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La psicopatología de los censores

La psicopatología de los censores

La psicopatología de los censores
octubre 31
01:28 2013

¿Por qué hay gobernantes que requieren del aplauso absoluto de la sociedad?  ¿Por qué hay personas que necesitan silenciar a sus opositores y construir un mundo irreal de apoyos, como aquellas “Aldeas Potemkin” que se construían en Crimea para persuadir a la implacable zarina y a quienes visitaban a Rusia de que en el enorme país se vivía una realidad espléndida y próspera?

En memoria de Agustín Alles, buen periodista y buen amigo. Palabras pronunciadas en la Sociedad Interamericana de Prensa, en Miami, el 30 de octubre de 2013.

¿Por qué estos gobernantes dedican enormes recursos a la innoble tarea de edificar sociedades corales que repitan mecánicamente el discurso oficial, y con el objeto de lograr esa extraña conducta de los asustados ciudadanos, convertidos en súbditos obedientes, están dispuestos a crear estados policíacos dedicados a vigilar y confirmar que todos suscriban las mismas ideas y a castigar a los que se desvíen del guión obligatorio?

¿Por qué el gobierno de Cuba, y en menor escala (todavía) los de Venezuela y Nicaragua, impiden las manifestaciones de los opositores y las enfrentan con actos de repudio orquestadas por la policía política para acallar las voces de protesta, como si la unanimidad fuera un comportamiento normal, cuando sucede exactamente lo contrario?

¿Por qué se presentan los actos de repudio, esos pogromos modernos, como si fueran expresiones espontáneas de la sociedad ofendida por los disidentes, cuando todo el mundo sabe que se trata de manifestaciones de odio organizadas y dirigidas por el grupo dominante para aplastar o silenciar la inconformidad de ciertas personas y, de alguna manera, para ratificar el supuesto apoyo mayoritario que tienen el líder supremo y su gobierno?

¿Por qué hay gobernantes que necesitan tener razón siempre, y, cuando no la tienen, ocultan la realidad, deforman los hechos y convierten la divulgación de la información que los contradice en un delito de lesa patria?

¿Quién puede creer en la neurótica uniformidad de Corea del Norte? ¿No se ha visto, tras la caída de todas las dictaduras, las de derecha e izquierda, que esos regímenes monolíticos, empeñados en mostrar panoramas sociales y políticos uniformes, son pura coreografía dirigida por los comisarios políticos?

En definitiva: ¿por qué ocurre este comportamiento anómalo?

La primera observación, bastante obvia, es que, generalmente, detrás de cada dictadura suele haber un caudillo. Es cierto que, en algunas oportunidades, más bien raras, son dictaduras institucionales que renuevan cada cierto tiempo la cabeza dominante, como sucede en la China postmaoísta, que hoy es algo así como un despotismo capitalista salvaje, pero lo usual es que al frente de ese tipo de Estado exista una figura descollante, un mono alfa que determina la mayor parte de las acciones que se toman.

La segunda observación es que esa criatura que encabeza al Estado y se confunde con él y con el partido de gobierno, incluso con la historia, donde presume que arraiga su legitimidad, suele ser un tipo intolerante con la crítica. Persigue a quiénes tienen opiniones diferentes, trata de aplastar a quienes lo juzgan negativamente, y da por sentado que cualquier desviación de la línea oficial, o incluso cualquier omisión de los aplausos y halagos habituales que cree merecer, son obra de una oscura conspiración pagada por extranjeros malvados y ejecutada por canallas incalificables que traicionan los intereses sagrados de la patria.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué, por sólo citar algunos dictadores, Fidel Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Rafael Leónidas Trujillo, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, José Stalin y tantos otros caudillos dictatoriales, carecen de tolerancia a la crítica?

A Fidel Castro lo llaman Máximo Líder, y se sabe que una de las “causas” que le llevó a fusilar al general Arnaldo Ochoa, o a sacar del poder sin contemplaciones a Carlos Lage y a Felipe Pérez Roque, fue descubrir, por medio de su servicio de inteligencia, que se burlaban de él.

Adolfo Hitler era el Führer, el Líder. Benito Mussolini era Il Duce, palabra derivada de dux, una especie de general. Mao era “el Gran Timonel”. El dominicano Rafael L. Trujillo, uno de los más feroces y temidos, se hizo llamar Generalísimo, como Francisco Franco, y le puso su nombre a la capital del país para equipararse con George Washington. En las casas se colocaban retratos del dictador con una leyenda: Dios y Trujillo. Contradecirlo era como contradecir a Dios.

Por supuesto, esta veneración, generalmente inducida, se escuda en la necesidad de defender a la revolución, a la dignidad del país o a la majestad del cargo que se ocupa, pero la realidad es que se trata de una conducta relacionada con la psicología del caudillo autoritario. Todos ellos coinciden, en mayor o menor grado, en lo que hoy se llama “liderazgo narcisista”.

El narcisista necesita que lo adoren. Vive para eso. Su autoestima se alimenta insaciablemente de la pleitesía que le rinden. La función de los demás mortales es confirmarle constantemente el inmenso talento que posee, la infalibilidad de sus juicios y la generosidad sin límite de sus intenciones.

El líder narcisista no puede aceptar las opiniones contrarias. Le provocan estados de rabia. Freud, hace casi un siglo, percibió el fenómeno de la intensidad con que los narcisistas sufren las críticas y le llamó la “herida narcisista”. El juicio negativo había dejado de ser sólo eso, una opinión adversa, y se consideraba una ofensa terrible que había que lavar con sangre o con un castigo ejemplar. Frente a la “herida narcisista”, surgía lo que Heinz Kohut, el gran renovador del psicoanálisis y el mayor experto en las personalidades narcisistas, mucho más tarde, en 1972, llamó la “rabia narcisista”.

Esa rabia, cuando el que la padece y expresa (sobre todo expresa) es el líder narcisista autoritario, tiene dos funciones claves en el ejercicio del poder: opera como un gran elemento de intimidación dentro de la cúpula gobernante y se convierte en la antesala del castigo a quien se ha atrevido a retar la autoridad suprema del caudillo. El miedo, pues, se torna en el gran cohesivo de ese tipo de sociedad tiranizada. El caudillo autoritario, además, siente placer cuando advierte que las personas de su entorno lo temen tan pronto les enseña los colmillos. Ahí radica una de sus más preciadas gratificaciones emocionales. Se “sacrifica” en el ejercicio del poder para gozar del temor de sus subordinados, paradójicamente expresado por medio de aplausos y vítores.

Un perfecto ejemplo de cómo gobierna el caudillo narcisista autoritario y el papel que desempeña la rabia en el control de la clase dirigente, puede verse en la extraordinaria película La caída, sobre los últimos días de Hitler en el búnker donde encontrará la muerte por su propia mano, film fue concebido sobre el testimonio de una persona que vio y relató lo acontecido:

Aquellos aguerridos generales con mando de tropa se morían de miedo ante los ataques de rabia de Hitler. Todos coincidían en que la guerra estaba perdida. Casi todos estaban dispuestos a rendirse, pero Hitler, pese a los síntomas de que era un tipo desquiciado, aquejado por temblores inducidos por los medicamentos que tomaba, o por un precoz mal de Parkinson, los intimidada con sus gritos y ellos callaban, pero apenas lo contradecían. No se atrevían.

Hitler, además, trataba de controlar personalmente los detalles de la guerra. Era y es otro rasgo frecuente en los narcisistas autoritarios. Son lo que los psicólogos llaman control freaks, una expresión que acaso puede traducirse como “maniáticos del control tiránico”. Son gentes que sienten un íntimo desprecio por los otros y sospechan de sus habilidades para llevar a cabo las tareas. Sólo ellos tienen el talento que se requiere para dirigir. Por eso, entre otras razones, tienden a querer perpetuarse en el poder. Nadie puede sustituirlos.

Ese elemento de control maniático y tiránico presente en la psicología del narcisista autoritario lo lleva a tratar de aislar a la sociedad para que no se exponga a los juicios negativos sobre su persona. De la misma manera que no cree en el talento o la habilidad de sus subordinados para llevar a cabo su trabajo sin la supervisión directa del caudillo superdotado, tampoco cree que la sociedad sea capaz de formular juicios justos independientes sobre su persona. Esa es la íntima justificación de la censura que tienen los narcisistas autoritarios. El pueblo, supuestamente, no es capaz de discernir la verdad de la mentira y hay que protegerlo con una espesa capa de silencio.

Es obvio que a nadie le gusta que lo ataquen o insulten, pero en el comportamiento del líder maduro democrático está la aceptación del rechazo y de la crítica adversa como parte normal del ejercicio del poder. Esos ataques ni siquiera determinan el nivel de aceptación general porque el conjunto de la sociedad realmente sí es capaz de entender que las críticas muchas veces son expresiones subjetivas de los adversarios políticos que no es necesario compartir.

A Franklin Delano Roosevelt lo atacaron con saña algunos de los opositores más talentosos, pero esos ataques no consiguieron impedir que ganara cuatro elecciones presidenciales. Lo mismo puede decirse del general DeGaulle y de Winston Churchill. Vivieron rodeados de enemigos. Fueron vivamente criticados por unos y admirados por otros, como corresponde a la pluralidad natural de todos los conglomerados humanos.

Una de las ceremonias más importantes de exorcismo político en Estados Unidos es esa fecha anual en la que el presidente del país se reúne con los periodistas más ácidos y los humoristas más agudos para oír sus ingeniosas ironías y sarcasmos. Todos se burlan de él y él acaba por burlarse de sí mismo, terapia de realidad que liquida o combate cualquier vestigio de narcisismo que pudiera afectarle. Es una forma de recordarle al presidente que es sólo un americano más, provisionalmente seleccionada para cumplir una misión dentro de las leyes del país.

Sin duda, una parte importante del proceso de maduración de los adultos sanos consiste en entender que no tienen que ser universalmente amados o admirados, porque la percepción del rechazo no debe afectar la autoestima. Y parte de la educación de esos adultos sanos y maduros incluye aprender a tratar con respeto a las personas que no les gustan, factor clave de la conducta tolerante.

Sencillamente, los narcisistas autoritarios no son adultos maduros, sino personalidades psicopáticas, fundamentalmente intolerantes que, por diversas razones difíciles de precisar, no desarrollaron adecuadamente sus zonas emotivas. Necesitan el aplauso. Necesitan controlar. Necesitan infundir pavor. Necesitan gobernar para siempre.

Es absurdo silenciar los medios de comunicación para evitar que expresen opiniones negativas sobre los gobernantes. Esa actitud, que es la de todos los narcisistas autoritarios, es la mayor prueba de que se está frente a mentes enfermas que no debieran ejercer la autoridad porque carecen de tres de los rasgos psicológicos esenciales en todo buen gobernante: la prudencia, la humildad y la tolerancia.

Las personas realmente sabias conocen sus limitaciones y deben ser capaces de admitir errores, revocar decisiones y rectificar rumbos. No hay la menor grandeza en la terquedad patológica que refleja la vieja frase española de los hidalgos del siglo XVI: sostenella y no enmendalla. Sostener el error antes que enmendarlo, batirse a duelo antes que pedir disculpas por una actuación incorrecta, es una imbecilidad perfecta, propia de gentes inmaduras.

Quizás, una de las fórmulas para protegernos de la censura sea identificar a los narcisistas autoritarios antes de que lleguen a posiciones en las que pueden hacernos daño. Hay que aceptar, melancólicamente, que la política tiene mucho de psiquiatría, y parte del éxito consiste en vacunar moralmente a los electores para que entiendan el peligro de entregarles el poder a sujetos dominados por el amor incontrolable a sí mismos.

Hay que crear, además, instituciones que impidan el triunfo de estos perturbados o, si llegaran al poder, que sean capaces de sujetarles las manos para que no nos perjudiquen por largos periodos.

Hace más de un siglo el peruano González Prada afirmaba que la política a veces era una actividad de botica y manicomio. Creo que acertaba.

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Carlos Alberto Montaner

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