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La niña que jugaba con su sombra (I)

La niña que jugaba con su sombra (I)

La niña que jugaba con su sombra (I)
junio 25
14:38 2015

La Habana de aquellos años se manifestaba en las noches y en la ausencia de luz, pero no en las sombras que acompañaban sin reproche a quien no se tenía más que a sí misma.

Inés recién sobrepasaba la edad de la peseta. Su morada era un cuarto de un solar cuyos habitantes compartían baño, escalera, sala y sofá con otras familias. Vivía con sus padres divorciados, divorciados tanto el uno con el otro como el otro con el uno. Y, a su vez, más divorciados con Inés que entre ellos.

Nunca nadie supo –tampoco pensaban en eso– cómo el charco de agua de la entrada del pasillo se mantenía siempre lleno. Quienes hubieran visto el rostro de Inés que diariamente se reflejaba en él, no hubieran sospechado –menos aún pensaban en eso- que su reflejo, el de ella, el del charco, era la cárcel donde se sentía segura, único sitio de redención.

El día en que murió su abuelo se sintió ya casi por completo sola. Era un señor de baja estatura, arrugado, y su asimetría facial estaba acentuada por una ptosis palpebral congénita, la cual, con los años, lo había casi cegado de su ojo izquierdo. Se llamaba Nemesio, pero todos en el barrio le decían El Tuerto, apodo por el cual, a fuerza de la costumbre, respondía sin el más leve complejo.

Nemesio era adicto a los juegos y, sobre todo, muy dado al cubilete. La noche en que el navajazo fatal atravesó su hígado había decidido más nunca poner un centavo a los cubos de reyes, jevas, gallegos y negros.

El dolor fue tanto que, de haber sobrevivido, jamás hubiera podido ordenar la sucesión de imágenes que afloraron a su vista –quizá no es el sentido más indicado, puesto que los ojos no podían estar más cerrados– en aquel milisegundo, el último consciente de su vida, en el que recordó: “Nemesito, deja la peseta dentro elitroeleche”, gritaba su madre en el remoto pueblo de La Maya. “Carajo, chiquito, ya te me eres un hombre, siéntate aquí, con tu padre; al principio te arde, pero jala el aguardiente duro pa’bajo, que se te pasa”. “Mira papá, nació tu nieta, si tiene tus mismos ojos, sólo ha parado de llorar ahora que te vio”.

Por alguna razón Inés no lloró en el velorio de Nemesio; quizás, al ver el cuerpo sentía la presencia de su abuelo. En el camposanto, luego de la rutinaria ceremonia católica, mientras descendían el féretro hacia el hueco guiado por la gruesa y deshilada cinta verde de los sepultureros, la niña permaneció callada.

Se mantuvo desvelada casi toda esa noche y, momentos antes de quedar dormida, tuvo una sensación de soledad que le estrujó el pecho. ¿Vaticinando quizás días tristes, ásperos, incómodos? Sí, sonreiría luego con menos frecuencia e intensidad.

–Inés, llegó tu abuelo, baja rápido que se enfría…

Sobre el autor

Carlos Manuel Aniceto

Carlos Manuel Aniceto

Carlos Manuel Aniceto es Doctor en Estomatología graduado en la Facultad de Estomatología de La Habana en el año 2011. Desde edad temprana tiene vínculos con la radiodifusión y la promoción cultural y ha trabajado como galerista. En el 2014 se radicó en Miami y es cofundador de Ediciones Niké.

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