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La llave, el reguetón y la carroña

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La llave, el reguetón y la carroña

'El Cangrejo', nieto de Raúl Castro, baila con Gente de Zona en La Habana

La llave, el reguetón y la carroña
marzo 19
14:48 2017

 

Hay una enorme disparidad numérica entre los que ahora reclaman enardecidos que le quiten las Llaves de Miami al dúo Gente de Zona y los que no dijeron nada cuando se las entregaron. No es que me importe particularmente este asunto, pero en verdad noto incongruencia. ¿Qué suceso extraordinario ha tenido lugar entre una fecha y la otra? Que yo sepa, ninguno que pueda constituir sorpresa o novedad, incluido el surrealista esperpento que protagonizara el nieto de Raúl Castro, al fin un energúmeno más bailando reguetón.

Como excusa me parece mediocre y además un intento de chiste de dudoso efecto, la frase declarada por el alcalde de Miami en el sentido de que si no pueden retirarle las Llaves de la Ciudad a Gente de Zona, entonces cambiarán la cerradura.

A ver si estoy entendiendo. La entrega de las Llaves de la Ciudad representa una distinción honorífica para miembros de la comunidad o para visitantes ilustres que se hayan distinguido en la realización de una labor cultural o de otro orden y que con ello beneficiaran u honraran significativamente a Miami. Si es así, y es así, la verdad es que no encuentro cómo encajar a Gente de Zona en el perfil.

Tal vez más sencillo y aun más coherente que cambiar la cerradura fuera que quienes se ocupan de entregar la llave cumpliesen con mayor rigor su encomienda.

Por lo demás, el affaire con Gente de Zona pone de nuevo sobre el tapete el viejo y tan relamido dilema de la politización de la cultura, una epidemia que en nuestro caso fue engendrada y propagada por Fidel Castro, pero más tarde se adoptó también por sus oponentes desde esta orilla, como reacción comprensible, aunque no por ello menos irracional que la acción de la dictadura castrista.

El tema es de larga data y se ha debatido hasta el agotamiento, aunque sin avances alentadores. Pero, por suerte, casi podríamos decir que no aplica en este caso. A no ser que dispensemos al reguetón una categoría que no tiene como expresión cultural mínimamente seria. O que, de lo contrario, aceptemos que hay quienes les dispensan de momento esa categoría sólo con la intención de exteriorizar una vez más su desprecio y su rabia contra todo el que viene de Cuba, juzgándolo indiscriminadamente como embajada o vehículo de la dictadura, y asumiéndolo desde una ajenidad que no es tan real como pretenden.

Pero aún así, lo menos importante, creo yo, sería valorar la relevancia del hecho por el que ahora se acusa a Gente de Zona. Bien pudo suceder que el energúmeno nieto de Raúl Castro no haya sido invitado por el dúo a bailar en su escenario. Incluso, pudo suceder que el espectáculo, realmente grotesco, no haya respondido al interés de los músicos, o al menos que ocurriese al margen de sus deseos. El pollo del arroz con pollo en este caso es que Gente de Zona vive y actúa en Cuba, lo que es decir a merced (o al servicio gustoso) del clan dictatorial.

Igual es la situación en que se encuentran los pintores, escritores o dramaturgos, entre otros, que residen en la Isla. Gústeles o no la dictadura, ellos no podrían evitar que los esbirros lean sus libros, vean sus puestas en escena o asistan a sus exposiciones. Y esto, claro, no es suficiente para que se conviertan en cómplices del oprobio. O más concretamente, no es suficiente para que los rechacemos como si fueran los esbirros mismos. Cada cual elige vivir donde más gusto le dé, y allá cada cual con su conciencia. Pero es paranoico rechazar a un artista, o condicionar sus posibilidades de repercusión pública, sólo por el lugar donde reside, sin que cuenten los méritos intrínsecos de su obra.

Desde luego que hablamos de auténticos artistas, no de reguetoneros. Por eso, sobre todo, es sospechoso que este affaire de Gente de Zona haya vuelto a poner sobre el tapete el tema de la ideologización de la cultura, que mejor parece venir de idiotez que de ideología. Y más aún llama la atención la facilidad con que se ha pasado del asunto “cultural” al de las nuevas oleadas de inmigrantes cubanos llegados a Miami. A propósito, un respetable paisano, cronista y poeta a quien admiro, tuvo la ocurrencia de escribir: “El embate de una Cuba parásita, violenta, falsificada y desvertebrada que los Castro han catapultado contra Miami como se catapultaba la carroña por encima de los muros de las ciudadelas medievales para provocar la peste y, qué duda cabe, el pánico”.

En cierta medida puede tener razón, especialmente desde su punto de vista. Pero a mí no me queda completamente claro quiénes son todos aquellos a los que incluye dentro de la condición de carroña medieval. Tampoco estoy seguro de que toda nuestra carroña medieval haya llegado a Miami en los últimos tiempos.

En fin, triste época, diría Einstein, en la que es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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