es de los poemas más aguzados que he leído en mucho tiempo.
    Que bueno tenerte aquí, en donde sabemos podrás dar todos eso que te acompaña, hermano.
    Un abrazo, vecino.

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