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La niña que jugaba con su sombra (ll)

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La niña que jugaba con su sombra (ll)

La niña que jugaba con su sombra (ll)
septiembre 14
00:20 2015

 

Las maderas del piso rechinaban a cada paso y al bajar por la escalera maltrecha advirtió que los murmullos cesaron. Los ojos de su madre le esquivaban la mirada. Su padre, lejos de permanecer, salió enseguida por la puerta dejando en casa su aura de alcohol y mal aliento.

La silla de Inés sí era la misma, y la niña se acercaba cada vez más despacio, cada vez con menos ganas de llegar.

Al sentarse la frialdad se acentuó. La madre le explicó: cosas de la vida, que si unos se van para que otros vengan, que mujercita al fin lo iba a entender todo, mientras la niña tragaba la sopa salada de fideos.

Entretanto, volvió la imagen de Nemesio, el abuelo muerto, a las pupilas de Inés desde un cuadro, el único colgado en la sala. Se integraba con la pared que exhibía, mediante sus cortezas, muchos colores y, gracias a la humedad, más tonalidades. La fotografía había sido tomada bajo un sol vespertino, de esos que queman, que se combinan con la sonrisa para sentenciar arrugas.

Sonaron unos golpes a la puerta por cuya rudeza se podía asumir que no se respetaba la solemnidad del asunto. Cuando Estrella abrió y vio patrullas policiales estacionadas, más a siniestra que a diestra, se desconcertó aún más. Entraron.

Texto relacionado: Primera parte  

Luego de un protocolo verbal rudimentario, mal articulado y peor pronunciado, se llevaron a Inés con la excusa del “testigo visual”. La psicóloga que la llevaba de la mano, cuya delicadeza desentonaba con lo atroz de la situación, le decía algo al oído, de forma que la niña salió con menos dudas que con las que se quedó la madre.

Ines encontró un modo particular de pasar el rato que estuvo en la estación: formar cabezas de animales creando sombras con la posición de sus manos. Era un juego divertido y se había tornado más interesante con el tiempo.

Cuando terminó de hablar con el agente fue que en realidad pensó en las preguntas que este le hizo. Le dieron ganas de recordar, pero un reflejo, bastante condicionado, la hizo volver al presente. Tenía que verlo, tenía que hablar con él, tuvo que haber sido un error; era su mejor amigo.

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Sobre el autor

Carlos Manuel Aniceto

Carlos Manuel Aniceto

Carlos Manuel Aniceto es Doctor en Estomatología graduado en la Facultad de Estomatología de La Habana en el año 2011. Desde edad temprana tiene vínculos con la radiodifusión y la promoción cultural y ha trabajado como galerista. En el 2014 se radicó en Miami y es cofundador de Ediciones Niké.

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