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La gran idea

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La gran idea
julio 01
04:54 2014

El comandante fue un hombre de ideas, pero de otros. A la vez que chiflaba y miraba un partido de tenis imaginario proyectado en el cielo raso, escuchaba atentamente las invenciones de sus colaboradores para después modificarlas, pulirlas y lanzarlas como propias. Chiflaba mal, pero todos repetían “el comandante es un genio, la isla le queda chica”. El compañero plagiado no se atrevía a protestar, y asistía desolado al remedo, la distorsión y por fin el fracaso de su iniciativa. Cuando el riesgo del ridículo era mucho, el comandante ponía la idea en boca de alguien no muy de su agrado, a quien, después del fiasco, tronaba.

Hace veintisiete años, en 2010, Marco, un profesor de estadísticas y probabilidades, dio una conferencia para esbozar la idea de la sociedad minimaximalista: mínimos esfuerzos, máximos ingresos. El comandante asistió a la charla. Marco disfrutaba triturar números para sacarle sustancias no evidentes a simple vista. También era experto en simulación —todos lo éramos, pero me refiero a una técnica de predicción donde la computadora representa en segundos lo que puede pasar en siglos—. La idea le vino cuando por azar equivocó el año para el cual quería la predicción, y en lugar de escribir 2020 escribió 2090. Como sentenció Pasteur, “en el campo de la investigación el azar no favorece más que a los espíritus preparados”.

El matemático explicó que con el tiempo la población de la isla disminuía, y el exilio y las remesas por habitante aumentaban. Las curvas, extrapoladas decenas de años, indicaban que todos alcanzarían una vida holgada sin disparar un chícharo. Envalentonado por la aprobación en las caras de su selecto auditorio, Marco se sacó los espejuelos tipo bicicleta y, mientras secaba con el pañuelo el vaho que su sudor había depositado sobre los gruesos lentes, engurruñó los ojos mirando al público. Tras una una sonrisa indecisa, terminó su charla con un puch line: “Parasitismo o muerte”.

Cuando Marco se calzó los lentes de nuevo, palideció. No dado al humor ajeno por carecer de propio, el comandante había puesto cara agria. Mientras cerraba torpe y apresuradamente su maletín, Marco sintió que se le abría involuntariamente uno de los cincuenta esfínteres de su anatomía, sin darse cuenta que había sembrado la semilla que cambiaría la vida de millones de seres humanos durante un tiempo indeterminado. A la persona que tanto temía se le había ocurrido otra de sus ideas originales. Eso le salvó, al menos por un tiempo, porque su trabajo resultaba necesario para que el pronóstico convertido en hipótesis se viera forzado a terminar en teoría. Ese mismo día el comandante se lo hizo saber en privado. “Sigue estudiando el asunto, me rindes un informe y ni una palabra de esto a nadie”. Terminó humillándolo innecesariamente: “Y cámbiate los pantalones”.

El informe, despachado en carpeta de lujo, pareció tan atractivo al comandante y en tal armonía con su naturaleza, que decidió crear una comisión secreta para apremiar el futuro, de modo que se comportara de acuerdo a las profecías de las máquinas de Marco: en 2030 habría ocho millones de almas emigradas, contando a los descendientes de varias generaciones, y las remesas ascenderían aproximadamente a 20,000 millones de dólares anuales. Con una población de apenas cinco millones de almas, de las cuales solo aprovecharían las remesasmedio millón de destinatarios, el cálculo daba 32,000 dólares al año por habitante, a repartir en forma piramidal. Varias especulaciones validaban la predicción digital. Cada vez habría más emigrados con nivel de vida ascendente. Además, el promedio de vida de los exilados aumentaba mientras el de los isleños disminuía.

Al conocer los detalles del informe, un miembro de la comisión advirtió, en una de las reuniones con el comandante, un único riesgo: “en mis múltiples viajes al norte he visto el desinterés y cansancio de los emigrados hacia la isla. Le están sacado el plug debido a tantos años de esperanzas sin resultados y a la muerte por almanaque de la familia que les queda aquí. Sus hijos se consideran americanos o lo son, y sus nietos nacieron allá. He visto que la nostalgia está cediendo a un sentimiento de contento por haber abandonado aquella m…”. No se atrevió a decir la mala palabra delante de el comandante. “Y muy pocos se ven regresando a un lugar que ‘ya no tiene arreglo’, que ‘no tiene que ver nada conmigo’ y que nunca volverá a ser lo que era…”.

El comandante, que escuchaba sentado en la cabecera de la mesa, alzó sus dos brazos todo lo alto que pudo. Por la desfiguración de su rostro se supo que no era para alabar a ningún dios. Debido a sus débiles fuerzas decidió ayudarse de la gravedad y los soltó para que bajaran velozmente hasta que sus palmas chocaran estruendosamente contra la mesa, que por una suerte de ondas invisibles hicieron saltar los grupos de carpetas de cada miembro de la comisión, que ya esperaban un derrame cerebral. En otros tiempos el comandante se hubiera retirado sin despedirse, para terror del que hubiera disparado su cólera, pero ahora solo jadeaba con ojos de loco que no sabían dónde posarse. Poco a poco la frecuencia de su respiración, que era lo único que se escuchaba en la habitación, indicó que había consumido toda la energía disponible para un encabronamiento, y con la ayuda de Susy, la intérprete de habla fragmentada, que desde hacía algunos años le acompañaba, se le pudo entender que si los judíos cada vez daban más importancia a un episodio transcurrido hacía setenta años, los cubanos no iban a ser menos. “Ya se ocuparán nuestros expertos en crear y exportar una cultura para que esto no suceda”.

Fragmento de una novela en preparación que el autor prevé aparezca el próximo año.

Se refería a una técnica a largo plazo para resolver problemas sociales. Se analizaba qué mentalidad particular debía adquirir la víctima para que aceptara, no percibiera o no le molestara un inconveniente. Consistía en un proyecto cultural para gradual y reiteradamente, por distintas vías, lograr un cambio de precepción de la realidad. Un pequeño sacrificio, choques emocionales, mensajes subliminales, mentiras, ignorancia… Los portadores eran letras de canciones, poemas, mitos, artículos, novelas, cuentos de horror, bolas, slogans, estadísticas falsas y sofismas. No había que resolver el problema, sino el rechazo a este. Los intelectuales del partido llamaban al procedimiento Protocolo Gramsci, en honor al comunista italiano que quiso cambiar las pinzas para güevos por la programación mental. En este caso particular no eran técnicas para cambiar una mentalidad política, sino para mover a la compasión y al sentimiento de culpa a los cubanos en el extranjero y sus descendientes, y eliminar los escrúpulos de que su dinero fuera a parar a un gobierno diabólico: “No se trata de ayudar a un gobierno, sino de proveer asistencia humanitaria directa a víctimas inocentes”. Ayudaba mucho el cultivo que de la caridad hacían las distintas religiones, incluyendo una nueva y poderosa que había hecho metástasis en las librerías. Sin dios, inespecífica y basada en una energía de las que todos hablaban, pero que no se podía medir en ergs, ni en joules, ni en calorías, ni en kilowatt-hora, ni siquiera en Btu. En ella se hablaba frívolamente del quantum field theory sin tener un atisbo de la altísima preparación matemática requerida para entenderla.

El Protocolo Gramsci había sido adoptado por el comandante en los años sesenta del siglo XX, y aunque lo había combinado con el uso de explosivos, le había fracasado en grande (quiso hacer el hombre nuevo y le salió el asere). Pero no lo había descartado del todo en espera paciente de los mecanismos para que funcionara. Algunas veces tuvo éxito en escala menor, pero nunca para el 100% de los ejemplares de prueba. Parece que había genes de albedrío y de gusto por esto y por lo otro que habría que esperar por la biotecnología para extirpar. La técnica se basaba en un conocimiento elemental expresado con un ejemplo: “Los cubanos detestan la música china, pero un cubano criado en China desde muy pequeño, apreciará la música china”. La conclusión era que las costumbres, gustos y necesidades de las personas son el resultado de la información que se les suministra y del sistema de valores éticos inculcados. Con información y educación se puede modelar a gusto la sociedad futura, en particular que los ciudadanos se sientan satisfechos con la ración que el gobierno buenamente les suministre. Un caso de estudio, el del niño Elián, había resultado un éxito de la sicología experimental cubana, y se repasaba con hartura para hacer generalizaciones y perfeccionar manuales. A propósito, la Ley de Ajuste Cubano esperaba pacientemente a que un día fallara accidentalmente el filtro-censura de la computadora de Elián. ¿Se imaginan?

dinerodolares El plan fue simple de idear y difícil de aplicar. Había que comportarse al revés que hasta el momento: estimular la emigración en vez de impedirla, y dar en el extranjero una imagen de miseria y abuso todavía más cruda que la realidad, para mover a la misericordia. Pero había que hacerlo con disimulo a través de agentes de influencia encubiertos de disidentes, al mismo tiempo que se negaba oficialmente, pero con menor fuerza y con “errores” fáciles de descubrir por los contrarios. Se comenzó a calificar la Ley de Ajuste Cubano de asesina, mientras se les daba a los agentes de primera clase en Estados Unidos instrucciones precisas para desprestigiar a los políticos cubanoamericanos que querían eliminarla.

Facilidad especial se dio para salir y entrar libremente del país a los llamados intelectuales, que se suponían los más aptos para ganar dinero en el extranjero, a la vez que enemigos naturales del sistema por su funesta manía de pensar. Acertaron. Casi ninguno se quedaba en el primer viaje, pero ninguno regresaba del tercero. El gobierno norteamericano ayudaba con una catarata de visados, no se sabe si con la intención malévola de apropiarse de lo que todavía brillaba en la isla.

Cayeron las barreras para viajar al extranjero y los agentes encubiertos del Departamento de Ideas y Conceptos instruían con astucia a la población sobre cómo irse del país por las más disímiles vías, y de cómo llegar a los Estados Unidos ilegalmente una vez que pudieran arribar a un tercer país. Se bajaba la guardia en las costas, pero de vez en cuando salía la noticia en las estaciones de radio y televisión de Miami, incluida Radio y TV Martí, sobre el aborto de un intento de salida ilegal de la isla. Eran noticias fabricadas expresamente para los políticos norteamericanos. “Ellos están bien informados y se guían mucho por la prensa”, decía farragosamente el comandante desde su lecho a Susy, la experta traductora, cada vez más de intenciones que de palabras, quien había llegado a la conclusión que la maldad no envejece, antes bien, florece en la decrepitud.

Se tomaron medidas secundarias como la repartición gratuita de condones chinos y la creación de casas de abortos en cada barrio. El vaso de leche diario a los menores de siete años se redujo a días pares (en eso son puntillosos, hay dos días pares menos que impares en los años no bisiestos, que son la mayoría), para que las mujeres con instinto materno decidieran no dejarse preñar. Los médicos del partido vaciaban a las mujeres por profilaxis. Había que hacer disminuir la población de la isla a toda velocidad. Los chinos quedaron como niños de teta en cuestión de control de la natalidad.

Pero no hay plan sin contratiempo. Después de poner en ejecución La Idea, al comandante se le comenzó a poner la cosa mala con la Internet, los celulares y los “paquetes” de información recopilados en minúsculas memorias flash. Los ciudadanos corrientes comenzaron a recibir noticias a granel, a informarse y a informar. Con la proliferación de las ideas enemigas surgieron por doquier conatos de desobediencia.

El sistema estaba diseñado cuidadosamente para abortar disturbios locales. Las tropas especiales tenían información, movilidad, herramientas y entrenamiento para aislar y extinguir las revueltas antes de que se extendieran más allá del foco. Ahora resultaba distinto, porque la tecnología permitía soliviantar y poner de acuerdo a decenas de miles de personas al mismo tiempo, no importaba el lugar donde se encontraran. Se temía una respuesta emocional generalizada a cualquier acción casual y desmedida del gobierno. De las acciones desmedidas no se podía prescindir, porque el aglutinante de la manada era el terror. Un gran levantamiento pudiera comenzar en toda la isla al mismo tiempo, y la bruja podía llevarse a la mierda todo aquello en un santiamén. La tecnología resultaba un antídoto para el diseño de aislar el foco.

Es verdad que el comandante podía accionar en cualquier momento un interruptor para desconectar todos los celulares excepto los propios, e igualmente terminar con el relajito ese del contacto de la isla con el extranjero. Pero no le era posible renunciar a la megalimosna, el único ingreso sustancial. La vaca Venezuela se mantenía en cuatro patas, pero cada día daba menos leche. La causa era que el petróleo requiere un trabajo complejo y delicado, que según las tesis de Marx, no se aviene a la mano de obra esclava. Legislar penas severas por la posesión de las memorias flash tendría efectos prácticos despreciables, por lo difícil de descubrir lo que se podía esconder hasta en una costura de cualquier prenda de vestir. El sistema de la isla había quedado “en tres y dos”, como se dice en el béisbol al conteo más peligroso de un bateador.

A pesar de la poca retentiva que le quedaba, el comandante pudo acordarse que él era un radical, y que todos los asuntos peliagudos de su vida los había atacado de forma morrocotuda, dejando boquiabiertos y desarmados a enemigos y amigos con sus temeridades. Algunas les habían salido bien y otras mal, pero en realidad, excepto salvarse él, poco le había interesado el resultado final. Su interés era jugar, entretenerse, divertirse a cualquier costo, de otros. Y en lo que fue su último orgasmo mental, concibió el Plan Patriótico Cayo Sal, adaptación de la idea que un amigo le habían regalado tiempo antes para aislarse del mundo y multiplicar los ingresos.

Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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3 comentarios

  1. Mandy
    Mandy julio 06, 08:10

    Te has convertido en un efectivo escritor de historias de horror. Género que detesto, pero por alguna macabra razón, lo que escribes me resulta imposible dejar de leerlo. Esto parece un fragmento de algo más largo y bajo el efecto de un masoquismo al que no soy generalmente adicto, me he quedado sediento de leer lo del Plan Patriótico Cayo Sal.

  2. Armando Añel
    Armando Añel julio 06, 11:24

    “Los intelectuales del partido llamaban al procedimiento Protocolo Gramsci, en honor al comunista italiano que quiso cambiar las pinzas para güevos por la programación mental. En este caso particular no eran técnicas para cambiar una mentalidad política, sino para mover a la compasión y al sentimiento de culpa a los cubanos en el extranjero y sus descendientes, y eliminar los escrúpulos de que su dinero fuera a parar a un gobierno diabólico: “No se trata de ayudar a un gobierno, sino de proveer asistencia humanitaria directa a víctimas inocentes”. Recomiendo a intelectuales, escritores y artistas cubanos este texto de Modesto Arocha. ¡No se lo pierdan!

  3. Manuel Gayol
    Manuel Gayol julio 10, 23:21

    Por supuesto que sí, lo recomiendo sin ninguna duda. Modesto Arocha me sorprende con el fragmento de una novela. Realmente uno se queda sediento de seguir leyéndola. Felicitaciones Kiko, Manuel

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