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La literatura erótica de Yovana Martínez y Evelio Taillacq

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La literatura erótica de Yovana Martínez y Evelio Taillacq

La literatura erótica de Yovana Martínez y Evelio Taillacq
agosto 27
16:34 2015

 

Cuenta un mito órfico que, en el principio, estaba Nyx, La Noche, un pájaro negro que concibió del Viento un huevo plateado y lo depositó en el enorme regazo de La Oscuridad. De allí nació Eros, dios del amor, de alas doradas. Pero Eros es sólo el nombre más amable de todos los nombres que portó. También se llamó Protógonos: “el que nació primero que todos los dioses”, o Fanes, que explica lo que hizo al nacer: reveló lo que había permanecido oculto dentro del huevo. Antes de Eros sólo existía El Vacío, El Caos, que en griego antiguo significa El Gran Bostezo. Eros es el origen, da forma a lo informe; organiza lo innombrado. Yovana Martínez y Evelio Taillacq hacen lo mismo.

La palabra erótico es una palabra difícil. Tendemos a asociar, inmediatamente, lo erótico a lo sexual. Pero lo erótico va más allá del sexo y, como en el mito órfico, está vinculado a la vida y la creación. Sirve para develar y, paradójicamente, no hay erotismo sin velo. Algo se muestra y algo se oculta; un juego doble, un misterio.

Exorcismo Final, de Yovana Martínez, es un libro engañoso. Escrito con un lenguaje directo, coloquial, obsceno, puede hacernos pensar que se trata solamente de un anecdotario de encuentros concertados o desconcertantes, mero intercambio, relajo relajado y relajante. Pero nuestra cultura parece haber olvidado el papel de lo obsceno dentro de la sexualidad sagrada o, incluso, como herramienta de sanación: la risa –a veces incómoda– que despierta lo obsceno es capaz de borrar heridas; proviene del cuerpo y nos obliga a superar prejuicios y moralinas. A superarnos a nosotros mismos.

En ese sentido, este libro se parece a Baubo, esa diosa grotesca y graciosa de la mitología griega, con pezones por ojos y vagina por boca. Deméter la encuentra en medio de su triste peregrinar y, gracias a ese encuentro, es capaz de reír un rato. Los Misterios Eleusinos -el ritual iniciático más importante de la Antigüedad pagana y que repetía ese peregrinar de la diosa- son impensables sin Baubo, un personaje conectado con Dionisio, con lo carnavalesco; con un dios que enloquece y despedaza. Porque lo erótico y lo obsceno son también pérdida de las fronteras del yo, de la coherencia; un acto de amor balbuceante donde el no ser está a la orden del día.

Lo obsceno es pagano, una forma de supervivencia del cuerpo y su saber, que nos avisa de placeres y peligros. En Exorcismo final el saber animal, el saber de la hembra, nos obliga a llamar a las cosas por su nombre, a enfrentarlas de la misma manera en que se enfrentan el dolor o el hambre. Lo vulgar no es aquí chusmería ni depauperación de la lengua, sino simple y llana sinceridad. Es imposible que un exorcismo se haga sin eso, sin todos los demonios que van saliendo de nuestro cuerpo y nuestra boca.

Y, tras lo obsceno, todos los bemoles de la melancolía. Un hembra que es, ante todo, un ser humano. Un libro que, más que un anecdotario, es una memoria de amores temporales, intemporales, atemporales y regresa –a través de la nostalgia– a todos los lugares donde se cometieron crímenes. Escribiéndolos se libera, se exorciza de ellos. Uno donde la ternura, la compasión, el miedo, la risa, el llanto, las despedidas y los encuentros pesan más que la evidencia de los cuerpos. Donde pesan, a ratos, una masculinidad invasiva u otra capaz de amar, de esperar y tejer desde la paciencia. Donde se revelan los sinsabores y vericuetos de una realidad y una ciudad donde el sexo es también una forma de sobrevivencia y escape.

Un libro que, en contra de todas las promesas –me dijeron que era pornográfico– es un inventario dulce y profundo de todas las veces en que amar fue tabla o naufragio. No hay nada de escandaloso en él, uno está muy viejo y ha bajado demasiadas veces al infierno como para escandalizarse ante esto. Es hora de reconocer que hace mucho que las mujeres dejamos de bordar sentadas al borde de la ventana. Si acaso, el único escándalo posible es el que genera encontrar a una autora/personaje que se atreve a hablar sin tapujos de todo lo que implica existir. Abierta, se deja penetrar por la realidad pero también la besa, la escupe, la muerde, la rechaza, la seduce, se le monta encima. Alejandro Castro, poeta venezolano, me decía siempre que a cierta literatura femenina se le podía oler el blumer. A Exorcismo final no sólo se lo olemos. Nos lo ponemos y seguimos andando.

También engañoso es Endiablado deseo, de Evelio Taillacq, con ese mulato ardiente que tiene en la portada y que nos promete llamaradas y furia. Pero, quien espere encontrar aquí a machos caza mamuts arrastrando mujercitas a las cavernas, probablemente se sienta decepcionado. Sí, en la novela hay sexo, pero eso es sólo un hilo, una puntada, que nos va guiando a través de la vida del personaje; de su pugna constante consigo mismo y con la situación histórica y geográfica que le ha tocado vivir. Un personaje que constantemente se pregunta por su identidad y por el destino que le ha tocado en suerte. Estudiante de actuación refleja, en su obsesión por Hamlet, sus propias obsesiones y coordenadas: como el príncipe danés es víctima de la duda, la locura, el oscuro poder político.

Así también, es una deconstrucción de los clichés de la cubanidad y no es nunca una novela complaciente. Lo erótico sirve para arrojar luz sobre se otro cascarón que es la identidad nacional y lo que vemos es probable que no guste: una sociedad muchas veces homófoba, racista. La represiva Cuba de la década del setenta sirve como escenario para una dura crítica al régimen pero también a aquello que seguimos arrastrando de una formación católica, española, blanca, colonial y que se ve potenciado por la presencia de un gobierno Inquisitorial. Las llamas endiabladas de este libro van más allá del hermoso cuerpo del protagonista y de su compulsión sexual. Son también la hoguera de todo aquello que condenamos porque atentaba contra las buenas costumbres, también las revolucionarias; las de un gobierno profundamente anquilosado, machista y conservador.

Escrita en códigos que la acercan a la literatura fantástica, Endiablado deseo nos sitúa frente a lo que significa ser un cubano marginado por su origen social, racial y su condición sexual. Marginado también por sus aspiraciones; ese deseo “burgués” de ser un individuo, de tener una voz propia, un horizonte. De allí el fiero orgullo del personaje, cuyo nombre se menciona muy poco o tal vez no se menciona nunca: un anonimato que le permite ser muchos. Y nos sitúa, también, frente a los infinitos matices de la cubanía, sin clichés, sin exotismos, sin indulgencias.

Erotica

Pero no todo en la novela es crítica. La belleza de la ciudad y de muchos de sus habitantes, la valentía y la dignidad con la que sobreviven, hace contrapeso. Lo hace el rescate de una cultura y una historia cuyo antiguo esplendor también sobrevive. De allí, probablemente, el refinamiento del lenguaje con que se narra: es una forma de hacer resistencia. Al fin y al cabo, de eso se trata el erotismo: de contraponerse a la muerte, de ser más fuerte que todos los grandes bostezos de la historia. El endiablado deseo es, en esta novela y sobre todas las cosas, un ansia infinita de lo bello. Un ansia que, como se irá demostrando a medida que avanzan las páginas, puede perdernos. Eros es bello y su belleza es subversiva. La belleza, bien lo decía Rilke, es el grado de lo terrible que apenas logramos soportar.

Así, estos dos escritores repiten a cabalidad –y sin saberlo– con el mito órfico. Cada uno tiene su rol: La Noche y el Viento engendran un huevo de plata de donde Eros saldrá a hacer la luz. Desde allí, se instaurará esa otra cosmogonía, ese otro orden que es la literatura: una cópula mágica y misteriosa entre la vida y la palabra.

Sobre el autor

Kelly Martínez

Kelly Martínez

Kelly Martínez (La Habana, 1980), Licenciada en Artes y Magister en Literatura Comparada por la Universidad Central de Venezuela. Fue profesora en la Escuela de Artes de la UCV, donde fundó el primer Diplomado en Crítica del Arte impartido por dicha institución. Trabaja también como fotógrafa, curadora, crítica de fotografía y editora. Colabora para varias revistas internacionales, como Culturetas (España) y ViceVersa Magazine (USA). Sus poemas han sido incluidos en varias antologías importantes de poesía venezolana. Actualmente reside y trabaja en los Estados Unidos.

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