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La muerte que no existe y la rosa que no muere

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La muerte que no existe y la rosa que no muere

La muerte que no existe y la rosa que no muere
Diciembre 22
23:01 2016

 

Cuando a un poeta le da por tomarse ciertas cosas a la tremenda, pueden sobrevenir acontecimientos sorprendentes. Es el caso, creo yo, del libro Por qué la muerte no existe. Cinco pruebas y tres epílogos (Neo Club Ediciones, 2016), de Armando Añel Guerrero, con el cual se propone demostrar (nada más) que nuestra existencia es apenas un sueño inducido, un estado hipnótico fruto de alguna poderosa catarsis provocada tal vez por una píldora o algún tipo de medicamento o alucinógeno que “alguien” o “algo” nos extiende desde el futuro, o desde el pasado.

Conste que se trata de un libro serio. En realidad, tuve que empezar por aclarármelo a mí mismo, cuando, al abrirlo, lo primero que me vino a la mente fue otro sorprendente tremendismo, La sinagoga de los iconoclastas, obra del poeta, dramaturgo y escritor argentino Rodolfo Wilcock. Pero mientras el libro de Wilcock es un divertimento, una especie de galería destinada a recrear las vidas imaginarias de teóricos, utopistas, sabios, inventores, soñadores de las más alucinantes teorías, descritas todas en clave de joda, el libro de Añel se empeña en demostrar emocionadamente que la muerte no existe y que la vida es sólo un sueño, como en los celebérrimos versos de Calderón, o como en el bolero de Arsenio Rodríguez. En cualquier caso, lo importante es que al igual que Wilcock, Añel lo hace a golpe de vuelo poético, mediante un ejercicio ensayístico muy en la cuerda de Montaigne, o sea, liberando el pensamiento para que fluya en forma coloquial y amena, sin poses eruditas ni exceso de citas cargantes, buscando ser convincente más que exhaustivo, con voluntad de estilo.

Llama la atención el desenfado y la seguridad con que Añel defiende sus disquisiciones, otorgándoles a veces categoría de pruebas irrefutables, dentro de un contexto en el que justamente se dedica a argumentar que nada de cuanto ven nuestros ojos y perciben nuestros sentidos debe ser asumido como verdad última o definitoria. Ello, no obstante, parece otorgarle un encanto particular al libro. Y no significa, claro, que uno tenga que creer en todo lo que afirma para aceptar como atinada y juiciosa la totalidad de sus planteamientos. Como tampoco necesitamos suscribir a pies juntillas todas sus tesis para disfrutar de su lectura, puesto que Por qué la muerte no existe. Cinco pruebas y tres epílogos, resulta, ante todo, la obra de un poeta. O al menos así la asumo yo.

Para dar cuerpo a sus tesis acerca de la inexistencia de la muerte y de la vida (tal como nos las muestran las convenciones), Añel apela a las de otros autores, sea bien para propugnarlas, para complementarlas o para refutarlas. Desde el transhumanista sueco Nick Bostrom hasta el científico Robert Lanza y sus fabulosas teorías sobre el asunto basadas en nociones de la física cuántica, pasando por estudiosos de especial clarividencia (y además rabiosamente poéticos) como Berkeley, o por lúcidos observadores de la humanidad, como Descartes o Schopenhauer… Sin embargo, lo que va quedando en el libro, por encima de las inevitables referencias, es el discurrir del pensamiento de Añel.

En ello radica uno de sus aciertos. Y es la base para lo mejor del libro: el acento de infusa poesía que anima todas sus páginas, en las cuales, por ejemplo, el proceso de fecundación de un ser humano resulta descrito como una fantástica aventura muy parecida a las que cuentan las películas tipo La Odisea.

Añel pone cuidado en aclarar en su propio libro que éste no es uno de esos panfletos de autoayuda (a Dios gracias), ni un texto de filosofía espiritual o de cualquier otro género especulativo. Tampoco es un manual científico, ni cientificista. Ello le permite explayarse, sin deudas o compromisos de género, a la hora de aportar lo que él denomina “cinco pruebas concretas y verificables de por qué la muerte no existe”. No estoy seguro de que logre convencer a todos sus lectores. Ni siquiera creo que él se lo haya propuesto en términos absolutos. Pero ni falta que le hace. Al ser, como es, un libro de fácil y agradable lectura, sugestivo, inspirador incluso, y al estar, como está, capacitado para deslizar en el entendimiento de los lectores muchas más preguntas que respuestas, posee ya méritos idóneos para satisfacer a cualquier autor.

Por lo demás, en aquel magistral cuento de Borges, La rosa de Paracelso, el alquimista no necesita que su discípulo lo vea rescatar la rosa del fuego para reconvertirla intacta, a partir de sus cenizas. Le basta con saber que la rosa no muere.

Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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