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La ‘negritud’, un tema olvidado (I)

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La ‘negritud’, un tema olvidado (I)

La ‘negritud’, un tema olvidado (I)
Diciembre 13
16:50 2015

 

Objetivamente, la negritud es una cultura, el conjunto de valores económicos y políticos, intelectuales y morales, artísticos y sociales no solamente de los pueblos del África negra, sino también de la América negra.

Es el redescubrimiento orgulloso de las virtudes de la civilización, del pasado y de la identidad cultural del mundo negro, pero evadiendo el folclorismo a que lo obliga el vivir en un país que lo cultiva racialmente colonizado, buscando una afirmación que lo incluya como ser humano por encima de razas y pareceres.

Un pensar negro original, un grito de los desclasados (Aimé Césaire), de los marginados (Evaristo Estenoz, Frantz Fanón), de los colonizados (Toussaint Louverture, Kwame Nkrumah, Jomo Kenyatta) y de los sub-humanizados en busca de una civilización más humana que tolere como necesarias las diferencias de etnias y naciones.

La explosión de la cultura africana y de la negro-antillana tuvo lugar a partir de las publicaciones de Leo Frobenius a comienzos del siglo XX, combinado con la famosa Antología negra de Blaise Cendrars, en el Sedar Senghor del Orfhée Noir, y en la Danza negra del insigne poeta puertorriqueño Luís Palés Matos. Todo ello trajo la “cultura negra” al podio de la conciencia internacional. Para el sudafricano Ezekiel Mphahlele, el “realismo individual” era la manera de ser negro, el aporte del negro a la civilización universal.

Para un círculo de intelectuales afrocubanos de la década del sesenta (Manuel Casanovas, Esteban González, Santiago Boullón, Iván César Martínez, Carlos Moore, Rogelio Martínez Furé, etcétera) la negritud será el primer gran choque de realidad ante el supremacismo blanco del estamento castrista.

El cubismo, al conferirle jerarquía al arte negro que rompía lo real-figurativo, estableció una estética insólita; con el movimiento de la negritud, la raza se convierte en un incrimino literario, un corpus crítico, sobre todo cuando el pintor Wilfredo Lam se transforma en la clave del paradigma negritud-surrealismo, al arrastrar a André Bretón al Caribe.

Pero la negritud no asomó repentinamente; ya en el poeta afro-americano Langston Hughes el negro llora a sus antepasados entre los rascacielos y conjuntamente con Countee Cullen, Claude McKay, Richard Wright y Sterling Brown, entre otros, se crea un verdadero renacimiento negro aderezado con el jazz, con el temple triste de los blues y del spiritual que nace de las plantaciones de algodón.

Si bien en la cuenca del Caribe, especialmente en República Dominic­ana, Venezuela, Puerto Rico y Brasil, esta corriente asumió la esencia del arte negro en la poesía, la prosa, la pintura, y la escultura, ello sería parte y resultaría una síntesis autóctona de la marmita americana de lo negro, indio, mulato y blanco, de un reto al racionalismo occidental.

Al calor de esta escuela se forjaron poderosas individua­lidades de la política y la cultura. La vanguardia cubana, parte arremolinada junto a figuras como Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Ramón Guirao con su Órbita de la poesía afrocubana (1938), Marcelino Arozarena, enlazada a los estudios de Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Rómulo Lachatañeré y la música de Alejandro García Caturla. En Brasil, con Nina Rodrigues, Paulo de Carvalho-Neto y Paulo Barreto; agrupado a los antropólogos Arthur Ramos y Edison Carneiro, Gilberto Freyre y José Lins do Rego; con el musicólogo Mario de Andrade, la lírica de Jorge de Lima. Los puertorriqueños Luís Palés Matos y Julia de Burgos, Ildefonso Pereda, Fortunato Vizcarrondo marcan la visión más radical en el caribe hispano. A ellos se suma el dominicano Manuel del Cabral. El cenáculo se fortalece con León Laleau, Gilbert Gratian, y el haitiano Jean Price Mars.

A esta estela se sumaría luego otro circuito que gestaría obras cardinales y distintivas de la experiencia afro-descendiente en América Latina, con un lenguaje propio que contribuyó a evidenciar el campo de la inhumanidad. A este circuito pertenecen el teórico martiniqués Franz Fanón, el colombiano Manuel Zapata Olivella, la uruguaya Virginia Brindis de Salas, el ecuatoriano Adalberto Ortiz, el cubano Rogelio Martínez Furé, y Derek Walcott, de Santa Lucia, premio Nobel de Literatura en 1992.

De tal manera que tanto en la Passion noire, de Alejo Carpentier, como en la Antología negra (1921) del senegalés Blaise Cendrars, son comunes las voces sobre los conflictos raciales y el neo-coloniaje.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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