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La Iglesia en manos de Francisco

La Iglesia en manos de Francisco

La Iglesia en manos de Francisco
noviembre 09
17:16 2013

El papa Francisco va a revolucionar al catolicismo. Ya está en eso. La encuesta ordenada desde el Vaticano para averiguar qué es lo que creen los seglares sobre algunos temas sociales –el matrimonio gay y la adopción, los anticonceptivos, el divorcio y la comunión, las uniones de hecho, y así hasta 39 cuestiones—es una jugada maestra para desarmar al ala conservadora de la jerarquía eclesiástica enquistada en la estructura de la Iglesia.

Durante siglos, Roma se ha servido de las autoridades y de la palabra de los papas y dignidades de la Iglesia para dictar e imponer las normas morales. La institución sospechaba de la capacidad de los simples creyentes para establecer juicios de orden ético, al extremo de prohibir durante siglos la lectura de la Biblia sin autorización del cura o el obispo. Ahora, Francisco va a preguntarles su opinión a los católicos de a pie, probablemente para fortalecer sus propias opiniones, y acaso para demostrar que la Iglesia son todos, fundidos en lo que los católicos llaman el “cuerpo místico de Cristo”. Jesús es la cabeza. El resto son todos los cristianos bautizados.

“¿A dónde va a llegar la revolución de Bergoglio en el Vaticano? Probablemente, muy lejos. Estos procesos de cambio se sabe cuándo y cómo comienzan, pero no cuándo y cómo terminan. La iglesia católica tiene que discutir muchos temas pendientes. Uno de ellos es el papel de la mujer dentro de la Institución”. Carlos Alberto Montaner

Jorge Mario Bergoglio, un monarca electo dotado con enormes poderes, podía haberse aprovechado de la condición de infalibilidad que le atribuyen a los papas desde el Concilio Vaticano I de 1870, pero no ha querido hablar ex cathedra, proclamar nuevos dogmas e imponer su voluntad. Su estilo no es ése. Por sus declaraciones (“quién soy yo para juzgar…”), y por su rechazo al boato y a los lujos, demuestra una humildad natural que ha cautivado a creyentes y no creyentes. Es un papa rompedor, pero, al mismo tiempo, parece ser un constructor de consensos.

Su carácter revolucionario no quiere decir, por supuesto, que es uno de esos religiosos conquistados por la visión marxista de la Teología de la Liberación o por la deriva chavista de este disparate ideológico. Es demasiado listo para caer en ese burdo error. Probablemente, su larga experiencia dentro del populismo peronista lo ha vacunado contra esta fatal manera de afrontar las tareas de gobierno y de entender las relaciones entre el Estado y la sociedad.

Fue todo un síntoma que se atreviera a recibir en privado al líder opositor venezolano Henrique Capriles, encuentro que casi todos los gobernantes latinoamericanos han declinado cobardemente, y que en un acto anterior hiciera colocar estratégica y públicamente a Berta Soler, una cubana “dama de blanco” de la oposición democrática para darle su bendición, mensaje que no debería pasar inadvertido al sector pusilánime de la jerarquía religiosa cubana.

¿A dónde va a llegar la revolución de Bergoglio en el Vaticano? Probablemente, muy lejos. Estos procesos de cambio se sabe cuándo y cómo comienzan, pero no cuándo y cómo terminan. La iglesia católica tiene que discutir muchos temas pendientes. Uno de ellos es el papel de la mujer dentro de la Institución.

La Iglesia hereda la vieja tradición misógina del Medio Oriente, donde la mujer vivía segregada y en un segundo plano, pero no hay nada en el cristianismo que realmente impida que puedan ser ordenadas sacerdotes, ascender a obispos, cardenales y, si se tercia, a papisas. ¿Por qué no? Si algo hizo crecer al cristianismo dentro del mundo romano fue, precisamente, su carácter inclusivo y universal. Allí cabían todos: hombres, mujeres, esclavos, libertos, niños, ancianos, blancos y negros. “Católico” quiere decir universal.

Otro tema que sacude a la Iglesia es el del celibato. ¿Por qué a un Dios misericordioso que quiere a su grey le va a complacer que los sacerdotes se priven de amar carnal y humanamente? ¿No se casaron los curas durante el primer milenio de la Iglesia? ¿Acaso “crecer y multiplicarse” no es la conducta normal de la especie? ¿No entenderían mucho mejor los problemas de las parejas y de las familias quienes tienen esa experiencia? ¿No habría menos casos de pederastia entre los religiosos si tuvieran acceso legítimo a personas del sexo opuesto?

Hace siglos, otros cristianos, con Lutero a la cabeza, un fraile agustino, emprendieron una profunda reforma religiosa. Estas son buenas preguntas para un próximo cuestionario. Pero la indagación clave acaso sea ésta: ¿le ha llegado la hora al catolicismo?

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Carlos Alberto Montaner

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