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La médium, el cuadro y la tijera

La médium, el cuadro y la tijera

La médium, el cuadro y la tijera
enero 20
22:41 2015

 

Cuando el ladrón entró a la casa de Clarita Villegas, debió experimentar, en este orden, sorpresa, desconcierto, consternación, rabia y, finalmente, vergüenza. De otro modo no se explicaría por qué, antes de irse, dejó clavado en la mesa de la cocina un billete de veinte pesos. Para hacerlo se apropió de  la vieja tijera que atravesaba aquella cabeza de jurel, en torno a la cual salían hilos de varios colores.  El trozo de pescado mordía un cabo de tabaco, pero la obra entera, que en general resultaba bastante repulsiva, reposaba sobre un plato de aluminio, debajo de una mesa minimalista, adornada con flores rojas y un crespón negro.

La entrada a la casa de Clarita, quien era además la médium más antigua del pueblo, resultó rápida y fácil. Las ventanas y la puerta del patio habían sido convertidas hacía años en leña para alimentar los fogones de la cocina. En vez de madera, los marcos sostenían cortinas hechas de sacos con incrustaciones de telas, a modo de manualidades decorativas.

Las Villegas jamás se levantaban antes de las once de la mañana. Eran madre, hija y dos sobrinas, todas dedicadas a la administración de espíritus desde el más acá.  Ese día, cumpliendo con el ritual, salieron de la cama, a la hora en punto. Algo no estaba bien. Clarita lo supo desde el momento en que abrió los ojos y sacó de debajo de la almohada la caja de cigarros Populares y los fósforos.

Prendió el cigarro y, junto con el crepitar del papel y las volutas de humo, le llegó la primera corriente:

–¡Mamá –gritó desesperada–  ¡Alguien revolcó mi armario!

–Tu armario siempre ha estado revolcado, Clarita –respondió la madre desde la habitación contigua.

–¡No entiendes! ¡Toda mi ropa está en el piso!

–Eso es porque no tiene puertas. Las cosas que hay dentro se caen al piso. Ocurre todos los días. Esta casa se sostiene en pie gracias a esos muertos que nos acompañan.

–¡El cuadro de Fidel, mamá! ¡Alguien quitó el cuadro de Fidel de la bóveda espiritual! ¡Esto es cosa de la seguridad del estado! ¡Vamos a morir presas todas por tu culpa!

–¿Qué dices? ¿No está el cuadro de Fidel en la bóveda? ¿Quién lo quitó de ahí?

–¡No está! ¡Nos chivatearon, mamá! ¡Nos van a llevar presas!

–A mí no. Tengo 86 años. Soy una anciana que vive en deplorable estado de salud. Apenas puedo moverme. Además, si a mí me aprietan, yo canto. Fuiste tú la de la idea de poner a ese hombre junto con los muertos.

–¡Maldita vieja mentirosa! ¡La de la idea fuiste tú! ¡Tú le pusiste el tabaco y la gorra verde olivo a la cabeza del jurel! ¡Tú lo consagraste como comandante en jefe!

–¿Y quién le clavó la tijera en el ojo al pobre pescado-comandante? ¡Tú mataste a Fidel, desgraciada! ¡Mala hija, gusana, escoria, antisocial, engendro del demonio!

–¡Cállense las dos! –interrumpió la menor de las Villegas desde la cocina– La tijera está en la mesa, clavando un billete de veinte pesos.

Clarita y su madre corrieron a la cocina. La sobrina no mentía. El regalo estaba ahí, sobre la mesa.

–¡Coñó! –dijo desde el alma Clarita Villegas– ¡Veinte pesos! Esto no es obra de la seguridad del estado… aquí se metió un ladrón. Nos vio tan pobres que debimos darle lástima.

–¿Y a dónde fue a parar el cuadro de nuestro querido comandante? –preguntó la anciana.

–Está acá –aclaró desde la letrina del patio la cuarta de las Villegas–. Lo malo es que se cagaron encima de él. Yo creo que vamos a tener que botarlo.

–¿Cómo se te ocurre botar un cuadro de Fidel, gusana de mierda? –chilló Clarita Villegas– ¡Ese cuadro ha traído mucha prosperidad a nuestra familia!

–Son apenas veinte pesos… –aclaró la madre de Clarita Villegas– Es lógico. Sólo pusimos la cabeza del jurel. Con este billete que nos dejó el ladrón voy a encargar cinco jureles grandes. Repetiremos la obra en cinco platos distintos; entonces, en lugar de veinte, mañana nos dejará cien pesos, clavados sobre la mesa.

Y así, esbozando la más grande de sus sonrisas, rodeada por el humo de su cigarro Popular, Clarita Villegas sacó el cuadro de Fidel de la letrina.

–Siempre he tenido mucha fe en ti –le dijo, mirando al lugar donde deberían estar  los ojos, cubiertos ahora por un manchón achocolatado–. Si me traes de nuevo al ladrón esta noche,  te quito eso que te dejaron encima de la cara antes de que se te  seque.

Sobre el autor

Francisco Alemán de las Casas

Francisco Alemán de las Casas

Alemán de Las Casas es poeta y narrador. De profesión comunicador, estudió en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, Instituto Superior de Arte de La Habana y en el Instituto Oficial de Radio y TV de Madrid. En la radio cubana se desempeñó como locutor, actor, guionista y realizador de programas de radio. En la TV del mismo país, como presentador de noticias. Ha trabajado en medios de comunicación de Cuba, España y Chile. Se desempeña como director del portal web chileno Radio Mitos y ha publicado varios libros, el último de ellos la novela 'Eutanatrón A380'.

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