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La Habana entre rejas

La Habana entre rejas
julio 04
15:07 2016

 

Vivir enrejado en La Habana cuesta caro: a cuatrocientos pesos el metro. No obstante, en estos inicios del siglo XXI, cada día es mayor el número de casas que pierden sus fachadas detrás de espantosos conjuntos de rejas cuya función no se sabe a derechas si es detener a los que vienen de afuera o condenar a los de adentro. Todo aquel que allí tiene (o cree tener) algún objeto de valor, protege puertas y ventanas con un rectángulo de hierro. Es un uso casi tan extendido como el del arroz. Y fruto de expresión social al fin al cabo, muestra los matices que va trazando el cotidiano de vida en la sociedad cubana, sobre todo aquellos que dejan huella, sea para bien o para mal. En este caso es para mal.

Al punto puede afirmarse ya que la reja, el hierro forjado, como elementos de uso práctico y ornamental, han tenido tres etapas decisivas en la historia de la arquitectura nacional. La primera, a mediados del siglo XVIII, cuando irrumpe en cierres y balcones, aunque aún tímidamente, conviviendo con la madera de períodos anteriores. La segunda, en el siglo XIX, cuando su utilización es abundante y casi exclusiva, por lo que deviene vía de avance hacia una arquitectura de rasgos peculiares, genuina, superior. Y la tercera, en los albores del siglo XXI, cuando el desbarajuste de la economía, unido a la indolencia, el desatino, la torpeza, rompen el lazo con un patrimonio que durante más de doscientos años fue erigido, piedra sobre piedra, por los grandes alarifes de la Isla.

Se ha dicho bastante que el decimonónico fue un siglo de trascendencia para la configuración definitiva de La Habana. Su fisonomía adquirió entonces un carácter propio, de ciudad organizada, de espacios urbanos enriquecidos, con proporciones bien pensadas y con un esmerado refinamiento ornamental, según los principios de la época. Es el auge de un desarrollo arquitectónico que a partir de los siglos VXII y VXIII, había tomado cuerpo desde ciertos fundamentos moriscos, en simbiosis con influencias y modelos europeos que ya marcaban altas notas en la historia de la civilización. Y justamente ligada a las razones de tal esplendor está el uso de la reja, del hierro forjado o fundido, así como el de las vidrieras de colores, las puertas persianas, o el mármol de los pavimentos, entre otros caracteres que sustentan el barroquismo arquitectónico de esta ciudad.

Se trata, pues, de una historia y de un tesoro que merecen ser conservados celosamente, no sólo como referencia, humo del recuerdo, ni como usufructo obsoleto, sino como legado que palpita y que resulta amoldable a los requerimientos de las nuevas épocas. Quizá no sea de especial provecho práctico ponerse a fabricar guardacantones exactamente iguales a lo que se usaban en La Habana cuando El Morro era de palo. Ni las calles tienen ya esquinas tan estrechas, ni los vehículos llevan máscaras de acero capaces de provocar derrumbes en las paredes con apenas un roce. Sin embargo, hay otras muchas formas del enrejado tradicional que son sensibles al rehacimiento respetuoso, fiel, y cuya aplicación no debe quedar aprisionada en los límites del Centro Histórico de la Ciudad. Al contrario, hoy es aprovechable y debe ser aprovechada, bien en sus aspectos funcionales u ornamentales, casi toda la familia del metal de forja o de fundición. Desde los muy antiguos portafaroles, hasta el guardavecinos, aparecido en pleno siglo XX, con la proliferación de los balcones en los edificios populares y la consecuente necesidad de establecer linderos entre vecinos, pero sin impedir el paso del aire y lo que es aún más caro al habanero, dejando libre la visibilidad imprescindible para el ejercicio del comadreo.

De hecho, el empleo de la reja en la arquitectura nacional no permaneció jamás inamovible, atenido a las conquistas de sus días de oro. Y es fácil demostrarlo, porque quedan algunos ejemplos en pie. Basta un somero recorrido por La Habana para seguir su desarrollo a través de los años y de todos los estratos de la sociedad: desde el palacio, el templo y la residencia aristocrática, al edificio más humilde, y aun la cuartería y el solar. En todos la reja encontró su espacio, y su aplicación específicos, pero sin perder el toque de gracia con que la dotaron de antaño.

Por ello resulta tan chocante lo que ha estado sucediendo en estos inicios del milenio. Asistimos al tutiplén del enrejado. Sin embargo, nunca antes fue igual de torpe su utilización, ni más indigente el modo de asumir su herencia de siglos.

Es verdad que en las bases del problema se halla una necesidad y hasta un derecho elemental de las personas, el derecho a defender lo suyo con lo que está a su alcance. Tampoco es menos cierto que la falta de recursos económicos y el apuro ante la eventualidad no han dejado lugar para lindezas. Pero ahí no queda todo.

En La Habana se fue generalizando el enrejado de puertas y ventanas, a la buena de Dios, en un esfuerzo extremo por neutralizar a los gatos, ladrones de la peor ralea que hoy se multiplican como las lombrices y que lo mismo roban la ropa de una tendedera que fuerzan el acceso a la casa para cargar con cuanto objeto vendible les caiga en las manos. No existen estadísticas confiables. De manera que para calcular las reales dimensiones de esta peste social será más ilustrativo contar el número de rejas en las viviendas del Vedado, el Cerro, Centro Habana, Luyanó o cualquier barrio populoso, donde a la gente de modestos ingresos no le ha quedado otro remedio que soldar cuatro u ocho barras de hierro componiendo un cuadro que les permita descansar, digamos, en paz.

Realmente no se podría esperar que estos humildes habaneros, además de “inventar” los barrotes e ingeniárselas para terminar la reja, o aún peor, encima de exprimir sus bolsillos para encargarla a un herrero, a razón de cuatrocientos pesos por metro, estuvieran ideando diseños bonitos, creativos, leales a la tradición. Es como pedirle mangos al almácigo. Pero sucede que su caso constituye sólo un anillo de la serpiente y no precisamente el más feo y repulsivo.

Impuesta la práctica del enrejado como imperativo de supervivencia, uno más, muy pronto se convirtió en moda. Luego pasó a ser pretexto, medio para la ostentación de tuertos reyes en una comarca de ciegos. Y es así como hoy, mucho más que ruda previsión contra los gatos, la reja representa un signo de total descompostura.

Sin excepción, las casas que habitan en La Habana los llamados nuevos ricos, están protegidas por un doble sistema de rejas. Primero, se cubren todas las puertas, pasillos y ventanas. Después, se aísla la vivienda mediante un enrejado que abarca todos sus alrededores o al menos su parte frontal. El sistema, sumamente costoso, aunque no está compuesto más que por armazones brutas, rígidas y frías, fue concebido para cumplir tres funciones: a) impedirle el acceso a los ladrones y a cualquier otra persona ajena; b) evitar que puedan seguirse desde el exterior los movimientos comúnmente reservados de los ocupantes de la casa; c) marcar la diferencia, anunciar a ojos vistas la “opulencia” del dueño o inquilino.

Producto neto del actual panorama económico y social de la Isla, la recua de los nuevos ricos está constituida sobre todo por altos funcionarios estatales, generales, coroneles, gerentes u otros ejecutivos de corporaciones, hoteles y firmas, asociados o no al capital extranjero. En menor medida, integran también esta fauna algunos dueños de negocios particulares, además de una cifra limitada de ciudadanos que por algún motivo especial han visto aumentar sus ingresos de forma notable en los últimos tiempos. No se trata ya de personas sin recursos, que no disponen de lo requerido para abordar esta tendencia no sólo desde el derecho a la defensa de sus propiedades, sino también desde la responsabilidad moral y hasta legal que implica defender la cultura de todo un país.

Sabido es que no siempre el buen gusto acompaña a la pompa. Y menos cuando ésta es obra de un alumbramiento bastardo. Nadie se proyecta más pobremente que un pobre con plata. Por eso resultaría peligroso exigirles sin más a los llamados nuevos ricos que guarden el debido respeto ante la tradición. Capaz que les diera por retorcer sus múltiples hierros para sofocar el paisaje con cientos, miles de pavos reales, rosetones, liras, vasos romanos, letras y arabescos. Sería peor el remedio que la enfermedad.

Entonces, ¿qué hacer? ¿De qué modo enfrentar esta plaga de mal gusto, otra más?

Supongo que del mismo modo en que se enfrentaron siempre, aunque lamentablemente las circunstancias de hoy no lo propicien. Contra la ignorancia, el desenfreno, la miseria material y espiritual, el caos, sólo es eficaz oponer la instrucción, el orden, la justicia, el trabajo, el respeto al derecho de las personas y la obligación de que todas cumplan sus deberes, sin humillantes exclusiones.

Lo demás es selva, como dijo el poeta.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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