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La lógica del cine cubano

La lógica del cine cubano

abril 18
15:20 2011

1-cineHe leído en un viaje el libro Introducción al cine, de los autores Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón. Lo que más me llamó la atención fue el prólogo de Fernando Pérez. En efecto, resulta conmovedor ver una vez más que la crítica cinematográfica en Cuba señala, o al menos apunta, algo que para mí es esencial: “lo conocido no puede enseñarse”, o lo que es lo mismo, la “subjetividad no puede forzarse por ningún método de enseñanza”.

Desde luego, no sé hasta qué punto esta afirmación coincide con la de Fernando Pérez, “el cine no se puede enseñar”.

¿Entonces cómo se puede expresar un conocimiento, o cómo se puede expresar una enseñanza cinematográfica si un libro como la Introducción al cine, según señala Luciano Castillo, aguarda por esto? Sin embargo, cuando leo esta aseveración de Fernando Pérez, refiriéndose a que las “leyes comportan un carácter de obligatoriedad, imposición, exigencia y los principios no”, me viene a la mente una fascinante afirmación de Ludwig Wittgenstein en su Tractatus logico-philosophicus: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

Es decir, si hablo de algo que está fuera de mi mundo, de Dios por ejemplo, entonces lo que digo no tiene sentido. Como no tenemos una relación directa con Dios y no forma en realidad un objeto en relación, a no ser una proyección de la propia subjetividad, la idea de estructurar un lenguaje sobre Dios queda sin sentido, queda sin figuración e imagen abstracta y lógica. En esta situación viene una segunda afirmación de Wittgenstein que ha sido fatal para el intelecto: “de lo que no se puede hablar, hay que callar”. Sí, por doquier hablamos de Dios, pero no existe una forma lógica lingüística para comprenderlo y sólo es posible su certeza en este mundo mediante la creencia y la superstición. Y de estos ejemplos, la vida es uno de ellos, está lleno el lenguaje mundano, sobre todo el leguaje cinematográfico.

En una ocasión dije que el cine había surgido mediante un experimento esotérico, impulsado quién sabe por quién, para hallar una alternativa al pujante sentido de la lógica lingüística. Sin embargo, no hay mayor alusión en el lenguaje cinematográfico que el sentido de la vida, cuya proposición fue uno de los hechos más infundados por la lingüística.

Condición esta que ha sido recibida por el cine como un hecho: la vida tiene sentido o no la tiene. De ahí que vea la declaración de Fernando Pérez como acertada, pero al mismo tiempo carente de significado. El cine de autor, en el cual cree firmemente Pérez, es un cine, un lenguaje dentro de los límites del mundo, pero su mayor proposición está fuera de este mundo, fuera del mundo del ego. No busca la perfección. En Suite Habana se habla de emoción, de sentimiento, de la vida, de una subjetividad cuyos parámetros no pueden ser explicados, expresados mediante el lenguaje lógico. Hacerlo es desconocer lo que nos dice Wittgenstein en una última afirmación: “Hay, ciertamente, lo inexpresable. Se muestra, es lo místico”. A eso me refiero cuando hablo de que la observación fílmica no expresa nada mediante el lenguaje lógico, sino que muestra. Se muestra por sí misma. Allí ya no existen el cineasta y el cine; es el momento en que Fernando Pérez y Suite Habana pueden desaparecer como lenguaje lógico, como gramática cinematográfica.

Entonces, de suceder esto no existirá una forma lógica que lo pueda relacionar y expresar mediante el lenguaje tradicional. Sólo sucederá el mostrarse como emoción y sentimiento. Y en ello estriba el misterio de cada imagen cinematográfica, que me gustaría llamar experiencia igráfica. La experiencia que no puede ser expresada, pero puede ser mostrada e indicada. En ello estriba, y no en otro orden estético, el significado del arte en el cine. El cine no es para enseñar, sino para mostrar aquello que es inexpresable dentro y fuera de los límites del mundo. El cine llegó no por accidente, sino para resolver ese paradigmático problema de la ambigüedad del lenguaje, pero no ha sido hasta el momento su función.

La enseñanza conlleva un método, modelos, paradigmas; es un condicionamiento profundo de la mente científica. Mostrar implica un no esfuerzo intelectual; constituye un sintonizarse con la naturaleza humana esencial: el amor. Y éste como tal no puede ser expresado y mucho menos enseñado. Es como lo ha dicho Wittgenstein: “mi libro Tractatus tiene dos partes; la primera que pude expresar en una lógica de la escritura, y la segunda, la más importante, la que no pudo ser dicha”.

 

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