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La otra metamorfosis

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La otra metamorfosis

La otra metamorfosis
septiembre 08
22:03 2015

 

Aunque fuese raro amaneció esta vez cerca del mar, en unas lanchas manchadas de petróleo que utilizan para varios trabajos, entre ellos, para entretener a los turistas briagos, que al pagar sus paquetes inflados de publicidad desde sus países ya no pueden decir otra cosa –Esto es absurdo. Pero lo merecen por hacerse los ingenuos en La Cultura del Engaño. Le estorbaba una protuberancia en sus alas duras, más que escudo de protección era una mano, abierta. Aferrándose a cualquier cosa por sobrevivir, inestable, que no lo dejaba siquiera volar. Una mano que salió de sus entrañas de insecto, parecía no obedecer a sus movimientos, y que aún no entendería. Porque le faltaba emerger el cerebro.

Entonces, se revolcó dentro de la vieja lancha con un enorme falo que expulsaba del tórax, y tampoco le permitía levantar sus patas traseras para echarse a volar. Un falo flácido que doblaba varias veces su tamaño de insecto. Le era difícil lidiar esa batalla al pobre animal bocarriba, deshacerse de una mano desobediente y de un falo, sin fuerzas, sin haber probado el zumo de la uva madura. A cada rato la mano le daba unas palmadas de alivio al insecto, como estruendos en sus alas inútiles, otras veces, el jalón era para el falo tibio y medio dormido, que parecía un nuevo intruso en la cadena alimenticia.

Carta a su novia, Felice Bauer: “estas cosas proceden del mismo corazón en cuyo seno vives y que toleras como hogar. No te entristezcas por ello, porque, quién sabe, cuanto más escriba y cuanto más me libere, más puro y digno seré quizás de ti…”. Frank Kafka.

Después de media hora, la mano logró saltar de la paupérrima lancha y deshacerse de una cabeza de pescado maloliente. Corrió rápidamente a la maleza cruzando el tramo corto de arena lleno de sargazos podridos que nadie limpia. La playa está prácticamente vendida en lotes a un sector turístico que adolece de la calidad en los servicios. ¡Estúpida sustentabilidad! Todavía amanecía, el lugar iba poblándose poco a poco, los primeros en llegar a la playa eran unos tipos con detectores de metal con más tiempo que oro, dos gordas caminando con su pizza de doble queso y un licuado light, a paso doble esa ilusión carísima, en tramos cortos para no sudarse con sus alhajas, vestidos y perfumes baratos, muy cerca dormían unos drogos junto a sus dragones de rayas azules y empapados de luz, también amanecía un practicante en Baddhak onasana (con sus brazos hacia atrás, propio de esa posición, y con el rabito del ojo se había percatado de la mano pegada al insecto corriendo al matorral del lote, que, por cierto, la primera casa del ejido era de cartón y madera cayéndose con una flamante antena de Dish, a pocos metros del Hotel que se impone por su tamaño, no por sus acabados de mal gusto).

La jungla decapitada es otra cosa, escondiendo miles de orquídeas, bromelias y helechos, aún sobrevive de la maquinaria pesada a unos kilómetros de allí. También amanecía en la playa La Miss Riviera, una canosa como esqueleto rumbero ¡Hellouu!, paseando en sus tres gatas operadas toda la infertilidad de la tierra, y tres hilos dentales kafkianos que invitaban al divorcio, la playa está llena de ególatras y gente bailando para olvidar (esa belleza que se desvanece en la tragedia, como el Philodendron trepando el árbol, alejando su veneno). Algunos turistas no salen de su área restringida del Hotel, sus dólares sufren la pésima oferta del turismo cultural, y sin decir nada más se beben toda la desventura. Y los llaveros sobran. Del resto de la flora y fauna ni hablar, es otro cuento… Es divertido mirar por una ventana, pero mi tuberculosis me devuelve a la cama.

Habían pasado tres horas en la maleza cuando le empezaron los dolores de abdomen al insecto, su tritocerebro crecía rápidamente, y al mismo tiempo se dio cuenta de una pérdida del campo visual. ¡Carajo!, pero ya podía controlar la mano a su antojo, arrancar una naranja entera, Quien lo diría, se dijo ¡Carajo!, agarrarse de algunas ramas, liberar sus alas. ¿Y para que servía ese enorme falo? Dale dale, jala, estira y encoge. Parecía agradable experimentar cosquilleo, olores y fluidos. Otra vez las brasileiras y sus hilos dentales paseaban cerca. El insecto, la mano y el falo encontraron más sosiego, su zona de confort. No había miedos. Ni a expresar lo que piensas. Porque la Soledad no es un miedo, sino un timón sin frenos, un injerto del amor. Y eso también es relativo.

Bueno, cualquiera se acostumbra a los placeres de la vida, hasta que llega la desleal competencia (esa política de que todo se vale). La defecación se acumulaba, la mano que se había alargado de tanto jaloneo solo quería jugar con el falo, sin preocuparse por cambiar de lugar, sin importarle que tenía cerca las caletas preñadas de uvas, la pestilencia era insoportable, el ano y la nariz crecían al costado de los élitros.

El insecto ya no era solo un insecto, experimentaba ese conflicto de los deseos por encima de la realidad, extraña supervivencia, y mezclaba sus intentos de volar con imágenes en su cabeza, y alguna que otra articulación de palabras, y la mano seguía apretando el falo como el tronco de un ficus. Y cuando parecía que se iban a hundir en la mierda crecieron al mismo tiempo otras tres extremidades. El insecto dejó de ser tenaz y olvidó esos vuelos de libertad, y comenzó a caminar. Erecto. El falo también. No se hizo esperar el escándalo del vecindario al ver esa cosa desnuda, maloliente, inconclusa, con un abdomen muy segmentado y una genitalita viva. Miss Riviera, que piensa que la educación es un Excel, entró en un ataque de neurosis en sentido contrario de sus gatas infértiles que aprovecharon para liberarse del yugo de esa huesuda ¿Hacia dónde correr para esconderse de unos policías que perseguían al insecto en cuatrimotor? La maleza no era muy profunda y estaba llena de claros deforestados, donde unos muchachos se reían con marihuana y unas gringas emocionadísimas de tanta libertad con el humo, el falo se alebrestó y no quería seguir huyendo, tropezando con una de esas bocas tersas. Durísimas duras horas. La policía negoció con los jóvenes y se fue.

Ella relajadísima, con esas nalgadas apuntando al cielo. El hombre-insecto, llamémosle así, había experimentado un temblor inexplicable, iba a recordarlo como el único sentido común de esa nueva vida. Porque esa es la vida, un temblor irrepetible. El resto de sus días fue una persecución, por ser diferente a los demás ¡Monstruo defectuoso! ¡No te pones corbata y traje gris ratón! ¡Ni marchas en fila india al desfiladero del cielo eterno! ¡Eres un pájaro pintado! – Tranquilo Kosinski, me dije– Esa gente no te lee. Su metamorfosis se detuvo a medias por el estrés (esa tensión emocional que ignoran los insectos), su lenguaje no lograba articularse al buscar trabajo en las tantas pizzerías llenas de moscas apetecibles. Muchas veces no reconocemos que cambiamos de parecer repentinamente, y a su vez, no dejamos nunca de ser lo que fuimos. Por miedo luchamos, y perdonaba a una hormiga encima de unas migajas.

Necesitaba más que eso. El insecto ahorraba dinero para rentar una pensión cerca de la Quinta Avenida y comprarle marihuana a su belleza americana, además de negociar con la mano y el falo que gozaban de cierta disidencia. Entonces Cuc Cuc (el practicante de yoga) le ofreció su casa – Feriado, te llamaré así porque hoy no se trabaja, son días de cuaresma. No le entendí eso a Cuc Cuc ¿Para qué sirve el tiempo litúrgico si apenas puedo volar par de años? Feriado lo tenía bien claro, lo traía en sus genes, no perder el tiempo. La saliva en la boca.

El hombre-insecto le preguntaba y le preguntaba sin entender, mientras que Cuc Cuc prendía unas velas arrodillado y respiraba fuerte. Un suspiro le dio la respuesta, ese dolor suave de la melancolía se apoderó en su brillante tórax, sintiendo compasión por Cuc Cuc medio borracho y convertido en águila blanca debajo de sus atuendos, también la compasión alcanzó a Miss Riviera demacrada sin sus gatas infértiles, y a las brasileiras con bikinis de madres solteras planchando un bulto de ropa masculina en la cocina, por las gordas más gordas, por los tipos cargados de metales que fueron asaltados antes de llegar al Hotel, por los drogos tristes al caer del avión abrazados a una toalla llena de arena, por la exasperación de todos los hombres de la tierra. Hay excepciones, un escritor del hambre sobrevive por su vagina dentada más que con las palabras, y se dirán otros discursos sobre el laberinto de la salvación y de los más honestos que su madre, etcétera, pero el desgaste emocional (esa otra metamorfosis), los sangrados logros, esa miseria humana lo dejó extenuado, y entrar en un profundo sueño. Roncaba expandiéndose los segmentos del tórax, y movía las tenazas masticadoras de su boca. Soñaba para poder vivir. Claro, con la riquísima gringa respingada en la memoria. Para no despertar más.

Estoy convencido que somos hombres insectos. ¡Al carajo los monos! Cada caparazón es un mundo. La metamorfosis es volver a nacer, pero con las antenas alertas. Pero hay un dilema. ¿Nos dieron el raciocinio para no ser felices? ¿A quién le cargamos la ironía de la vida, a Dios, la Madre Naturaleza, los partidos políticos o a nosotros mismos? Sin cambiar en el fondo, me dije esta vez por dentro porque lo dijo él. Mi tos es un rayo que no me deja pensar, fractura al más dulce amor. Ella no volverá, no suelen volver cuando se delata la lejanía en los ojos de una mujer.

La vista inhóspita de la ventana del Hotel que se perdía en el mar se cerró de un tirón ante el huracán Hermann. Se trabó. Tanto azul lastima a un tuberculoso como yo. Perdí la comunicación. Nadie tocaría a la puerta. Llevo meses esperando, tal vez dos años. El encierro te afila el sentido común, y a ratos la guitarra de Guns and Roses te levanta en peso el corazón medio flaco, hambriento, vuelas por el desierto buscando a la rosa que no quiere ser cualquier rosa acariciada, por toda la habitación al mismo tiempo, por el sanatorio, y por esa lancha manchada de petróleo y sargazos en tu boca, o te dejas caer en las discusiones de una sobremesa judía.

Porque no soy él si no lo eres tú también. Más que vasos comunicantes son perros del infierno, así son las palabras. Así es la desesperación. Bukowski de cabeza. No bastan para olvidar porque no olvidas. ¿Qué hay detrás de esos muros imponentes en las mansiones? Ignorancia, mucha ignorancia, le dijo el poeta a Elena, más Tamargo que Troya.

Tengo que romper el hielo y abrir las puertas para que entre una ráfaga de aire y me sorprenda. Entonces, después del forcejeo abrí la puerta, destroce los vidrios de la ventana, y una ventolera me tumbó al suelo apoderándose de mis papeles para luego desaparecer. Me sentí exasperado, un cobarde –No te preocupes, nadie puede arrancarte la historia de la cabeza, estoy seguro que me lo dijo el hombre-insecto, la oralidad es la sublimación del lenguaje. El resto es una indiscreción de la vida, así que métesela con vulgaridad para olvidarla y lo olvidas a él, me dijo el hombre-insecto, desde no sé qué parte de la memoria, o escribe sin parar docenas de cuartillas que después quemaras, y vete a dar los buenos días entre dientes atornillados, y a conversar con los muertos que respiran en el cementerio, bajo la lluvia que limpia las lapidas, o sobrevivir con el borde de las pizzas que deshecha un poeta de Miami en sus versos. Tenía que descansar para ir por los resultados de unos exámenes médicos, pero estoy escribiéndome.

Un sobresalto me hizo abrir los ojos. ¿Del sueño a la vida? Sentí un violín a lo lejos y un olor a manzana podrida ¿Dónde estoy?

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Sobre el autor

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro

Ernesto Olivera Castro (La Habana 1962), escritor, editor, académico y promotor cultural, es también ingeniero forestal y diseñador. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Paula de Allende, de la Universidad de Querétaro, en 1991, entre otros premios y reconocimientos, y su poesía ha aparecido en antologías de México, Cuba, España y Estados Unidos. Ha publicado, entre otros poemarios, “Habitante provisional” (1994), “Cuarto menguante” (1998) y “Largo aliento” (2013). Recientemente, Neo Club Ediciones publicó su novela "Donde crece el vacío". Reside en Miami.

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2 comentarios

  1. nunu
    nunu septiembre 13, 05:39

    felicidades, cubano, me ha encantado tu texto…

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  2. Raiza
    Raiza septiembre 16, 13:26

    Hermoso. Besos

    Reply to this comment

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