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La invasión de lo feo

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La invasión de lo feo

La invasión de lo feo
febrero 04
17:26 2017

 

Es difícil encontrar a un cubano que no conozca la canción Lo Feo. No importa la edad. Casi todos recordamos y podemos tararear fácilmente aquello de “A las cosas que son feas ponles un poco de amor”. No es la única obra con la que Teresita Fernández fue capaz de unirnos en una preferencia común, por encima de barreras generacionales y de otros manidos tópicos. No es poco decir. Pero si acaso lo fuera, añadiríamos que sin proponérselo y hasta quizá sin darse cuenta, con esta piececilla –dicen que infantil– la autora consiguió también crear un antídoto, tan discreto como trascendente, contra la influencia fidelista.

Porque no es menester un repaso de memoria demasiado agudo para darse cuenta de que en la naturaleza de la actual dictadura cubana (tal vez en la de todas las dictaduras, al menos todas las de corte totalitario) se asienta lo feo no como un mero accidente, sino como razón de ser: fundamento, sostén y guía.

En los primeros tiempos esa condición se hizo evidente sobre todo en las cosas materiales. Los llamados revolucionarios empezaron por descalificar todo lo elegante, bonito, lujoso, o fino, con el argumento de que eran rezagos del pasado burgués. Lo feo, lo chambón, tanto en el vestir como en cualquier otra forma de expresión de la cultura ciudadana, se puso pronto de moda, a partir del modelo bronco y desaliñado de los líderes guerrilleros, los cuales, paradójicamente, impartían su mísero patrón a la vez que hacían uso exclusivo de las fastuosas residencias y de todo lo bonito que le habían quitado a los burgueses.

Alguien podría alegar que en aquellos inicios el fenómeno no fue sino resultado de actitudes revanchistas o irreverentes por parte de los líderes revolucionarios. De cualquier modo, la realidad histórica demostraría enseguida que lo feo estaba destinado a convertirse en la base de su estrategia de dominio.

“La belleza es un apoyo en la vida, te protege, te resguarda. Cuando la belleza falta durante mucho tiempo, la gente se vuelve agresiva y surge el embrutecimiento”. Son palabras justas como mecanismo de relojería. Con ellas nos alumbra, mediante uno de sus libros, la Premio Nobel de Literatura Herta Müller, quien conoció muy bien la dinámica de tales asuntos porque, al igual que nosotros, los sufrió en carne propia, durante la dictadura de Ceaucescu, en Rumania.

Fue así como lo irrespetuoso, grosero, violento, o la intolerancia más cavernícola, pasaron del discurso y la consigna política al habla común y a la conducta de los cubanos. Fue a partir de esa mala semilla que se destruyeron (o se condenaron al aniquilamiento por abandono) edificios, parques, monumentos del arte, establecimientos públicos… Y así mismo se construyeron otros después (la obra de la revolución) siempre signados por su inconfundible fealdad.

En su libro Mi patria era una semilla de manzana, la Müller ha escrito que Ceaucescu y su régimen se valían de lo feo para imponer la pobreza entre los rumanos. Sospecho que Fidel Castro, afincado en tal principio, que es el de todos los tiranos, se propuso llegar aún más lejos. Quiso borrar de raíz lo inspirador de nuestras costumbres y nuestro patrimonio cultural, para que no sólo nos sintiéramos indefensos, humillados, vencidos, sino para que además asumiéramos nuestra indefensión como una cualidad permanente. En una palabra, para que trasladáramos lo feo del entorno a nuestro paisaje interior. Nada puede parecer anormal donde todo lo es. Tales son los fundamentos de la estrategia.

Fue así como luego de haber invadido las calles, los barrios, las ciudades, los pueblos y los campos de Cuba, lo feo y lo mediocre se instalaron en la conciencia y, mediante ella, empezaron a determinar nuestros gustos, tendencias, aspiraciones, vocaciones, elecciones y proyecciones en todas las materias.

Suele decirse que el miedo nos ha condenado a soportar mansamente la abusadora dictadura castrista. Algo de verdad habrá en la afirmación. Pero me parece erróneo señalar al miedo como única causa. Así como ignorar que entre las otras más notables alinea nuestra adaptación a vivir bajo el imperio de lo feo.

Sembrar violetas en una palangana vieja, como diría Teresita Fernández, se ha convertido en la única alternativa de quienes aspiramos a salvarnos de la fealdad imperante. Y no está mal. Pero me temo que sea una muy pobre alternativa.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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1 comentario

  1. El Mano
    El Mano febrero 06, 00:46

    José Hugo Fernández escribe muy bien, para no decir que lo hace como un dios que sabe palabra por palabra lo que hay que decir. Su artículo es revelador y a mí me sirve para darme cuenta de que “lo feo” uno de los malsanos proyectos que enrumbó el castrismo contra todos los cubanos. Lo feo y lo vulgar cuando entran en la conciencia de la gente destruyen el espíritu de vivir en libertad. La belleza es totalmente opuesta al castrismo. Hay que luchar por lo bello en este mundo. Gracias por este artículo. Y gracias por el comentario anterior al mío, que es muy bueno.

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