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La noche del cangrejo

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La noche del cangrejo

La noche del cangrejo
octubre 02
23:42 2017

Acabo de descubrir en el muro de Facebook de Norma Gálvez Rey la foto del monumento al cangrejo en Caibarién, símbolo de esa ciudad. Una madrugada amanecí bajo ese cangrejo de piedra pero no recordaba cómo era en realidad, lo imaginaba más grande.

En 1993 mi amigo Rodrigo Zúñiga y yo viajamos de Cienfuegos a la Villa Blanca para, de acuerdo con un grupo local, apoderarnos de un barco camaronero y escapar rumbo a EE. UU. (en uno más de varios fallidos intentos de fuga de la isla, el exitoso ya lo he narrado en el pasado). Habíamos aguardado en la casa de un pescador cercana al muelle a la espera de la hora cero. Había un calor de mil demonios y millones de mosquitos como flotilla de diminutos helicópteros atacando en picada. Estábamos en el piso, intentábamos dormir, a mi lado una chica trigueña cuyo rostro no recuerdo, entre su piel y la mía un mar de sudores, temores y tensiones. La eterna pulsión entre Eros y Thanatos.

Alguien dio la señal y avanzamos rumbo al muelle, yo portaba una hoja de acero con una pantera negra en el mango nacarado. Alguien portaba un revólver 38 Smith & Wesson del año de la Martinica. Parece que un puto dio un pitazo pues, nada más acercarnos al muelle, abrieron fuego contra nosotros con ráfagas de AK-47.

Cada uno se dispersó por donde pudo. Zúñiga y yo nos mandamos a correr sin rumbo, pues no conocíamos la ciudad. Atrás, contra el pavimento, traqueteaban los ñangaras el instrumento. En mi vida siempre ha habido un punto en que los hados, en el momento más tremendo, vienen en mi ayuda y me sacan por los pelos; así, en el nombre de Dios he escapado a tiroteos, naufragios y broncas sin cuento. En ese punto de vida o muerte es que vimos, a la salida de Caibarién, el monumento al cangrejo y nos metimos de cabeza por entre sus muelas protectoras.

La monada, en sus carros patrulleros en parafernalia de luces, pasaba chillando gomas por la rotonda en torno al cangrejo, los jejenes atacaban con suma saña, ya cercano el amanecer los monos de la madre que los excretó empezaron a amainar en sus pases: más oscuro es cuando está a punto de amanecer. Esa noche había una lluvia de estrellas y cada vez que uno de aquellos malditos meteoritos –lo bendito se transmuta cuando los hados lo procuran– surcaba, rajaba la negritud del cielo con su estela de luz. Yo pedía con fervor, con furia, con ferocidad, acorde con la tradición: Dios mío, haz que salga yo pronto del infierno de esta isla.

Justo antes de que aclarara, un ómnibus empezó a frenar frente al cangrejo al pasar la carretera y, sin pensarlo, nos mandamos a correr y lo abordamos a tiempo: era el primer ómnibus de Caibarién a Santa Clara. Apestábamos a mil demonios encabritados. Tomamos asiento cerca de la puerta de salida, por si la suerte terciaba mal. Bajamos la cabeza como si estuviésemos dormidos y, al final, nos dormimos para despertar en Santa Clara.

¿Dónde estará aquella chica cuyo rostro nunca vi? ¿Dónde los milicos que dispararon? ¿Dónde los fianas que en sus patrulleros nos buscaron?

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Sobre el autor

Armando de Armas

Armando de Armas

Armando de Armas (Santa Clara, 1958). Escritor y periodista. Ha publicado, entre otros libros, las colecciones de relatos “Mala jugada” (Miami, 1996) y “Carga de la caballería” (Miami, 2006), la novela “La Tabla” y el libro de ensayos “Mitos del antiexilio”, traducido al italiano por el sello Spirali. Su último título publicado, “Caballeros en el tiempo”, fue editado por Atmósfera Literaria en Madrid. Es Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017. Reside en Miami.

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