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La NASA contra los asteroides

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La NASA contra los asteroides

La NASA contra los asteroides
enero 19
20:59 2016

 

La noticia de que la NASA está estudiando posibles contramedidas contra un asteroide, y ha creado la Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria, no debería pasar desapercibida. Entre las labores asignadas al departamento estaría la de detectar con anticipación objetos PHO (potencialmente peligrosos) que se aproximen a la Tierra 0.05 unidades (150 millones de kilómetros) astronómicas y que midan entre 30 y 50 metros o más, es decir, asteroides y meteoros.

La historia de la amenaza de los asteroides pica y se extiende. Ya en el año 687 a. C., el filósofo chino Confucio describió una lluvia de meteoros en el firmamento. Hacia la dirección de la Constelación de Perseo pueden verse lluvias de meteoros por lo regular cada año. Una de las más intensas resulta las Leónidas, que se presentan dos veces al año, localizadas hacia la Constelación de Leo.

Otro aspecto interesante es que cada cierto número de años el sistema Luna-Tierra penetra en una nube de millones de fragmentos de cometas y meteoros de la órbita joviana, conocida como Táurida, localizada en el Hemisferio Sur, y que es el más vasto de estos ríos de meteoros conocidos.

Se estima que los meteoros de Táurida proceden de un voluminoso cometa que se desintegró hace 5,000 años, al aproximarse demasiado a Júpiter.

En 1186, un meteoro procedente de ese flujo material produjo en la Luna el cráter bautizado como Giordano Bruno. Se han divisado otras fragmentaciones de cometas como el Biela, en 1852, que se escindió en cuatro partes; el cometa Brorsen, en 1879; el Westphal, en 1913 y el cometa Neujmin, en 1927. En diciembre de 1807, una enorme bola de fuego atravesó el firmamento a lo largo de Nueva Inglaterra, impactando cerca del poblado de Weston, en Connecticut.

En 1908 se constató una espeluznante detonación en la zona siberiana del río Tunguska, que barrió todo lo existente en un cuadrado de 2,600 kilómetros. En 1937 el planetoide Hermes, de 700 metros de diámetro, transitó a la escalofriante distancia de 365,000 kilómetros de la Tierra; un encuentro con él hubiese eliminado todo vestigio de vida orgánica. En 1946 el pequeño cometa Giacobini-Zinner (descubierto por el francés Michel Giacobini, en 1900, y el alemán Ernst Zinner en 1913), circuló a 131,000 millas del punto donde la Tierra se encontraba ocho días antes. En marzo de 1989 un asteroide de un tercio de kilómetro de diámetro cruzó a poca distancia de la órbita lunar, y sólo fue localizado después de su peligrosa proximidad a la Tierra. Los trozos de cometa que se precipitaron sobre Júpiter en julio de 1994 se hallaban en su órbita; se trataba de los restos de una de sus pequeñas lunas.

Y la historia que ha movilizado a la NASA sigue. A partir del proyecto espacial norteamericano Apolo, se descubrió una miríada de cuerpos cometarios y asteroides que se cruzan peligrosamente con nuestra órbita. De lo que intercepta la ruta de nuestro planeta se han identificado alrededor de 2,000 objetos, entre material cometario y asteroides errantes, con diámetros superiores a 1.5 kilómetros; los mayores son los de la familia Apolo y aquellos que son restos de cometas. Entre los más temibles figuran Eros, con 18 kilómetros de diámetro; Amor y Apolo, con 3 kilómetros de diámetro respectivamente; Adonis e Icaro, con 2 kilómetros cada uno; y Alberto. El observatorio norteamericano de Kitt Peak encontró evidencias de un nuevo cinturón de asteroides conviviendo en nuestra órbita solar, compuesto por una docena de pequeños asteroides de 50 yardas promedio de diámetro.

La NASA estima que únicamente se ha detectado el 5% de los grandes asteroides que cruzan la órbita terrestre. No tendríamos tiempo suficiente para tomar medidas ante un choque con el restante 95% no localizado, si se produjera una alteración de la órbita en cualquiera de ellos. Recientemente se ha considerado que el cometa Swift/Tuttle, que se aproxima al Sol cada siglo y medio, deja tras sí un río de polvo y materia por el cual transitamos anualmente, en agosto, provocando una cascada de meteoritos que se incendia en nuestra atmósfera. Se han computado las probabilidades de la próxima órbita del mencionado cometa Swift/Tuttle, considerando mantenga la misma trayectoria anterior, lejos de la influencia de los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano o Neptuno): se descubrió con espanto que su recorrido lo conducirá el 14 de agosto del año 2126 directamente contra la Tierra.

El hecho que las dos terceras partes del planeta estén cubiertas de agua no es una ventaja. Se especula sobre la posibilidad de un gigantesco tsunami, ya sea por efecto de un terremoto submarino o por el impacto de un asteroide en medio del océano, por el cual el agua desplazada puede multiplicar los daños, comparado con uno que se precipitase a tierra firme.

El especialista en tales impactos, Duncan Steel, ha pronosticado que si un asteroide modesto, de unos 22 metros de diámetro, logra precipitarse contra nosotros a una velocidad de 68,000 kilómetros por hora, la detonación sería equivalente a la de 600 megatones, 10 veces superior que la mayor explosión atómica jamás escenificada. Las olas del tsunami que tal infierno provocaría avanzarían a miles de kilómetros tierra adentro.

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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