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La publicación digital independiente, una burbuja interminable

La publicación digital independiente, una burbuja interminable

febrero 03
17:45 2012

1-11_karen“El 81% de los estadounidenses sienten que tienen un libro dentro… Y que deben escribirlo”, apuntó en 2002, en The New York Times, Joseph Epstein, citando una encuesta realizada por el Grupo Jenkins. Recientemente, en el The Guardian, Ewan Morrison mencionaba este hecho y argumentaba que la excitación actual en torno a la publicación digital independiente no es más que la clásica burbuja explotando un deseo generalizado.

Es una burbuja —escribe Morrison— generada por historias que llenan los periódicos: “hágalo-usted-mismo y se hará rico rápidamente”. Historias de éxitos como la de Karen McQuestion, “la madre de 49 años de edad, con tres hijos, que vendió 36,000 libros electrónicos para el Kindle de Amazon y ahora tiene una oferta de Hollywood”. O la de “Amanda Hocking, la escritora que ganó millones de dólares con la publicación independiente online”.

“Es la fiebre del oro”, escribe USA Today, y Morrison presenta un caso convincente al decir que, como en otras fiebres del oro, no son los buscadores los que hacen fortuna. Por cada Amanda Hocking hay millones de escritores con obras publicadas independientemente que, sin edición, marketing, publicidad y en muchos casos calidad, no logran encontrar lectores ni hacer dinero. Lo que es rentable, escribe Morrison, es la industria en auge de “cómo hacerse rico publicando eBooks”, con un ejército de especialistas que cobran por hacer un ebook. “La más rentable entre todas es Amazon, que con éxito obtiene ganancias fabulosas de la larga cola de modestos éxitos, con un millón de libros electrónicos que en su mayoría nadie ha leído”.

En la etapa final de la burbuja, la etapa repulsiva, Morrison imagina que “la desilusión hace cuerpo en los autores independientes cuando se percatan que les han vendido una idea de éxito que, por definición, no podía extenderse a todos los participantes”… “Esos autores deciden no publicar más porque constituye un esfuerzo sin paga después de horas de trabajo, y autopromoverse en la Red equivale a una labor a tiempo completo. Descubren que se han enrolado en una especie de esquema Ponzi creado por empresas digitales para aprovecharse de las esperanzas de una gran masa de consumidores a los que hicieron creer que también podían ser creativos”.

Estoy de acuerdo con Morrison en muchos aspectos. Unas pocas historias de éxito no constituyen un modelo de negocio. Debajo de las estrellas digitales hay un gran mar de mediocridad y esperanzas inalcanzables.

No estoy de acuerdo, sin embargo, con la creencia de Morrison de que el auge de la publicación independiente arrasará con la industria editorial. Veo, en cambio, una fusión natural entre los dos mundos. Muchos autores independientes (entre ellos Amanda Hocking) se han unido felizmente al mundo editorial tradicional. Morrison nos recuerda que los blogs fueron una vez considerados una forma de “hágalo en casa” para hacer dinero, pero una década después casi nadie ha visto beneficios financieros en un blog. Del mismo modo, en la década de los noventa, debido a que el cine digital se hizo más asequible, el cine independiente produjo algunos éxitos inesperados como “El Mariachi”, de Robert Rodríguez. Muchos pensaron que las películas independientes de bajo presupuesto provocarían la caída de Hollywood, pero ya se ha disipado el entusiasmo por el cine barato y Rodríguez dirige Spy Kids en Hollywood.

Pero mi mayor desacuerdo con Morrison es el siguiente: los autores independientes no dejarán de escribir y publicar sus libros, porque no los escribieron para hacerse ricos. No, esa “horda de aspirantes a escritores” existía mucho antes de que se inventaran los eBooks. Si lo que dice la encuesta de 2002 es cierto, 250 millones de personas en los Estados Unidos creen que pueden y deben escribir un libro. Esta certidumbre es más inconmovible que el deseo de dinero fácil.

“Se esconde tal vez en cada corazón humano –escribió Samuel Johnson– el deseo de ser distinto, que inclina a cada ser humano a creer que la naturaleza le ha dado algo peculiar”. ¿Qué mejor manera de exponer esa peculiaridad que en un libro?

El ensayo de Morrison termina con una nota disuasoria:

“Calcular mal la capacidad propia para escribir un libro sólo puede ser un error grave que además consume mucho tiempo. Guárdese de escribir, salve los árboles y ahórrese el impuesto a su vanidad. No escriba ese libro, mi consejo es que ni siquiera piense en ello. Manténgalo dentro de sí, a donde pertenece”.

Se trata de un consejo tan bueno como inútil.

Nathan Ihara es editora en Melville House. Un artículo traducido por Kiko Arocha

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