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La invención de Morel o la inversión de la realidad

La invención de Morel o la inversión de la realidad

febrero 08
14:55 2011

La__INVENCION_DE_MORELEn 1940, el argentino Adolfo Bioy Casares (1914 -1999) publica La invención de Morel, un libro clave en la narrativa fantástica de la literatura hispanoamericana.

En esta novela se devela un tránsito de lo real objetivo a lo real imaginario. Al final, la realidad no es otra cosa que una sorprendente dimensión fantástica de las vivencias concretas que un grupo de personas ha tenido en una isla.

Es la aparición en el mundo material de las imágenes grabadas por una máquina que inventó un señor llamado Morel. Este aparato, al reproducir las imágenes, hacía sentir asimismo los olores, los sonidos, el tacto y los sabores de lo fotografiado. La máquina de Morel recibía la energía del mar, por lo que reflejaba las imágenes del grupo de personas que habían vivido en la isla con la perpetuidad de la marea.

En el argumento, el narrador es un hombre que huye de la policía y logra llegar a esta isla, de la cual ya sabía —debido a la información que le dio un vendedor de alfombras de Calcuta— que hubo de ser habitada por un buen número de personas que desaparecieron en 1925. En su exploración, el protagonista encuentra las instalaciones y a las personas que, supuestamente, habían desaparecido. Pero es entonces cuando descubre una asombrosa realidad: él era invisible para aquella gente. Los observa y en breve tiempo se enamora de una bella mujer de nombre Faustina.

No obstante, de hecho, su amor no podía ser correspondido, puesto que se había llevado a cabo una inversión de la realidad. Nadie veía ni sentía su presencia. Él, para ellos, era ficticio, y las gentes de la isla venían a ser las imágenes reales de un tiempo pasado que aquellos hombres y mujeres habían repetido mediante escenas de gestos, palabras y acciones.

Un día, encuentra la máquina inventada por Morel en el sótano de un museo, y se da cuenta de que su única posibilidad para obtener el amor de Faustina está en fotografiarse al lado de ella y que su imagen entre a formar parte de aquel mundo imaginario. Así, también tendrá la oportunidad de inmortalizarse.

Al hacerlo, recurre a la mímesis para aprender las acciones de aquellos personajes y, superponiéndose a lo que ya estaba grabado anteriormente, se deja fotografiar por la máquina. De esta manera se convierte en un nuevo actor que consigue, con sincronía, introducirse en la escena. Pero enseguida siente que ha comenzado a morirse, y es entonces que sabe que lo espera el otro lado de la realidad, donde ha de suponer que se encuentra el amor y la vida eterna.

De modo que en La invención de Morel la inversión de lo real por lo fantástico nos puede decir que el sentido de la vida no acaba con la muerte. El ser humano, en su corporeidad, también cuenta con la imaginación para una trascendencia mítica o metafísica. Gracias a la memoria, el hombre puede recuperar la esencialidad de su pasado, y por la imaginación es capaz, incluso, de proyectar una deseada dimensión futura. La verdadera realidad, compuesta por lo material y lo espiritual, por lo objetivo y subjetivo, resulta ser infinita en tanto es un viaje que va de lo humano a lo trascendente. Lo fantástico —en este caso digamos asimismo lo imaginario— es un plano de la trascendencia.

Para el artista, la trascendencia es entrar en lo desconocido. En este caso, es el alquimista mediante la palabra; la transmutación de un presente conocido en algo mucho más esencial y sublime: ir hacia lo prodigioso; lo que para un místico significa viajar hacia Dios y fundirse con la luz divina. La vida puede ser entonces un viaje de transmutación que termine en lo inverso o lo que podría denominarse también como “lo ausente” de este mundo concreto. Para el escritor, el poeta y/o el narrador, el encuentro con ese “estar ausente” es la magia de la palabra.

Naturalmente que La invención de Morel tiene un sinnúmero de lecturas, y entre ellas he escogido este tema que propongo como de “realidad inversa”. El mismo Jorge Luis Borges ha dicho de esta novela que en ella Bioy Casares “creó una odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o el símbolo, y plenamente los descifra mediante un postulado fantástico, pero no sobrenatural”. En efecto, es una novela alucinante, en la que lo sobrenatural no existe porque lo fantástico deviene realidad. La fantasía o dimensión imaginaria es aquello que siempre ha estado ausente de nuestro entorno de coordenadas muy concretas, y que sólo se logra alcanzar si ponemos a funcionar nuestra imaginación. Lo ausente es así lo imaginario que hacemos presente en el proceso de los sueños, tanto cuando imaginamos despiertos como dormidos. Es nuestro proceso de invención, de creatividad imaginaria. De aquí que esta novela sea una metáfora; o mejor, una alegoría de la alucinación o el símbolo.

Lo que significamos como realismo en la literatura universal se ha dedicado a reproducir —sin poder eludir, por supuesto, su carácter de hecho ficcional— las vivencias existencialmente objetivas del hombre. Sin embargo, la irrupción de lo fantástico, fundamentalmente en la narrativa, propició una ampliación enorme en los campos de la filosofía y la psicología (con independencia de las diversas y numerosas corrientes posmodernistas), incluso la ciencia-ficción hoy en día está convirtiéndose lenta pero firmemente en el contexto natural, cotidiano, del ser humano. Por lo que es de suponer que en la actualidad la ciencia esté considerando cada vez más como insoslayables temas de investigación las invenciones de la realidad imaginativa —que en su momento fueron ilusiones o cosas increíbles de realizar— y que parten de las historias de ficción.

El desarrollo de la computación y los fenómenos —consumados ya— de la holografía y la realidad virtual lo atestiguan. Fue Julio Verne el que imaginó el primer viaje a la Luna y el primer submarino atómico, entre tantas cosas más; inventos que antes de su tiempo eran increíbles. No obstante, ahora forman parte del acervo cotidiano del hombre.

Por esta razón, y para concluir, nos preguntamos: ¿se podría entonces descreer de La invención de Morel? ¿No será Adolfo Bioy Casares, en lo imaginario, un precursor de la materialización que constituye ese hecho, citado ya, de la holografía y la realidad virtual?

Adolfo Bioy Casares. En su narrativa, además de lo fantástico, encontramos el sentido de la existencia humana a través de las relaciones afectivas. Entre las numerosas distinciones de este portentoso escritor destaca el Premio Cervantes recibido en 1990. Escribió obras en estupenda colaboración con Jorge Luis Borges, bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq. Algunos libros suyos son: Seis problemas para don Isidro Parodi, El gran Serafín, Diario de la guerra de los cerdos, Historias de amor, El héroe de todas las mujeres y Antología de la literatura fantástica.

 

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Sobre el autor

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías

Manuel Gayol Mecías, escritor, investigador literario y periodista cubano, ganó el Premio Nacional de Cuento del Concurso Luis Felipe Rodríguez de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1992, y en el año 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Ha publicado, entre otros libros, “Retablo de la fábula” (poesía), “Valoración múltiple sobre Andrés Bello” (investigación), “El jaguar es un sueño de ámbar” (cuentos), “Marja y el ojo del Hacedor” (novela) y “La noche del Gran Godo” (cuentos). Reside en California.

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