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La pretensión

Bahía de La Habana (foto de Daphne Rosas)

La pretensión
diciembre 15
22:22 2015

 

Julio sale de su casa a las siete menos cuarto de la mañana. Sobre él se desplaza un cielo gris, muy pálido, de nubes altas e infinitas. Camina encorvado. Va envuelto en un sobretodo maltrecho, agujereado en codos y axilas, ya sin botones, que sirve de poco ante la embestida de ese viento persistente que sopla desde el mar, encajándole el frío hasta los huesos. En la esquina no hay cola, así que llega, se para frente a la mesa y, sin siquiera dirigir una mirada a los funcionarios que ―también con cierta indiferencia― toman nota de su nombre, paga los cincuenta centavos y recibe sus dos patadas en el culo.

―Cualquiera diría que se está bajando la guardia en la esquina ―comenta, ya de regreso en su apartamento, mientras cierra la puerta a sus espaldas.

―¿Acaso no te dolieron? ―pregunta su esposa, entre ruido de cacharros, sin dejar de trajinar en la cocina.

―No ―contesta sin emoción.

―Entonces habrá que reportarlos.

―Bueno, tampoco debe ser fácil eso de estar pateando culos desde las cinco de la mañana, con este frío…

La esposa de Julio pone sobre la mesa los dos jarros humeantes de agua con azúcar y regresa a la cocina. Él se sienta despacio, con cuidado, en la silla más destartalada, apoya los codos en la mesa, y espera a que ella apague el reverbero y regrese con los mendrugos de pan. Ahora están sentados uno frente al otro, soplando y bebiendo su desayuno.

―El frío no tiene nada que ver con ese desgano ―opina la mujer, al tiempo que se acomoda sobre los hombros una manta sucia y raída, que ha recogido del piso a los pies de la mesa―. Ese turno hay que cambiarlo, a mí tampoco me dolieron las patadas de antes de ayer.

―No te metas en eso ―Julio habla en un tono ausente, distraído, soplando dentro del jarro y masticando el pan con fuerza.

―¿Cómo dices? ―de pronto, la mujer parece ofendida. Aparta su jarro, suelta el pan, mira a ambos lados como si pudiera haber alguien más en la pobre habitación y, bajando la voz, con ojos envilecidos por el odio, increpa a su marido― ¿Acaso te parece bien que esos dos estén gozando de ese puesto mientras nosotros nos estemos rompiendo el alma día tras día? Piensa por un momento nada más en todo el frío que pasarás hoy en esos muelles, cargando y descargando barcos de chatarra, vestido con esos harapos, mendigándole cigarros a los marinos… ¿Y yo? A la intemperie, en el Protestódromo, limpiando en cuatro patas las pisadas que dejaron los dos millones de personas que se reunieron allí para escuchar el discurso de ayer.

Julio oye sin escuchar, sabe que su mujer tiene razón, pero no se puede dar el lujo de perder el tiempo, ya es casi la hora de salir para el trabajo. Llegar tarde significa una patada en los cojones, y su capataz sí que pone entusiasmo cuando se trata de cumplir con el deber.

―Anoche yo se lo comentaba a Juana ―continúa la esposa―. Ese turno de pateadores se está corrompiendo. No les basta con solo trabajar en días alternos, tres horas por la mañana y dos al anochecer, ni les parece suficiente con la buena ropa que les han dado, incluyendo botas nuevas y abrigos, eso sin contar la comida, sino que encima no hacen bien su trabajo. ¿Qué coño se creen? No, en cualquier momento paso por la Estación y los denuncio por corrupción. Eso es robarle al Estado… A ver, dime: ¿te saludaron?

―No ―el pan en su boca le apaga la voz.

―Ya ves, también están abusando del poder. Si hoy no me saludan…

―Bueno, me voy ―anuncia Julio y se pone de pie con su jarro en la mano, masticando deprisa, arrepentido de haber tocado el tema―. No te busques problemas, es mejor que dejes las cosas como están ―y apura otro sorbo.

―Tú cállate, no pienso parar hasta que nos den a nosotros ese puesto.

―Solo recuerda que esa es una acusación muy seria. Necesitarás pruebas, algunos testigos…

―Hoy mismo reuniré a más de diez vecinos que me darán la razón.

―O que también querrán aspirar al puesto ―bebe hasta el fondo, y pone el jarro en la mesa con un golpe seco y certero como un punto final.

―Basta ya, Julio ―grita su mujer enojada, olvidando la discreción que ella misma se había impuesto en un principio―. Contigo no se puede hablar. Tu nivel de aspiraciones ya debe andar por el subsuelo. Estás acabado. Si aún caminas, es gracias a mí.

A Julio le queda una escasa media hora para recorrer a pie las ruinosas calles que lo separan del puerto. Así que deja a su esposa con la palabra en la boca. Baja de memoria las oscuras escaleras, adivinando los peldaños ausentes, y sale a la acera. Entonces pone rumbo norte, agarrándose el sobretodo con ambas manos a la altura del pecho, para que el viento helado que ahora le sopla de frente no se lo abra como las alas maltrechas de una enorme mariposa negra. Muchos obreros se le suman o pasan en dirección contraria. Todos caminan por el medio de la vía, sorteando los montones de escombros que interrumpen las aceras aquí y allá. Todos marchan a pie, sin cuidado de un tráfico que desde hace años no existe, atentos únicamente al siempre latente peligro de que sobre ellos se desplome un edificio o se desprenda un balcón.

En la esquina donde una vez estuvo la terminal de trenes, una brigada de Respuesta Rápida apalea a unos adolescentes. Los obreros apuran el paso, bajando un poco la cabeza. Julio observa de reojo. En el pavimento hay pancartas con textos que no le da tiempo a leer, pero que, de seguro, maldicen al sistema educacional por la reducción, a solo tres días, del período vacacional. De eso se trataba el discurso de ayer en el Protestódromo: Nuestros niños y jóvenes estarán mucho más seguros en las escuelas (…), fuera del alcance de las mierdas que transmite la radio imperialista, en medio de esta despiadada Batalla de Ideas que hemos sabido enfrentar desde hace tantos años (…) Es en nuestras aulas donde aprenderán el verdadero modo de seguir desarrollando a nuestra nación, más allá de lo que ya nosotros mismos hemos logrado alcanzar (…), forjándose como dignos relevos de sus aguerridos y entusiastas padres…

A esa hora de la mañana, las enlodadas calles de la Habana Vieja, atestadas de mugre y montones de escombros, son hervideros de hombres y mujeres espectrales, harapientos, desechos humanos que salen de sus madrigueras para dirigirse al trabajo. Los niños, peor vestidos, parecen ratas correteando de un lado a otro, registrando los basureros, o empujándose entre sí para lograr llegar primero al caldero del desayuno. Cada dos cuadras hay una de estas enormes ollas que dan prioridad al hambre infantil, antes de que los funcionarios a cargo los toreen como reses hacia las escuelas.

En mañanas invernales como esta, no es raro ver edificios multifamiliares que han ardido hasta los cimientos durante la noche. Sobre todo en los barrios más pobres y viejos, como los que rodean la bahía, los incendios domésticos son muy comunes, debido fundamentalmente a las fogatas que se prenden en sus interiores para espantar el frío, o para cocinar, de manera clandestina, algún bocadillo especial y mal habido. Pese a las advertencias del Gobierno, la gente no tiene otra opción que la de acopiar cuanta madera se pueda conseguir ―ventanas, puertas, marcos, vigas―, amontonarlas en medio de la habitación que ocupan, y encender fuego. Las mantas, los capotes militares, las lonas que pueden ser extraídas ―robadas― de algunas entidades estatales o del ejército, son muy caras y peligrosas. La familia que sea sorprendida adquiriendo ese tipo de cosas en el Mercado Negro, sufrirá más que aquella que perezca en las llamas de un incendio accidental.

Justo en la esquina de las calles Luz y Cuba, la policía y los bomberos se afanan en la búsqueda de sobrevivientes que pueden yacer atrapados bajo los carbonizados escombros de un edificio que se vino al suelo envuelto en llamas y que, a duras penas, han logrado apagar casi del todo. Los agentes exigen la cooperación de los cientos de hombres que pasan por allí en dirección al puerto. Muchos se resisten, temerosos de llegar tarde a sus puestos de trabajo, pero al final ceden derrotados ante la presión de las autoridades. Julio tiene suerte al no ser convocado y, simulando una cojera del pie izquierdo, continúa su camino.

Los obreros traspasan la verja de entrada a los espigones, y Julio, junto a otro grupo, se dirige al muelle 2. Ha llegado a tiempo por décima vez consecutiva, y sabe que nadie, al final de la jornada laboral, le disputará su derecho a dos cigarrillos extra. Contento, llega a la garita del capataz, lo saluda militarmente, firma el libro de entrada, y va a ocupar su puesto en lo alto de la grúa más empinada. Son más de veinte metros de altura, el ascenso es peligroso por esa escalerilla de metal, el viento bate más fuerte aquí, junto al mar, y el sobretodo estorba. Pero, con paciencia y pericia, logra llegar a la cúspide y refugiarse en la cabina. Ahora solo le queda esperar la señal que le hagan desde el barco, para comenzar la descarga de toda esa chatarra que tan sabiamente le ha sido comprada a Europa por un precio irrisorio. Ya se buscará el mejor modo de emplearla…

Julio mira al frente y ve el mar, gris metálico y erizado de frío. A su espalda, se extiende una Habana en el piso, demolida casi hasta sus cimientos. Una Habana que le recuerda las fotos de aquel Bagdad bombardeado hace ya tantos años por los americanos, cuando él era un niño aún, y hojeaba el periódico luego de que su padre terminara de leerlo. Pero en esta ciudad ―por lo menos desde que él tiene uso de razón― jamás ha caído una bomba imperialista, pese a los vaticinios del Poder. No, en este caso la destrucción ha sido manual y, por tanto, mucho más meticulosa. Hecha desde dentro, por los mismos ciudadanos, bajo la estrecha vigilancia del Sistema, y por culpa de un bloqueo fantasmal, etéreo, virtual, solo visible para los superdotados ojos de la magna dirección del país.

La señal le llega al fin con un silbato desde la cubierta del buque atracado bajo sus pies, junto al muelle. Julio tira de una palanca, y la grúa gime al despertar y se pone a trabajar. Allá arriba se está bien. Comparado con el duro trabajo manual de los estibadores, la posición de Julio es privilegiada. Una vez allá arriba, se puede decir que uno está a salvo de los periódicos accidentes que diezman a los obreros, lejos de la mano dura de los capataces, fuera del alcance de la policía secreta, solo con uno mismo. Libre para pensar, recordar, comparar, para disfrutar del placer que implica contemplar el mar, el cielo, soñando con la posibilidad de ―algún día― poder cruzar la línea del horizonte.

Pero esa plaza de operador en la grúa no fue fácil de conseguir. Pues antes, Julio tuvo que pasar muchos años allá abajo, cargando y transportando sobre sus hombros sacos y sacos de azúcar, cajas y cajas de armas, arrastrando en una carretilla kilos y kilos de chatarra, justo hasta que el operador anterior muriera de un infarto en su torre celestial. Luego vinieron las interminables reuniones para designar al nuevo gruero, no se necesitaba al más capaz, sino al más anodino, al más callado, al menos inquieto ―al más comemierda, como se atrevieron a murmurar algunos cuando, sin temor a equivocarse, el jefe de brigada apostó por Julio. Ya han pasado cinco años, y resulta que ahora su esposa quiere bajarlo de allí.

Patear culos en la mañana y la tarde no es una mala opción después de todo, pues implica, entre otras cosas, un cargo de funcionario público, con las prerrogativas que semejante puesto lleva consigo, a saber: Buena ropa, un nuevo par de botas cada mes, comidas regulares que pueden ser preparadas en casa, no en esos fogones colectivos donde se cocina el barrio entero. También se tiene derecho a un televisor para estar bien informado sobre la actualidad nacional e internacional, con el fin de salir al paso de cualquier elemento disidente o alborotador que intente confundir a los ciudadanos simples, haciéndose eco de la propaganda enemiga. Por supuesto, también está ese dos por ciento, nada despreciable en estos tiempos, sobre los ingresos que se logren diariamente con la asistencia masiva de cada hombre y mujer mayor de veinte años que habite en esa misma circunscripción. Julio confía en el poder de persuasión de su esposa, sabe que con ella en el cargo, nadie se negará a esa cotidiana prueba de adhesión incondicional al Sistema.

Sin embargo, la cosa no sería tan sencilla, ya que no se puede tener todo al mismo tiempo. De hecho, para optar por aquella plaza, Julio tendría primero que renunciar a la grúa, lo cual es arriesgar bastante. Por tanto, no hay que precipitarse. En este caso, hasta su aguerrida mujer tendrá que andar con cautela, pensar bien las cosas, planificarlo todo. Al fin y al cabo, esa pareja no iba a renunciar a la lucha así como así. Ellos defenderían su puesto con uñas y dientes. Si se fallaba en el intento, Julio y su mujer se las verían negras en el futuro, hasta podrían enfrentar cargos por difamación. ¿Acaso no se acordaba de Esteban? Algo similar le había pasado a ese amigo suyo, y el pobre hombre ya llevaba más de diez años en prisión.

Ese dilema marca el estado mental en que transcurre su día laboral y, cuando al caer la tarde, Julio, luego de volver a someterse a las dos patadas en el culo, entra a su apartamento, descubre que su esposa lo ha estado esperando con la mesa servida.

―Me extrañó no verte allá abajo ―dice él y le da un beso en la frente.

―Juana cocinó nuestra comida con la suya ―y bajando la voz, haciendo un gesto de fastidio, sentencia―. Ya no soporto a esa gentuza de allá abajo. Esa cocina colectiva se ha convertido en la Meca del chisme.

Julio se lava las manos en el cubo del baño, acto seguido se quita el sobretodo y se sienta a la mesa.

―Ya lo tengo todo pensado y decidido, Julio ―susurra la mujer―. Mañana les pongo la denuncia a los pateadores.

―Ya veo que sigues con lo mismo ―prueba la sopa y logra disimular el asco que le produce el olor tan penetrante y nauseabundo que le sale al caldo.

―¿Qué tú quieres? ―le reprocha ella, perdiendo un poco la compostura― Qué bien se ve que no eres tú el que hace el trabajo más duro.

―Yo sé bien que tu trabajo de limpieza en el Protestódromo es de perros, pero entiende que no será fácil sacar a esa gente de ahí.

―¿Y qué carajo es fácil en este país? ―le grita― Ellos están haciendo un mal trabajo, Julio, entiéndelo de una vez. ¡Coño, viejo, qué bruto eres!

―Tú eres la que tiene que entender que eso no es tan fácil probarlo.

―No me irás a decir que te dolieron las dos patadas de esta tarde.

―No podría precisar a ciencia cierta ―dice meditativo, pensando en su trasero―. Después de todo, uno viene muy cansado del trabajo.

―De todas formas, Julio, el discurso fue muy claro, la orientación del Partido fue bien precisa. El texto estuvo saliendo en el Grandma por más de quince días:

(…) La ciudadanía pagará por las dos Patadas de la Dignidad. Serán dos en la mañana y dos en la tarde a veinticinco centavos cada una, o sea, la ridícula cifra de un peso diario―en el token nacional. Cualquier otro país del mundo cobraría mucho más, pero nuestro generoso Estado está dispuesto a subvencionar los gastos de esta nueva iniciativa. Lo importante es que cada hombre y mujer se sienta feliz al tener la posibilidad de demostrar su fidelidad incondicional a la Revolución. Eso sí, no queremos blandeguerías de ningún tipo, cada patada deberá ser certera y fuerte. A tal efecto se designarán funcionarios capaces, de probada lealtad al Partido, revolucionarios a toda prueba que no vacilarían ante la edad o el sexo del culo que tengan delante…

―No sé tú ―dice la mujer―, pero yo recuerdo aquel editorial del periódico como si hubiera sido ayer.

―¿Y si esa acusación no es suficiente? ―al tragar, Julio procura que la sopa se demore lo menos posible en su paladar.

―Ya tengo varios testigos. Además, seguiré investigando, pues parece que ellos cobran dos pesos a algunos disidentes que no quieren someterse a las pateaduras. O sea, que los extorsionan, les cobran más y no los delatan.

Julio termina de comer y no abandona su puesto. Aparta el plato, enseguida enciende uno de los cigarrillos que se ganó hoy, y se queda fumando, acodado en la mesa. Su esposa continúa comiendo sin parar de hablar.

―Recuerda, Julio, que según la Ley, si logramos que los encierren, también tendremos derecho a ocupar su casa ―y haciendo un gesto con la cuchara que abarca todo su entorno, concluye―. Esta pocilga se vendrá abajo cualquier día de estos.

En ese momento la puerta se abre de golpe. Tres uniformados con armas largas ocupan la habitación, y un capitán entra despacio, contoneándose muy complacido. Julio y su mujer quedan petrificados del miedo.

―¿Amanda Pérez? ―dice el oficial a la esposa de Julio.

―Sí, capitán, soy yo.

―Está detenida por atentar contra la Seguridad del Estado ―y con un gesto, el policía hace que uno de sus hombres la espose.

―Aquí tiene que haber un error, capitán ―tartamudea Julio, al tiempo que sacan a su mujer―. Mi esposa es incondicional al Sistema.

―Pues sepa que tenemos una denuncia a nombre de su vecina Juana, y apoyada por varios testigos, que ponen a su esposa al frente de una conspiración contra dos de nuestros funcionarios de La Dignidad ―ya los hombres han abandonado la estancia arrastrando a la detenida, y el capitán está en la puerta―. Hágame el favor de no pasarse de listo y bajo ningún concepto abandone la casa. Pronto tendrá noticias nuestras.

Y el oficial sale dando un portazo que retumba en aquella reducida y pobre habitación que, bien lo sabe Julio, pasará a manos de Juana si su esposa y él van a la cárcel.

—————————

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Sobre el autor

Augusto Gómez

Augusto Gómez

Nacido en 1970, graduado en Lengua y Literatura Inglesas en 1993, y librero en las calles de La Habana por más de quince años, salió de Cuba en el 2008. Realizó algunas traducciones para la editorial española Renacimiento, entre las que cabe destacar “Memorias de Arthur Conan Doyle” como la más importante. Toda su producción literaria --dos novelas inéditas y varios relatos-- data de finales de la década de los noventa y los primeros años del 2000. Reside en Miami.

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