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La muerta

La muerta
mayo 03
20:41 2016

Si no tardas mucho, esperaré aquí para ti el resto de mi vida.

Wilde

 

Me llamó esa tarde del 3 de marzo Liduvina, la voz se le oía carrasposa como si estuviera uno hablando con un asmático sin aire que respirar, algo espantoso. Oye, niña, soy yo, Marbella, mira, siéntate que lo que te voy a decir te va a sacudir de pies a cabeza… ¿Quién interpela, por favor?   Soy yo… Marbella, que te estoy hablando desde el más allá, ¿me oyes bien? ¿Me oyes, Liduvina? Yo estaba acostada en el sofá cuando sonó el teléfono. Claro que supe que era la voz de ella enseguida… ¿Cómo? ¿Qué hablas? Que soy cadáver, mija, que no valgo nada en esta tierra; abandoné el cuerpo en un callejón de la Calle Amparo donde me arrolló un camión y que tu enemiga mortal ya en vida es ya solo polvo. A esta hora se la deben estar comiendo los gusanos. Como me oyes. Tú sabes bien, Liduvina, que siempre me gustó andar con la verdad, y la verdad es la verdad, y yo en estos momentos estoy más del lado de allá que de acá. ¿Qué digo? De acá, nada… Ay, hija, pero yo nunca he creído mucho que los muertos puedan hablar tanto, y hablar conmigo, tú, muchísimo menos: una mujer que me odiaba hasta la caída del último muro que le quedaba a Jericó. No lo puedo creer, tanta llamada y tanta algarabía de tu parte cuando siempre me tenías una jiña bestial. Ay nena, eso era en vida, Liduvina, ahora ya no. Créeme. Ahora lo que quiero es hacer las paces contigo, porque no quiero acabarme de morir sin que tú me perdones. Mira, niña, te digo la verdad, la única vez que yo tuve algo que ver con un muerto lo poco que me dijo fue ay, ay, dos veces, nada más. Y eso que estaba toda la familia del muerto reunida en su casa esperando para que bajara, pero cuando bajó, que lo hizo a través de esta señora gorda y con poco pelo en la cabeza que parecía un fraile trapense –con la cabeza pelona y todo–, fíjate si me acuerdo, se acercó el difunto a mí y me dijo: ay, ay. Eso fue todo. ¡Y cómo habíamos esperado para que ese muerto hablara! Más de tres horas, rezando, convenciéndolo para que bajara y desembuchara, pero nada, al final los familiares se quedaron tan tristes porque, imagínate, una cosa así de pronto, sin más ni menos, un par de quejidos, ay, ay, como si estuviera en el infierno y no en la gloria, ¿comprendes? Y ahora sales tú, mi gran enemiga desde que estábamos en primer grado, llamándome por teléfono nada más y nada menos y me dices, Liduvina, estás hablando con una muerta… y sigues con el parloteo del muerto, nena, de esto y lo otro y yo pensando en el único muerto que había hablado conmigo y si lo comparo ahora contigo me erizo, fíjate, que me erizo, si esto es verdad, fíjate que tengo la carne de pollo, fíjate cómo me siento, y más siendo tú, mi peor enemiga, pero dentro, dentro de mí alma, algo me dice que.

Ay, cállate ya Liduvina, por favor, por favor, cállate un poco y deja que esta muerta te hable en paz. ¿Sabes? Ya no soy tu enemiga ya, ¿os que tú no sabes que los muertos no tenemos enemigos? Yo vengo en son de paz… así que ya sabes. No quiero provocar más problemas entre nosotras. Nena, es que cuando tu coges la batuta hay que salir corriendo. Ten un poco de piedad por esta alma que está rodando por el mundo en pena buscando su túnel de luz. ¿Tú sabes lo que es morir descuartizada por un camión de basura? Tú no lo sabes, Liduvina. Déjame acabarme de morir y buscar mi nicho para descansar. Fíjate que soy buena, que después de muerta lo primero que se me ocurrió fue llamar a mi peor enemiga, Liduvina, porque necesito mucha paz, mucho sosiego. También, vengo a perdonarte, porque te quise quitar una vez a tu marido, pero eso es el pasado… y yo muerta, no puedo hacer nada en el plano de los vivos. Pero me encuentro con una Liduvida que no para de hablar… si yo hubiera sabido que tú ibas a darme este palique, mira, nena, mejor me hubiera quedado muerta y callada, pero bueno. Lo único que quería decirte es que estoy muerta, no me busques, no trates de llamarme, no intentes preguntar por mí… yo he elegido esta forma de vida y, sabes una cosa, hasta me están gustando un poco. Fíjate que hasta flores ahí por aquí y también piedras y ay, ay, hasta animales. ¡Qué bello todo, Liduvina! Yo digo, ¿para qué vivir si esto es tan bello? ¿Comprendes, Liduvina? ¿No te interesaría matarte o tirarte delante de un tren para que goces conmigo esta paz maravillosa? No tienes idea de esta paz. Es lo mejor. Ay, como me siento, Lidu, ay, me siento volando, ay, todo a mi alrededor es rosado y azul turquesa, ay, qué alegría… Mátate, Lidu, mátate, para yo tener una verdadera amiga después de tantos años de ser enemigas… tómate un litro de veneno para las ratas que es tan fácil de conseguir. Mira, los enemigos después de muertos se tornan en los mejores amigos en el más allá, Lidu. Y yo quiero que vengas en mi busca para ser compañeritas como en primer grado de nuevo… ¿Me prometes que vas a venir?

Sobre el autor

Félix Rizo

Félix Rizo

Félix Rizo Morgan nació en Matanzas, Cuba, y reside en los Estados Unidos desde 1967. Curso estudios de Ciencia y Magisterio y obtuvo una Maestría en Educación en St. Peter's College. En 1989 ganó el premio Dos Ríos por su ensayo "Cuando cabalgan los tigres", un estudio sobre las dictaduras latinoamericanas. Ha publicado el libro de cuentos "De mujeres y perros" y la novela "El mundo sin Clara". Cuentos, poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Cuenta también con una obra dramatúrgica inédita.

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