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La infección del fidelismo

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La infección del fidelismo

La infección del fidelismo
enero 22
11:41 2017

 

Es para sonreír el último dictado que lanzó Fidel Castro, prohibiendo el uso de su nombre en lugares o programas o anuncios públicos, con el supuesto objetivo de evitar el culto a la personalidad. La única manera de hacer un bien es hacerlo a tiempo, ha dicho el dicho. Y como en este caso el mal está hecho desde hace rato, el bien no sólo llega tarde sino que no es más que otro mal, disfrazado con mañosas pretensiones históricas. Por si fuera poco, resulta además gratuito, pues todo el mundo sabe que el culto ya existía desde antes de su muerte, que fue engendrado por él mismo, y que constituye su peor legado.

En realidad, que ahora estuvieran utilizando hasta en la sopa el nombre del dictador, no sería tan pernicioso como el hecho de que insistan en perseverar a la fuerza (e incluso en seguir propagando hacia el exterior) esa infección inexplicablemente contagiosa que es el fidelismo, más dañina aún que el propio Fidel Castro.

Puede parecer una exageración, pero me temo que muy pocos cubanos –vivamos donde vivamos- estaríamos en condiciones de asegurar inequívocamente que logramos mantenernos impermeables ante el arrollador legado fidelista. Es una tragedia que pende, como espada de Damocles, sobre el presente de la historia nacional, y que entenebrece de algún modo el futuro. Tanto más cuanto menos resueltos nos mostremos a encararla sin complejos ni vano pudor.

Desde luego que en este caso los efectos de la infección fidelista exceden las fronteras de la política. Pero no por ello resultan menos graves. Son de carácter epistemológico, pues se relacionan con nuestra manera de percibir la realidad y con la forma en que actuamos partiendo de esa percepción equivocada.

El enfado, o pesar, o rencor como reacciones ante el bien del prójimo, muy particularmente cuando éste no comparte nuestros estilos de pensamiento y de vida. La incapacidad, unida a la total falta de condescendencia para valorar las razones del otro. El recurso de asumir la competencia no mediante el análisis y la superación de los defectos propios, sino intentando desacreditar al competidor, sin reparar en miserias ni falsedades. La acción abusiva ante el más débil, en proporción con la taimada y ladina actitud de víctima ante el fuerte.

He aquí algunas, sólo muy pocas de las características que pesan sobre la intercomunicación entre los cubanos de hoy, vivamos donde vivamos, insisto, aunque siempre de acuerdo con los estratos y los sitios en que actuamos, y siempre identificables entre los rasgos de nueva incorporación a nuestra identidad.

Son los patógenos del fidelismo. Los más, fruto de la influencia directa del dictador o del sistema que él engendró. Los menos, de la influencia por vía indirecta. Anticuerpos que desarrollamos para sobrevivir a merced o a pesar de Fidel Castro.

La procacidad como supuesta manera de hablar claro. La ofensa a ultranza en tanto alarde de falsa valentía, sobre todo cuando se está amparado por algún poder o por la distancia. El talante de fullero, jactancioso, arribista, postalita, trepador, soberbio y déspota como patrones de conducta para conquistar el éxito.

Hablo de generalidades. De modo que nadie debe sentirse ofendido si no se reconoce dentro del prototipo. Lo excepcional no niega sino complementa la regla.

El cubano no es un pueblo político, por fortuna nunca lo fue, pero hoy estamos gravemente ideologizados, en el sentido más pernicioso, es decir, idiotizados por la ideología. Y es sobre tal idiotez que se yergue esa impresentable facha de agresivos.

La carencia de ánimos para reafirmar y defender nuestro ser individual, mediante esa noción manipuladora de que resulta egoísta pensar en uno mismo. La falta de opiniones propias y el excesivo temor para defenderlas cuando las tenemos. La solidaridad como demagogia o como picaresca sin auténticas sustentaciones éticas. La desestimación de la familia en tanto tradición y fundamento. La pasmosa apatía con que nos resignamos durante tanto tiempo a vivir sin libertades. Es el castigo que nos hemos ganando, unos más y otros menos, pero todos en definitiva, por permitir la propagación de la epidemia.

Desde los tiempos de la esclavitud, no conocimos los cubanos otra infección peor, por los estragos que causa en el progreso material, en la moral y en el espíritu. La diferencia, si acaso, radica en que los esclavos de siglos anteriores no aceptaron nunca resignadamente su destino, ni exhibieron sus llagas como virtudes.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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