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La leyenda del trompetista

La leyenda del trompetista

La leyenda del trompetista
marzo 22
22:42 2014

Aquella tarde, cuando mi hermano y tú me llevaron a conocer al trompetista de la orquesta Sabor y Ritmo, yo imaginé encontrar a un calvo barrigón con aires de músico retirado. Hablo de esos que eran allá en la otra tierra mientras aquí en los Estados Unidos mecaniquean carros viejos. Me refiero al que trabaja ahora en construcción o en factoría.  ¡Nagüe! ¡Coño!… que pincha en cualquier otra cosa menos lo que dice antes fue. ¿Tú me entiendes?

Por eso cuando tocó su instrumento me sonó desafinado, como quien juega con su trompeta de artista retirado pero sin ritmo ni melodía. Confieso que no me impresionó en lo más mínimo. Es como la vida. A veces nos confunde y en muchas ocasiones nos hace creer lo que es y también lo que no.  Para ser sincero, me recordaba más a un bolitero en ascenso –de los que venden lotería clandestina– que a un fundador de la orquesta profesional más antigua de allá por Guantánamo.

Luego del cruce de presentaciones, aquel hombre alto y moreno nos ofreció desde vino hasta coñac pasando por la cerveza que abundaba en los refrigeradores que se encontraban por todos lados, incluyendo el patio que daba a la piscina como queriendo, ostentar todo el poder y la riqueza que un pobre cubanito acabado de llegar no había jamás visto de cerca.

―No se limite profesor. Aquí no se carece de nada.

Me habló con un cierto orgullo derrochador, de alguien que parecía ganar plata fácil. Le agradecí sus atenciones y aún con los hábitos del recién estrenado en esta tierra tomé en mis manos una cerveza Heineken. Mis acompañantes, incluyéndote a ti, me siguieron mientras el viejo músico ordenaba a su esposa prepararnos unas masitas de puerco frito que eran, según él, “un toque de bienvenida a todos sus paisanos”.

Luego la conversación se animó. La cosa giró acerca de cómo adaptarse en este mundo extraño.  Y así mismo tú, “el mexicano”, nos contaste también cómo al tipo lo perseguía una maldición según te habían relatado unos conocidos del músico, quienes después te chismosearon también cómo le iba de maravillas por acá mientras allá por la isla se salvó por un pelo. No le aplicaron el paredón de fusilamiento pero lo expusieron al  peor de los vituperios,  muy comunes por los sesenta: la condenación en una plaza pública frente al pueblo adoctrinado que lanzaba cualquier tipo de ofensas.  Bueno, eso al menos se decía.

Me hubiera gustado también averiguar mejor cuáles fueron esas pruebas  de la vida que dijo haber vencido el trompetista según se comentaba. Ahora, para ser franco, preferiría su propio testimonio y no especulaciones de intermediarios. De ahí que me animara a escuchar cuando nos contó todo aquel otro día:

―Aquí la única que conoce mi secreto es ella –dijo apuntando a la mujer, que sonriente nos observaba. No pude descifrar en aquel momento si  la esposa mostró algo de malicia sutil porque todos oídos me aprestaba a escuchar su relato.

De pronto escuché un toque algo desafinado. Eso al menos pareció cuando los ritmos de “La carriola de Pocholo”, un antiguo son de la única orquesta charanga de mi pueblo, resonó en el patio desarreglado y abundante en sobras de viejas parrandas. Junto a las pilas de botellas vacías se pudo percibir lo que fue una tonada popular, probablemente la única que yo recuerdo de alguna agrupación de Guantánamo.

―¿La conocen? ―nos preguntó como con algo de morriña.

Luego se fue adentro de la casa y buscó otra trompeta. Era la original, la que trajo de Cuba y repitió con ella acordes que salían de la vieja grabación que trataba de recordar. Esa misma tarde, como un  recién llegado de Cuba, mi hermano y tú,  “mexicano”,  participamos de una especie de renacer de quien fuera uno de los maestros de La Sabor y Ritmo, la reina de las sonoras del Guaso.  Luego acarició  nuevamente el instrumento y noté que algo extraño se asomó a su rostro como si su vida, sus alegrías y también muchos de sus propios sufrimientos se resumieran en aquel acto.

Quería pedirle que nos contara qué de especial podía tener ese instrumento que le había servido para ganarse la vida.  Por otro lado, ya la trompeta comenzó a sonarme diferente. De pronto las notas musicales adornaban su patio como salidas de un profesional verdadero y no como la primera vez que la escuché, temprano en la visita: desafinada y chillona.

¿Te imaginas nagüe? ¿Cómo rayos es posible que entre la polvareda y esas casas pequeñas de arquitectura repetida y sin personalidad, un hombre con misterios a cuestas tocara esa trompeta tan apasionadamente? El contraste se engrandecía porque esas edificaciones se veían más feas que las construcciones de bloque y techo de concreto que llenaron mi pueblo por décadas.  Me refiero a aquellas que todos criticábamos como una ofensa contra el eclecticismo y la estética colonial. Pero este músico que fue,  se va a la puerta un momento con parsimonia, entra a su despacho con muebles de cuero fino  y toma un envoltorio.

La música paró.  Sentimos entonces el silencio burdo que bordea el Freeway 5.   A sólo bloques se encuentra la marqueta siempre atestada de cholos y rubios con olor a baños sin usar. El contraste de la melodía abandonada con los escándalos provenientes de esa zona cercana me aterró un poco. Pero mi hermano y tú que nos acompañabas seguíamos curioseando los manjares, el patio gigante lleno de aguacates y frutas que bordean la piscina. ¡Al carajo con los chinos que lo compran todo mientras otros pierden lo suyo! Estos pandilleros no son más bravos que los negros guapos de mi pueblo, me decía como olvidando el peligro. ¡Viva la Pepa!, pensé degustando mis cervezas y mis bocadillos, que antes fueran lujo para mí.

―¿De dónde sacará tanta plata el tipo este?

Nadie contestó a mi curiosidad impertinente.  El trompetista regresó para demostrarnos por qué las cosas no habían sido del todo malas con él.  Compró sus propiedades y  transformó su hogar en un lugar cómodo adonde se daba la mejor vida que podía.  Jamás olvidó la música pero su nueva existencia lo forzó al trabajo manual.  Nadie le creyó sus historias porque no había por aquella época muchos grupos de salsa en Los Ángeles. Entonces, el tipo corta la charla y se transforma de repente, para actuar como muchos antiguos presidiarios que siguen el  adagio de que  “en boca callada no entran moscas.” ¿Te acuerdas? Tú estuviste allí conmigo.

El tipo provenía de bandas y grupos cubanos. Venía a ser como una versión de todos los norteños que se mudaron acá con sus ritmos que no tienen que ver nada con los míos, te dije mexicano. Digo, los de mi islita, o lo que antes fue Oriente o Matanzas.  También,  los sonidos que mucho más atrás en el tiempo alborotaron alguna vez al Gato Tuerto o el Alí Bar por La Habana de conjuntos y feelings que no le envidian nada a los mejores Jazz Clubs de New Orleáns.  Santiago o Guantánamo disfrutaron  también de ese desfile de lugares y también cacho e cabrones quisieron explotar el desfile de guarachas y chambelonas.  Porque allá bailar era o es todavía un arte, yo diría incluso más que para los brasileños. La variedad de ritmos los supera de a grande y no te burles.

Por cierto, recordar es como volver a vivir. ¿Eso dice el refrán? ¿No? Ahora que mi hermano se fue a Florida y te heredé como amigo, te vuelvo a lo mismo. El tipo tocaba su trompeta como se hace con un cha cha chá. Los cubanos somos buenos para eso. Sí, no me jodas.  ¿Y el mambo? ¿Y qué, Pérez Prado no era cubano?  ¿Y los boleros y los danzones? Brotaban en cada calle y se tocaban en las esquinas y en los grandes cabarés.  Pero no se crecían los ritmos y la música por el lujo ni el tamaño sino por la originalidad de sus cantantes y el virtuoso toque de sus músicos que invadieron el espacio del oído, de la radio, de nosotros y que se materializaba hasta en el club de Los Tres Leones a orillas del río Guaso por Santa María del Guantánamo ocupado los fines de semana por los marines ansiosos de baile, ron y otras cosas. Sí, el mismo cabaret que se volvió luego el club de mucha gente sin títulos ni familias, pero más destruido hasta el punto de caerse a pedazos hasta que lo renombraron Bayatiquirí. Yo creo que el trompetista ya estaba preso o se había exiliado. Lo secuestraron de lo que le gustaba y no vino a ser hasta ahora  que volvió a su trompeta, me enteré por la hija, especialmente los días que la luna se roba el cielo. Entonces tal vez suena igual que antes.

Oye mexicano, no jodas más. No soy chovinista ni un carajo. El tipo me recuerda los buenos tiempos de mi Cuba. Por favor, no me vengas que mejor es una buena ranchera ni un tango ni una cumbia, ya sé que se bailan también y cada instrumento te roba el tiempo y el corazón, sí, ya sé, depende. Pero lo del trompetista es diferente. Suena como si llorara con esos ritmos que parecen efugios de la película Los Reyes del Mambo. Me recuerda las melodías que salen de aquellos conjuntos y orquestas que disfrutaron tantos como él antes de volverse emigrantes y moverse valle adentro por recodos que asemejan la costa del Oriente adonde el mar, las tunas y las rocas de la costa se mueren de sed. A veces, entre e tonada y tonada, apuesto a que la memoria se le retrae por la melancólica armonía de su trompeta. No importa que lluevan tiros ni que el muchacho de la esquina arremeta contra un árbol con el cuerpo superhigh de drogas y que en la yarda de al lado se maten dos chicos por un freefighting en que se apuestan cinco dólares. Su música no es de conciertos ni te hablo de Mozart sino de lo mismo que ponía a bailar a miles y que ahora llaman Salsa pero que nosotros, todos, conocíamos por Casino y sabes qué, me da como deseos de bailar.

Pero me pregunto si  la tristeza significa que perdió completamente la esperanza. A veces lo visitamos ya sin mi hermano y suena amargado cuando agarra la trompeta que silba y llora como la especie de bolero que pretende ser y en el peor caso suena canción de trova vieja. Pero otras veces entre  estas colinas y montañas sin árboles  las tonadas se mueven influidas por la fuerza de los frentes que suenan como ecos de un órgano multifónico, como para suavizar el calor y el frío insoportables.

La gente cambia, amigo, y lo digo por experiencia. ¡Qué difícil es volver a empezar! El que fuera virtuoso, ahora limpia cacas. Se convirtió en jefe de mantenimiento en una fabriquilla mientras se fue muriendo la poca alegría que cargó de su país para transformarse en evocación de lo que fue y no pudo más.

Aquella primera impresión, repito, ha cambiado.  Cuando toca aquel instrumento tan virtuosamente la cosa se pone diferente. ¿Has notado que cuando lo animamos actúa como si fuera  día de fiesta?  ¡Coño, qué cambio nagüe! Y  la cosa es que sus ritmos son tan fuertes que compiten con los vientos que nadie sabe por qué siempre han de ser de Santa Ana cuando esos vienen casi de cincuenta millas, de allá por Orange County donde Los Ángeles apenas termina.

Yo no supe qué contestar. De donde vengo hay muchas contradicciones y la gente tiende a exagerar aunque seguro habría mucho de verdad en su historia. ¿Te acuerdas que el tipo arrancó a llorar y comprendí que se había encerrado allí en ese quinto infierno de Los Ángeles para olvidar la herida del Boniato de los plantados políticos adonde se decía que torturaban los que mataron a los torturadores?

¿No será ganso el tipo? Me preguntaste insinuando lo de gay y yo me digo que sí, que ese nagüe camina como si lo tuviera desfondado y me cuestiono si su mujer es su mujer y los hijos llevan su sangre. La vida nos abarrota de sorpresas. La verdad es que este trompetista guantanamero parece flojito.  La cosa es si tantas ceremonias no llevan consigo segundas intenciones, y me  le quedo observando.  Oportunistas descarados que somos nagüe: tú y yo mismo. Ahora resulta que nos tomamos su cerveza, sus vinos y nos comemos sus saladitos y entonces le criticamos si le gusta o no le gusta esa cosa.

―Nomás me pides el ritmo, digamos la canción y la trompeta habla –nos dijo imitando el hablar mexicano y dirigiéndose a ti, amigo.

Está bien,  digo de intruso. Gracias por todo y nos tenemos que ir. Luego insiste en que todavía queda cerveza para toda la noche y que se pueden ordenar pizzas y sino la mujer nos fríe unos chicharrones… ¿Qué pasa la gente?,  pregunta de nuevo. Nos explica que nada nos detiene y entonces nos abraza, mejor dicho te abraza con cariño.  Luego nos embobece con la trompeta.  Pero ahí para la cosa, afirma.  Seguro que estamos pensando mal, dice.  No, no, nosotros le respondemos.

―Está bien. ¿Saben porque dejé la música y luego pasaron años antes de volver a tocar? ¿Lo quieren saber? ¿De verdad  lo quieren saber? Y tú también amigo mexicano que andas con éste de allá de mi pueblo y antes te aparecías con su hermano el ingeniero. ¿Te la cuento toda, cómo dicen ustedes, la neta?

Hombre no te encabrones. Coño que no es para tanto ni este tipo acá ni yo pensamos nada equivocado, le trato de aclarar. Pero no me deja terminar porque tiene un hueso atragantado y lanza la cabrona trompeta al fondo del patio y comienza histérico a contar lo que muchos niegan y que los rumores se encargaron de transformar. Todos oídos buscamos en su mirada respuesta. Nos explica que sí lo ultrajaron en la cárcel, pero no fueron los presos sino los mismos guardias que se burlaban de la trompeta y de sus ideas, y le dijeron que para que no se le olvidara le iban a dejar listo, sin virginidad.  Lo dijo llorando y parecía real.

―Me la enterraron por la punta. Sí, la mierda de trompeta y me ardió coño. Se reían. Llamaron a un par de violadores que después me dejaron tranquilo porque hay gente sin escrúpulos pero con algo de solidaridad y ni se atrevieron a nada.  Lo mantuve hinchado por más de un año.  Ni a la enfermería me mandaron.  Luego esparcieron el rumor de que me habían forzado, que mis gritos en la celda de castigo fueron de placer. Puñetera risa,  golpes. La punta del instrumento se metió adentro mientras me desangraba y ellos me gritaban gusano maricón que eso de la trompetita y de hacer contrarrevolución no pega, coño.

Yo no supe qué contestar. De donde vengo hay muchas contradicciones y la gente tiende a exagerar aunque seguro habría mucho de verdad en su historia.  ¿Te  acuerdas que el tipo arrancó a llorar y comprendí que se había encerrado allí en ese quinto infierno de Los Ángeles para olvidar la herida del Boniato de los plantados políticos adonde se decía que torturaban los que mataron a los torturadores? Nos aseguró que a él no se le curó jamás la herida.

Ya sé que tú no te creíste mucho y para ti era un joto inventando historias. ¿Cómo no,  si vivía tan bien con sus casas y sus carros? Reconoces que limpió más mierda que el servicio de basuras municipal aunque fuera solo fachada. En realidad se hizo persona comprando y vendiendo joyas mientras la cicatriz del culo y del corazón sangraba. Eso al menos no lo puedes negar.

Luego le entregaron aquella trompeta al salir de prisión y por los malos recuerdos no se atrevía a usarla de nuevo. Nos confesó que lo más triste era que él ni conspiró ni hizo nada que no fuera tocar música: No fue suficiente. Su tío anduvo por las montañas. Lo acusaron de cómplice y le tocó lo de los otros que también inculparon, fueran inocentes o no. Cuando llegó aquí veinte años después, no se había recuperado.  Aquella reminiscencia perversa de músico en desgracia lo atrajo al instrumento después de unos tragos y una música de Celia.  Un buen día, en el medio de la medianoche, comenzó a tocar. Entonces comprendí que si el tipo era gay o no, lo más importante era su trompeta y su necesidad de contarle al mundo que lo jodieron. No importa que haya quien no le crea como tú, mexicano.  Y aunque otros sigan soñando con héroes que fueron sus verdugos, la leyenda de este trompetista cobró sentido para mí.  Con todos sus demonios que guardaría consigo hasta el día de su muerte él se sentía libre, libre de producir las melodías que le diera la gana, libre de metérsela o de meterla y más que nada libre porque había dejado el infierno atrás.

Sobre el autor

Julio Benítez

Julio Benítez

Julio Benítez (Guantánamo, 1951) es profesor y escritor. Fue activista de los derechos humanos en Cuba. Ha publicado, entre otros libros, “En Glendale no hay ladrones”, “Las tres muertes de Gurrumina Robinsón”, “La reunión de los dioses” y “El rey mago”. Obtuvo el premio Regino Boti en 1990. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

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3 comentarios

  1. wow
    wow marzo 25, 01:08

    que envidia te tengo Julio carajo, que clase de cuento!

  2. Armando Añel
    Armando Añel marzo 25, 01:35

    Este es de esa clase de relatos que uno disfruta entre el placer y la tensión. Lo más curioso es que, siendo un texto duro y, a ratos, cruel, es singularmente hermoso. Gracias Julio, como decía mi abuela “te la comiste”.

  3. Callejas
    Callejas marzo 26, 08:01

    Un tronco de cuento. Julio, sin duda en mi limitada lista de los mejores narradores del exilio…

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