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La palabra revolución ardía (poemas de José Mario)

La palabra revolución ardía (poemas de José Mario)

La palabra revolución ardía (poemas de José Mario)
octubre 01
05:06 2014

En la primera década de la Revolución cubana, José Mario (Güira de Melena, 1940 – Madrid, 2002) se estrena como poeta con la publicación de El grito en las ediciones de la CTCR (1960),  mientras estudiaba Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana; estudios que abandona en 1962.  Con ese primer poemario se inicia una fulgurante y ascendente trayectoria que se vio relanzada, aún más, al fundar la más tarde conocidísima Ediciones El Puente (1961-1965);  dando comienzo a  su  destacada labor de reconocido editor independiente. Esos pocos años, de poesía y ediciones, bastaron para  consagrarlo como uno de los jóvenes de su generación que más sobresalieron en el ambiente cultural habanero de aquella época.

Es en ese quinquenio inicial, que José Mario  ingresa en la UNEAC con veintidós años, a petición de Nicolás Guillén, y suma  a su tenaz  trabajo como poeta y editor, una frenética actividad lúdica en la bohemia capitalina de entonces.  Pero lo más brillante de su itinerario en la Isla es que fue capaz -en las precisas condiciones imperantes en la sociedad cubana de esos años-  de desarrollar un intenso trabajo literario que se reúnen en ocho libros publicados,  además de poemas publicados en diversas revistas literarias, como La Gaceta de Cuba y Unión, y de sonados recitales de poesía en el club El Gato Tuerto de la capital cubana, en 1964.

Por esos años, el joven poeta publica  siete poemarios: El grito (1960), La conquista 1961), De la espera y el silencio (1961), Clamor agudo (1962), A través (1962) , La torcida raíz de tanto daño (1963), Muerte de amor por la soledad (1965) y el libro de Teatro infantil Quince obras para niños (1961 y 1963).

Es célebre su detención cuando Allen Ginsberg fue expulsado de Cuba, aunque ya había sufrido innumerables arrestos e interrogatorios durantes esos años, hasta que en 1965, con la clausura de las Ediciones El Puente, es enviado a un campo de concentración: las mal llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

Su exilio se inicia en el verano de 1968, cuando abandona definitivamente Cuba, en un rocambolesco trayecto que le lleva de La Habana a Praga, de la capital checa a París y, finalmente, a Madrid. Es decir, pasa de la represión totalitaria caribeña a la primavera de Praga, al posmayo francés y al Madrid de las manifestaciones estudiantiles contra Franco. Mientras, en su patria,  dejaba no solo un importante legado como poeta, escritor y editor, sino que ya tenía toda una aureola de rebelde, de contestatario, de indomable que trascendía en múltiples anécdotas y leyendas que circulaban por una Habana que ya no volvería a ver jamás.

el-grito_jose-mario  Ya asentado  en el destierro, se instala brevemente en Nueva York y  recibe la Beca Cintas por dos años consecutivos. Con posterioridad, regresa a  su adorado Madrid, donde prosigue con sus actividades culturales con la creación de dos casas editoras: Ediciones El Puente (donde publica poemarios vitales para la poesía cubana contemporánea, como: Lenguaje de mudos (1970) del poeta cubano Delfín Prats y  No hablemos de la desesperación (1970) de su autoría, y La Gota de Agua, donde edita Provocaciones (1973) de Heberto Padilla y  tres poemarios de Isel Rivero: Nacimiento de Venus. Poema erótico (1980), Águila de hierro (1980) y El banquete (1981).  Pero su mayor proyecto y logro editorial fue publicar los 50 números de la revista literaria Resumen Literario El Puente (1979-1988), donde se publicaron separatas poéticas de los cubanos  Roberto Cazorla, Elías Miguel Muñoz, Uva de Aragón,  Arminda Valdés Ginebra, Mercedes Limón, Alberto Muller y Felipe Lázaro. Además, en dicha revista, colaboraron otros escritores cubanos del exilio, como: Gastón Baquero, Alberto Baeza Flores, Ángel Cuadra, Pura del Prado, René Ariza, Guillermo Rosales, Martha Padilla, Rolando Rossardi, Amelia del Castillo,  Alberto Guigou, Juana Rosa Pita, Edith Llerena, Pío E. Serrano, Pancho Vives, Rita Geada, Vicente Echerri, Lilliam Moro y Daniel Morcate, entre otros, y contó con la colaboración de pintores reconocidos, como: Waldo Balart, Justo Luis, Ramón Alejando, Eladio González, Jaime Bellechasse, Arturo Rodríguez, Miguel Cutillas, Lorenzo Mena,  Alfredo Alcain, Ceferino Moreno, José María Iglesias, etc.

En  su destierro español, José Mario publica seis entregas poéticas: su ya citado  No hablemos de la desesperación (1970 y 1983), Falso T (1978), Dharma (1979), Oración a San Lázaro(1980),  13 poemas  (1988) y la antología poética El grito y otros poemas (2000) con prólogo del poeta cubano Nelson Simón González.

Tras su muerte, dejó  inéditos tres libros: Swami y otros cuentos, la novela La contrapartida, sobre su experiencia en la UMAP, y el libro de ensayos Crónica / Crítica y Revolución cubana y póstumamente se han publicado: Dos poemas inéditos. In Memoriam (2003)). Introducción de León de la Hoz y Ediciones El Puente en La Habana de los años 60 (2011), de Jesús J. Barquet, editor.

A José Mario le tocó vivir una  Cuba donde la “palabra Revolución  ardía”,  una sociedad que cambiaba vertiginosamente a golpe de las transformaciones dictadas por el torbellino revolucionario, aunque él, con su carácter rebelde, supo sobreponerse con su criterio disidente, con su recorrido iconoclasta y logró provocar al nuevo régimen que se asentaba, convirtiéndose en un reconocido enfant terrible, en esos primeros años del gran cambio que sacudió a toda la Isla.

Él fue uno de los primeros poetas víctimas del castrismo y su ingreso en la UMAP solo vislumbraba la larga lista de  escritores cubanos que serían perseguidos y condenados  en décadas posteriores (Léase: Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Reinaldo Bragado Bretaña, Raúl Rivero hasta la reciente condena del narrador Ángel Santiesteban Prats, etc., un largo y lamentable etcétera que llega hasta nuestros días).

Si  bien, en esa Habana revolucionaria (1959-68) por la que transitó José Mario: de lujuria y protestas, de creación y persecuciones, el poeta trascendió como uno de los personajes más llamativos del mundillo literario de entonces, hasta transformarse en toda una leyenda de la bohemia poética para las más jóvenes generaciones posteriores.

    Esas vivencias habaneras –lúdicas y trágicas– contrastan con su posterior destierro madrileño donde las penurias y las necesidades de todo tipo jamás le abandonaron. Solo le acompañaba su permanente amor a Cuba. En tierra española murió solo, abandonado por un exilio sordo a todo proyecto cultural, mientras, en su patria, se prohibía su obra y era relegado al más criminal de los olvidos.

No obstante, si los represores intelectuales del 65 quisieron justificar el miserable ataque totalitario a todo lo que representaba El Puente – aún reconociéndolos como parte de la nueva generación literaria posterior a la Revolución– con aquella infamia de de ser “la fracción más disoluta” o que eran “malos como artistas”, las cinco décadas pasadas han demostrado no solo lo canallesco de esas frases, sino que la mejor respuesta ha sido precisamente la amplia bibliografía acumulada y la abrumadora constancia de la trayectoria literaria de todos los autores que publicaron en esa editorial habanera, residan en la Isla o en el exilio. Lo que sí ha quedado patente es que como poetas y escritores no han podido ser borrados de la Historia cultural cubana y  sus obras son cada vez más reclamadas y valoradas por los más jóvenes lectores de la Isla.

 

 ——————————————————————

Cinco poemas de José Mario (Selección de  Felipe Lázaro)

 

 

Bar

 

¿Cuál es su nombre, cuál es el nombre de ese sitio? ¿Cómo se llama?

Ni el aullido del agua entre sus ruinas ni la madera podrida de esos restos.

¿Cómo se llama el tiempo –cómo es-, cómo se dice?

Él habla de esos días, madera de esos bosques perdiéndose en el mar:

Discutimos, gritamos, nos fuimos a las manos y el tiempo era quien esperaba.

Ni tú ni yo: el tiempo.

Tan sólo los restos de ese sitio.

El lugar inevitable como otro cualquiera

donde algunos como tú y yo se dicen palabras que luego mueren:

“se fueron a los ojos,

se hundieron, se mataron, se hirieron”.

No cabíamos: ni tú en mí ni yo en ti.

Como las historias ridículas:

(Los personajes esos que gesticulan al fondo de alguna película cuya más importante

/escena está ocurriendo).

Los dos.

Como si no fuéramos, ¿quiénes? Ni más ni menos que los dos.

Los dos grandes consumidores de nosotros dos para el olvido.

¿Y ahora?

¿Cuál es el nombre de este sitio? ¿Cómo se llama?

Fui lealmente mísero perro hambriento, alcé las patas del recuerdo.

Nada de lágrimas, nada de ladridos, nada de escenas.

Se hunde a pesar de nosotros.

Se va por el mar bote remado.

Se hunde en el mar como en nosotros.

Porque el tiempo lo esperaba –digamos- “más de prisa”.

Porque él sabía que nosotros éramos el pretexto de su vida.

Y que su nombre alguna vez buscaría detalles en nosotros.

¿Y ahora?

Ya no hay gramolas, ni canciones, ni discos de Vicentino Valdés,

Ni mesas de madera, ni taburetes, ni botellas de ron, ni Coca Cola,

Ni intervalos, ni el viejo camarero que entra cansado y se equivoca

y nos pregunta: ¿Algo más?”, ni yo que grito: “¡Quédate, quédate, quédate

/ conmigo!”,

Ni un vaso que se rompe. “No nada más; tráigame la cuenta”.

El Morro está a lo lejos

los barcos dispuestos a ser ingeridos de otra forma.

De allá a acá para siempre sin un sitio.

Al menos como éste que se hunde sin un nombre;

sin que él sepa el papel que representa:

Como no sabremos, el nuestro nosotros.

Como hemos sido en cuanto a lo que nos tocaba sin saberlo:

(“Vivir con las palabras es una cosa: vivir fuera de las palabras es otra.

Vivir con la vida es otro asunto. ¿Cómo vivíamos?

¿Se vive? ¿Es que se vive? ¿Qué es lo que se vive?”):

Una noche parece bastar para toda la vida:

Aquella después de ver La Strada en Bellas Artes.

Te sentaste en el banco frente al palacio presidencial: llorabas.

¿Tú sabes lo que es eso a la una de la madrugada, debajo de esas luces

donde se oye el rugido del mar sobre las rocas y la luna es tan tremenda?

Pues sí: lloraste.

Saldré a caminarte: La avenida del puerto.

La Iglesia de Paula.

Las llamas de la destilería.

Las luces contra el agua. Los destellos en las piedras.

Los instantes clavados en el cuerpo mientras me siento en el muro del malecón.

Saldré a hundirme con ese sitio.

Rodearé sus maderas y su nombre que no conozco.

La virgen negra que está enfrente.

Santa Bárbara que está a su puerta.

Las voces que suben al embarcadero o bajan a perderse

con la lluvia

o una botella de cerveza

o en otras voces que no sé si son esas u otras

que he oído hace mucho.

El agua que asiste a devorarnos.

 

Participación

 

Los ojos salen, buscan el techo de la casa de enfrente.

La antena del televisor. Las ventanas azules.

Como de otra época u otro principio esa misma mirada te recorre.

Hondo a tu cuerpo como si él no fuera otro como lo crees.

Pero eres tú mismo el que lo sabes,

el que te lo has repetido noches y semanas:

“Debe ocurrir, debe ocurrir”, que un día me desconozca.

Las cortinas estén descorridas y penetre el sol;

el sol de otra época que no haya sido ésta que te tocó vivir

y de la que sin embargo tú no te arrepientes.

No podrás arrepentirte como de tantos otros sucesos que no fueron por predestinación.

Donde tú andas sin nadie y te has acostumbrado;

a esta ciudad de La Habana y su noche rota de una pedrada dentro de ti.

Esta ciudad a oscuras de tu alma en que creíste y ahora serás desterrado:

Viniste a conocer el odio, el miedo, la hipocresía;

las palabras benditas y las aborrecibles,

para que esta ciudad pueda vivir y tú obtengas el tacto seguro;

el dolor y la angustia por la que ella se hace conocer.

Llegaste en un época donde un mundo empezaba a consumirse

y había cosas esperando junto al fuego:

La palabra Revolución ardía.

Ardían las palabras como los muertos o torturados que viste al pie de cualquier esquina,

donde alguien jugaba al número de su  suerte

    sobre algún cadáver que todos habíamos provocado.

Surge el horror que pueden tus ojos y el recuerdo

-presa su imagen- indefinible.

Surge tu soledad como una espada o una hoja de papel dispuesta

a ser usada, escrita, o si es posible: rota.

 

 

Anti-clímax

 

Entro en La Habana a un bar que le llaman El Pastores.

Me acompañan dos amigos. El mar crece a lo lejos.

La noche pone su dedo sobre el puerto:

en esto un árbol yacía entre mis párpados

me soné la nariz y apareció un bosque

“carta blanca con ginger” abrimos las tres bocas

me abro la cabeza y un puñal pequeño me atraviesa.

 

Por la mañana tengo el primer vómito de sangre

de aquel bosque arranqué lágrimas que tuve

mucho tiempo sobre el pecho estaba desnudo y me

miraba otra piel y un diente pequeño nacía de mi frente

tuve un miedo terrible a no ser ya yo mismo.

Por la mañana mi madre me echa en cara todos mis defectos

sólo es que tengo miedo de ser descubierto y castigado

de por vida me desmayo escupes

sobre mis labios en silencio sobre el resto de mis días

hasta que te arrancas caes sobre mí que voy a morir en ti ahora

me doy cuenta que se trata de un día de septiembre

finalmente me arranco los ojos y pongo tu nombre

entre las cuencas vacías.

Por la tarde tengo el segundo vómito de sangre.

A esto se le llama morir por amor a lo Margarita Gautier

si me tomo una cerveza estoy completamente seguro

de que voy a ver a Dios  golpeo sobre la barra

te busco en una pareja que baila

porque sé que te he perdido entre tantos

mis dos amigos se matan a arañazos

una piedra suena sobre el bosque como una piedra

y otros me buscan como yo a ti te amo

desde mi pecho crece un buitre

te amo dolor mío todo empieza a morir

te amo amanece.

Mi madre hace la historia de todos los que han muerto en mi familia.

Por la noche tengo el último vómito de sangre

como en aquella historia que recuerdo

no sin algo de susto y vértigo a la vez.

Mi madre habla constantemente de los ojos azules de mi tío

te cuento aquella historia de mi padre irrumpo a llorar

salvajemente una curiosa me mira tú me aprietas las manos

descubres que me quieres o me tienes lástima

estoy asustado de tanta mentira,

pero me he salido con la mía y ya me perteneces

vivos afuera suenan la lluvia y el viento.

Mi madre copia estas palabras mientras vienen a buscarme.

 

 

Visto

 

Me he dado cuenta que ya no amo

No me ha dolido ni un rasguño no me lo noto por ninguna parte

Me busco en los brazos toco el cuerpo y ni una marca

Toda hacia dentro se me vuelca el alma

Me pasa como aquel que no conoce dice y no lo siente

No sé qué soy conmigo dónde he estado si vuelvo o si regreso

Me pesa un sol la vida

Me hieren como a un ciego las palabras

Hay nombres que se clavan en mis dedos: lugares órdenes venganzas

Nadie me escucha y ando corro estoy cayendo y mi enemiga la muerte

/se me acerca

Estoy tan solo que no hace falta que lo diga: basta con mirarme

 

 

 

En mi haber

 

-Ha habido desde que soy consciente

tantos decididos almuerzos, tanta delicia falsificada,

tanto darme cuenta del engaño de todos nosotros.

Nadie me ha querido: ni un relámpago ni un poco de agua,

ni la goma con que borro mi nombre,

ni los horrores que son tan míos y sólo yo los compadezco,

ni la máquina de escribir ni el automóvil,

ni la luz que sabe su último momento

cuando observa que voy a echarme para vencer el tiempo,

comerlo –destruirlo en mí- para ponerme luego a lamentarme,

a decir: “¿Qué he hecho?” “¿Dónde he estado?” “No lo merezco”.

Quisiera entonces espiar en cualquier parte donde se diera un beso,

donde alguien corriera su mano sobre un cuerpo hermoso,

donde alguien proclamase que se ha acabado todo y nos vemos:

sin señas sin subterfugios sin agonías

sin nadie con una mancha de penumbra y sangre entre los labios.

Pero estamos ciegos,

desde el principio estamos ciegos y compadecidos;

por lo que no conocemos y hemos creado con nuestro maldito miedo.

Pido un árbol donde recostar mi cabeza.

 

————————————————–

Estos poemas fueron seleccionados de la antología poética El grito y otros poemas (Betania, 2000),  128 pp. Prólogo de Nelson Simón González.

Sobre el autor

Felipe Lázaro

Felipe Lázaro

Felipe Lázaro (Güines, 1948), escritor y editor, fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la cultura cubana (1996). Ha publicado, entre otros, los libros “Las aguas” (1979), “Ditirambos amorosos” (1981), “Un sueño muy ebrio sobre la arena” (2003), “Gastón Baquero: la invención de lo cotidiano” (2001) y “Data di scadenza. Antología poética” (traducción de Gaetano Longo, Italia, 2003). Obtuvo la Beca Cintas (1987-88) concedida por el Institute of Internacional Education de Nueva York. Dirige la Editorial Betania.

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1 comentario

  1. YO NO TENGO APODO..YO ME LLAMO NILO jULIÀN
    YO NO TENGO APODO..YO ME LLAMO NILO jULIÀN octubre 06, 16:20

    …NO ME VA A ALCANZAR LA VIDA ENTERA PARA DESCUBRIR A LOS POETAS CUBANOS….

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