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La ‘negritud’, un tema olvidado (II)

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La ‘negritud’, un tema olvidado (II)

Eusebia Cosme en una imagen de archivo

La ‘negritud’, un tema olvidado (II)
Diciembre 21
14:38 2015

 

Cultura y nación no siempre encajan y en América no han logrado su simbiosis debido a la consideración de atribuir al factor raza una importancia antropológica amorfa. En Cuba existe el engendro endémico de la discriminación racial, que trasciende al ámbito cultural.

La unidad era necesaria para la criollada “a la delmontina” por ser una necesaria conciencia para sí como determinado grupo social. El conquistador europeo, el descendiente del conquistador y posteriormente el fruto del colonizador, nacidos en América, dogmatizaron cada uno una unidad desde una diversidad que les era propia y desde disímiles horizontes de comprensión.

De ahí la idiotez de nuestros primeros evangelizadores que trataron de redescubrir en las tradiciones míticas pre-colombinas al Evangelio, así como “raíces hebreas” en las lenguas indo-americanas. Ya en pleno siglo XIX se montará la definición de “América Latina”; luego, en el siglo XX, se hablaría de “Hispanoamérica” a lo Retamar, de “Iberoamérica” a lo Lezama, de “Indoamérica” a lo Darío, o de “Euroamérica”, etcétera.

La emancipación de las colonias españolas no atravesó la descolonización cultural que franceses, ingleses y holandeses presenciaron en el Caribe y en el orbe afro-asiático. Este encuentro de culturas que aún se perpetúa, es un acertijo que pocos investigadores en América Latina se atreven a tocar. De ahí parte que los estudios de la inter-culturalidad se han visto encarcelados en nichos de “especialistas”, y todo porque aún vemos la realidad con los ojos de los colonizadores o de los colonizados.

La ‘negritud’, un tema olvidado (I)

A diferencia de Cuba, que olvidó al primer novelista de la negritud del continente, a Martín Morúa Delgado, y a su más señalado etnólogo, Rogelio Martínez Furé, en Haití los intelectuales afro-descendientes se sindicaron alrededor de Price-Mars y batallaron por proveerle categoría a su herencia de valores originarios del África, y pienso que tal cosa suscitó el surgimiento de la négritude. Price-Mars induce la nueva visión de los antillanos con respecto a la historia y las culturas africanas, así como el patrimonio de las mismas en las culturas negras de América.

Si durante la “negritud” los intelectuales antillanos buscaron afanosamente re-apropiarse de su historia, en un reintegro al África original, retrayéndose del abstraccionismo revolucionario avant-garde occidental para contribuir a una antropología crítica, como la versión lírica Le Cahier, en Cuba la negritud no adquirió espacio cultural, y menos político, sobre todo al consistir en una voluntad de recuperar una de las dos culturas originales.

La obstinación de la intelligentzia euro-cubana nunca ha sido la de interrogar la memoria y sus contradicciones de los cuatro siglos de historia antillana, la de interpelar la perversión narrativa de un Francisco de Arango y Parreño, de un Francisco Calcagno, de un Jorge Mañach, de un Ramiro Guerra que postergan al negro-mulato; nunca ha sido la paciente exploración de un pasado y un presente de los desterrados de la realidad.

Una figura poco manejada y que sin embargo influyó e impactó en toda la América negra en las décadas del treinta y cuarenta, incluso en los Estados Unidos, fue la declamadora santiaguera Eusebia Cosme y Almanza, la cual glorificó el verso antillano de raíz negra, y pudiera considerarse como una de las pocas representantes de la negritud cubana y expositora de la identidad de origen africano.

Sin dudas en ella influyeron los renombrados músicos negros santiagueros Mariano Mercerón, Electo Rosell (Chepín) y Bernardo Chauvin. Cuando actuó en la Sociedad Cultural Lyceum de La Habana, en 1934, asistieron a su debut todas las figuras nacionales que debatían la negritud, como Fernando Ortiz, José María Chacón, Salvador García Agüero, y el poeta e historiador literario español Guillermo Díaz Plaja, entre otros; allí interpretó a Ballagas, a Díaz de Villegas, a Guillén, a Andrés Blanco.

Al glorificar el verso negro, la Cosme se erigió junto a Césaire como la figura que simbolizaba la negritud en todo el Caribe, inaugurando una vertiente cultural específica de lo afro-cubano y antillano, la declamación de la poesía antillana negra, como un fenómeno de la transculturación, al calor de la cual se formaría luego Luís M. Carbonell, conocido como el “acuarelista de la poesía antillana”. Junto a Josephine Baker, Eusebia Cosme era la figura femenina negra más aclamada en este hemisferio. Sus triunfos la llevaron a todos los escenarios del continente y a los Estados Unidos.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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