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La mancha en el expediente

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La mancha en el expediente

La mancha en el expediente
febrero 01
05:57 2018

Dicen que cuando sueñas vívidamente con tu infancia es porque se acerca la hora de morir. Más allá de cualquier interpretación sabionda o aventurada al respecto, sea relacionada con la psicología, la religión o con la neurología, tiendo a pensar que tal afirmación es cierta.

Lo digo porque cada vez experimento más afinidad con la no existencia, con el hecho discreto de haber pasado por la tierra sin verme forzado a crear la bomba atómica, el ábaco, el tornillo de Arquímedes, una ostentosa pirámide o un pequeño pero no menos necesario bolígrafo, para dejar testimonio de haber vivido sobre este planeta ovoide del sistema solar.

Anoche soñé con mi infancia. No puedo dejar de llorar desde entonces. Incluso ahora, mientras escribo, acompañado de mi café sintético “Alegría”, el sueño se hace cada vez más real, lacrimógeno, y patético. Su intensidad aumenta en la medida que el café me espabila o me intoxica, o lo que quiera que haga esa rara formulación sintética dentro de mi cuerpo cubano, acostumbrado al café de la montaña, mezclado con su generosa porción de chícharos tostados. Éste que tomo hoy en Chile  viene en sachet, con colorantes, endulzantes, saborizantes  y sabe Dios qué otras cosas no descritas en el sobre.

Pero vuelvo a mi sueño, antes de que el café sintético cumpla con su propósito de borrarme la memoria, algo que tan eficientemente logra día a día, de modo  exponencial.

Los vi a todos. Mis compañeros de estudio, los de la única escuela primaria de la que no fui expulsado, allá, en mi Camagüey natal, estaban ahí, al lado mío. Recordé  sus nombres y apellidos. También recordé el  de mis maestras. Ellas sí que fueron buenas. Digo la última oración con todo el sarcasmo que cabe, pues teniendo apenas nueve años, y gracias a la generosidad de algunas de ellas, ya me habían expulsado de cinco colegios, debido a mi mala conducta.

–       Este niñito pinta pa carne de presidio –escuché decir de mí a la profe de español– ¡Qué lástima! Con los padres tan revolucionarios y combativos que tiene.

–       Es cosa de mirar esa actitud zoqueta de la que no suelta  –dijo la Makarenko suplente–.  Te contradice en todo. Se la pasa metido en la biblioteca municipal, leyendo de esos libros viejos. ¿Puedes creer que desafió al maestro de biología, delante de toda la clase, a mitad de una prueba?

–       ¿Qué?

–       Como te lo digo. El maestro Garaboa, de muy buena fe, le quiso corregir el examen de biología y le tachó la palabra “deyecciones”…

–       ¿Y eso qué es?

–       La caca de las gallinas, creo.

–       ¿Y?

–       Que Garaboa juraba que la palabra “deyecciones” no existía.

–       ¿Acaso existe? Tal vez la confundes con “inyecciones”, que sí existe. Yo misma me he puesto varias en el policlínico, por lo de la amigdalitis.

–       Pues existe la palabra “deyecciones”. Y este niñito tránsfuga le recitó de memoria un capítulo entero de epidemiología aviar al pobre de Garaboa. No contento con humillar al maestro con tal ferocidad, le dijo que debería leer más para explicar mejor el castellano a los alumnos.

–       ¿Pero qué se cree ese prospecto de gusano? ¡Eso es diversionismo ideológico por donde lo mires!

–       Yo veo más bien una penetración cultural en latencia. Ese niño es un monstruo. Si ya hubiera cumplido los doce años podríamos mandarlo al reformatorio, pero estamos atadas de pies y manos por tres años más.

–       Eso de las “deyecciones” a mí me parece más bien una desviación ideológica. ¿Quién ha visto a un macho leyendo palabras tan finas? La mierda es mierda y las gallinas, gallinas… ¡Ese niño va a ser homosexual!

–       Pues ahora que lo mencionas… ¡Hay que anotarlo en el Expediente Acumulativo del Escolar!

–       ¡Eso!  ¡Que cargue desde ya con una mancha en el expediente! ¡Que la arrastre de por vida! ¡Que se olvide de una carrera universitaria! ¡Que pase el servicio militar en Angola o Etiopía, a ver si se endereza como un hombre de verdad!

Tiempo después me enviaron al colegio en donde estudiaban los visitantes de mi sueño. Todos eran, como yo,  semillas de maldad ideológica contrarrevolucionaria, penetradas por los libros que escondió Isabel Loret de Mola, la bibliotecaria municipal, la misma que me enseñó a leer los poemas de  Constantino Kavafis, caratulados como En algún sitio de la primavera de Nicolás Guillén. En aquella escuelita pude por fin terminar la enseñanza primaria con altas calificaciones y sin sustanciales problemas de conducta.

Corrían los años setenta.  Nadie hablaba de “hiperactividad” ni de “déficit atencional infantil”. Tampoco había ritalín. Eras un niño bueno o uno malo.  Un “caballerito proletario” o un “antisocial”. Yo era muy de los últimos, según el consenso de mis educadores y hasta de mi padre.

Terminé, pues en aquella escuelita, cuyo identificativo era un número y a la que solían llevar a los futuros delincuentes juveniles de la provincia. Un día por fin la escuela dejó de llamarse “la 41” y le otorgaron el digno nombre de “Doctora Tula Aguilera”.

Sobre el autor

Francisco Alemán de las Casas

Francisco Alemán de las Casas

Alemán de Las Casas es poeta y narrador. De profesión comunicador, estudió en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, Instituto Superior de Arte de La Habana y en el Instituto Oficial de Radio y TV de Madrid. En la radio cubana se desempeñó como locutor, actor, guionista y realizador de programas de radio. En la TV del mismo país, como presentador de noticias. Ha trabajado en medios de comunicación de Cuba, España y Chile. Se desempeña como director del portal web chileno Radio Mitos y ha publicado varios libros, el último de ellos la novela 'Eutanatrón A380'.

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