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La isla de quienes hablan con las manos

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La isla de quienes hablan con las manos

La isla de quienes hablan con las manos
Septiembre 11
20:48 2016

 

Si observamos la gestualidad de un cubano cuando conversa por teléfono, no hace falta oír para enterarnos de lo que está diciendo y hasta quizá de aquello que le responden desde el otro lado de la línea. Se ha dicho que los cubanos hablamos a través de metáforas, pero en todo caso, para entendernos, ningún lenguaje nos resulta tan elocuente y expedito como el manoteo. Nada nos hermana con más expreso criollismo, por encima de cualquier diferencia cultural.

Los distintos estilos de natación en seco que despliegan al caminar el guapo de barrio y la loca de carroza, o el barrigón potentado y la sandunguera de short y chancletas, constituyen prueba irrebatible de que son harina del mismo costal. Pero igualmente los muestra como piezas únicas de nuestra diversidad identificativa. Antes de confesar con quién andamos para que nos dictaminen quiénes somos, nos basta y sobra con mostrar nuestros ademanes. Aun sobre los más etéreos compatriotas habría que decir como Galileo: y sin embargo, se mueven.

Nos guste o no, en el ajiaco que somos la gesticulación aporta la sal, que es el sabor de los sabores. Y parece que siempre fue así. Lo cual no se echaría a ver tan lamentablemente si la gracia de nuestros ademanes no se mostrase hoy atrofiada por el paso del totalitarismo fidelista, ese cilindro con más de 50 ruedas.

Porque hasta en los meros gestos nos ha dejado la dictadura revolucionaria esa impronta de mediocridad, prosopopeya y falsía que es su etiqueta de fábrica.

Los reporteros del noticiero de la televisión, todos, mueven las manitas mientras recitan sus informes, como cuando eran pioneros y les tocaba declamar en el matutino del viernes aquellos versos del tipo Cultivo una rosa blanca… Los intelectuales dibujan comillas en el aire con los dedos corazón e índice de ambas manos para subrayar cuán suspicaces se han vuelto. Y los filósofos perfeccionadores del socialismo ya no enarbolan emocionados la izquierda de Stalin, pero como tampoco pueden mantener las manos en reposo, hacen mudras. Los analistas de la Mesa Redonda desgajan constantes y caóticas pausas en sus parlamentos. Es como si padecieran una especie de tartamudez institucional, cuyo síntoma, a ojos vista, es lo mucho que les cuesta hilvanar una oración fluida. Baches del cerebelo, esos silencios son en Cuba una mueca oficialista. Si alguien quiere reírse no necesita más que tomarles una foto en fijo durante alguno de tales baches. Se ven como clones fallidos de Buster Keaton, en lo concerniente, sobre todo, a su famoso apelativo: “Cara de piedra”.

Los dirigentes de distintos niveles agitan la diestra hacia arriba y abajo, con el puño cerrado a la altura del pecho. El ademán podría ser tomado como obsceno, toda vez que sugiere una suerte de rabiosa masturbación, pero en definitiva no es sino una muletilla gestual que estos señores se han agenciado con la ingenua esperanza de insuflarle bríos y resolución y credibilidad a sus siempre dudosos datos y a su incapacidad para ofrecer respuestas con real rigor.

El puñetazo sobre la mesa con que enfatizan sus conclusiones o decisiones más tajantes los primeros números del cacicazgo, representa un vehículo del miedo, aunque de poca monta si lo comparamos con aquel dedo índice (que era como un torpedo) con que el máximo cacique solía propinar sus tiros de gracia. No obstante, sigue siendo más ameno verlos gesticular que escuchar sus discursos.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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