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La negritud: Un hecho político

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La negritud: Un hecho político

La negritud: Un hecho político
abril 23
23:32 2016

 

Amén de resultar un estallido que comenzó en las élites intelectuales de africanos y caribeños, la negritud desencadenó y tuvo como origen y objetivo un hecho político: el desmantelamiento del colonialismo africano y caribeño (anglo-franco-hispano), y el acceso al poder y a la economía de las poblaciones negras y mulatas, acorde con su peso demográfico.

Los representantes prominentes de la negritud: Senghor, Gueye, Cesaire, DuBois, Laleau, Gratian, Jean-Price Mars, Padmore, etcétera (un grupo de africanos y caribeños, con ausencia de cubanos claro está), promovieron el movimiento Pan-africanista desde Manchester, Londres y París en las décadas cuarenta y cincuenta del S. XX. El mismo logró desatar todo el movimiento anti-colonialista en África, que culminó con el desmantelamiento del viejo Commonwealth y con la francofonía africana bajo el lema del “Sí”. Los representantes de la negritud africana se convirtieron en los líderes políticos y culturales de las primeras independencias africanas en la década 1960: Kwame Nkrumah, Jomo Kenyatta, Sedar Senghor, Houphouet Boigny, Sokou Toure, Modibo Keita, etcétera.

En el caso de El Caribe, bajo la influencia de los Fanón, Padmore, Cesaire, Williams, MakKonnen, etcétera, la negritud logró, con mayor lentitud, el hecho del desmantelamiento de las élites minoritarias supremacistas blancas en los ámbitos franco-británicos, no así en el hispano, ergo Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.

Salvo el caso del puertorriqueño Luís Pales Matos, el poeta más eminente del Caribe hispano en el siglo XX, poca resonancia tuvo la negritud en el ámbito cultural, y menos aún en lo político y social. De ahí que en el ámbito caribeño hispano se tome a la negritud sólo como un hecho “cultural” de identificación de raíces, un simple grito marginal, un “gueto culturalismo”.

La independencia de Cuba presentó un grave dilema a la élite criolla de origen ibérico. Ante una población mayoritaria negra-mulata y un ejército libertador (tanto de generales como combatientes) aplastantemente negro-mulato… era suicida al supremacismo blanco aceptar la igualdad social y la equidad racial en el poder, la economía y la sociedad. En esencia, estas élites criollas nunca desmontaron la psiquis esclavista de las clasificaciones poblacionales.

Luego de acaparar el poder, los generales y los políticos “blancos” (independentistas, autonomistas, pro-españoles) se decidió “blanquear” y balancear la demografía mediante la ingeniería social que en poco más de una década logró traer de España casi un millón de ibéricos. La protesta negra-mulata al supremacismo, el Partido Independiente del Poder, fue aplastada sangrientamente en Oriente (el hecho más bochornoso de nuestra historia política independiente), implantándose el terror psicológico a cualquier aspiración pública de equidad. Síndrome “jungniano” de aprensión que se esparció en toda la población negra y que aún padece la mayor parte de las figuras prominentes negro-mulatas de la cultura y de la oposición.

En lo adelante, Cuba se proclamaba como una nación “no racista”, totalmente ibérica-cultural, con elementos “folclóricos” de origen africano, donde cubano (ingeniosamente) era ser más que blanco más que negro, en un país donde el poder, la cultura “culta” y la economía estaría en manos de “blancos”. Así, hablar de la existencia de racismo, de discriminación a los resortes del poder y la economía, era y es ser calificado de racista. Los aires de la “negritud” entonces no llegaron a Cuba, pasaron por la estratosfera isleña, y los teóricos del supremacismo de la década 1930-30 la ciñeron como un fenómeno “negro-cultural” con “tintes racistas”.

El dilema que presenta la Isla de Cuba actualmente repite el escenario de 1900: una población demográficamente mayoritaria de negros y mulatos bajo un discurso político daltónico en las dos orillas al fenómeno de la representatividad equitativa no discriminatoria en el poder, al hecho de ser el componente “blanco” isleño minoritario.

Ese elemento central que no estuvo en la mente de los políticos de otrora (como proclamaron en su momento Gastón Baquero y Rafael Díaz Balart), a su vez no figura en la mente o las proclamas de quienes hoy se ocupan de la política isleña: los del poder, los de la oposición interna y los del exilio, no importa cuál sea su filosofía política.

Los derechos políticos pueden resolverse tanto hegemónicamente, para una sección de la población (tipo democracia griega excluyente, como ha sido el caso hasta ahora), o definitivamente equitativos, abrazando lo que Cuba realmente es, lo negado hasta ahora: un país política, social y culturalmente del Caribe, que ha aceptado su negritud política. En resumen, Cuba no logrará jamás establecer un hecho democrático total si no desmantela la discriminación del negro-mulato de los resortes políticos y económicos de su sociedad, acorde con su demografía, y no aniquila la mentalidad del derecho “uni-color” al poder.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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