Neo Club Press Miami FL

La puerta

La puerta

La puerta
octubre 09
23:08 2013

Este cuento no posee ni sexo ni violencia, pero sólo es apto para adultos. Lo que les voy a narrar es en tercera persona. Como todo en la vida, empieza por el principio, por aquello de que a nadie le gusta ver su final. Contrato desde hace algunos años el verbo, derivándose en ello la verborrea, la verbigracia, y los enredos, que no tienen nada que ver con el verbo, pero sí con mi persona. Precisamente en tercera persona es que relataré los acontecimientos, sólo que como todo parto tiene su preámbulo: algunos nueve meses, otros pueden ser siete, seis, y están las interrupciones, generalmente antes de las cuatro semanas.

Este preámbulo en específico es para decirles que me llamo Pedro. No el de la navaja, ni el del Páramo, y mucho menos el seguidor del Cristo. Aunque como todo católico siempre espero la visita de un papa y claro, una carta pastoral que incluya las elecciones libres de inmediato. Los preámbulos suelen ser cortos –menos los de un dictador– a ellos les vale un papa o un cardenal el tiempo… Pero volvamos al ángulo del preámbulo. Además de llamarme Pedro y tener facilidades para los enredos, me cuesta mucho ser conciso, digamos que “preambulo” demasiado en la pacotilla. De no ser por la pacotilla, ninguno de nosotros estaría aquí reunido. Del preámbulo a la introducción es un paso, aunque algunos pueden durar 60 años, cuarenta y ocho horas, otros se hacen crisis que no tocan fondo y la mayoría, para estar a la moda, introduce temas no políticos con estribillos que no pasan sino de una izquierda a otra, ‘el que no salte es yanqui’, o aquel otro, nunca se acaba la paciencia de los orientales, con o sin ciclones… incluso, hay algunos tan postmodernos que le llaman bloqueo. Y claro, están los cambios hacia la democracia clan, sin transición ni la raíz de una moringa.

Juan Carlos Recio junto a Ángel Velázquez Callejas poco antes de leer este cuento en La Otra Esquina de las Palabras (foto Víctor Antonio Cobas)

Juan Carlos Recio junto a Ángel Velázquez Callejas poco antes de leer este cuento en La Otra Esquina de las Palabras (foto Víctor Antonio Cobas)

Ya en la introducción –al fin–, como en el preámbulo, con el gancho del verbo, los orígenes, Adán y Eva y las interpretaciones pasadas que no hemos querido borrar –a lo Cintio Vitier sobre los parlamentos plurales de las trincheras–, también salas, complejos artísticos polivalentes y toda clase de reflexión en tarima, enredos y otros renglones interactivos para definir a Pedro, o sea yo, en tercera persona, me pregunto, y abro paréntesis (porque valga aclararlo, ya puede viajar uno sin carta blanca, que no era blanca, sino amarilla como nuestra esperanza, que fue verde pero como las vacas hay que alimentarlas, aunque no se coman), y me lo pregunto después de la destrabazón aquella defenestrada en el cielo: ¿qué bola con mi carro?

Este cuento no es de humor negro, realmente yo soy blanco, tengo unos ojos verdes preciosos, aunque todos me creen mediocre, cobarde y un Pedro más del pueblo. Yo no puedo aclararles si soy o no mediocre y cobarde, porque todavía no me he confesado, además de que el suspenso siempre ha sido mi debilidad… así que como voy entrando en el pleno desarrollo imaginario de los cuentos intertextuales de realismo sucio y toda esa novísima pacotilla, siempre sin el sentido del humor que me caracteriza, les dejo conmigo en tercera persona.

“Al amanecer, el hombre-Cristo, apenas sostenido por el latido de su corazón y con voz desafinada, cantaba: ¡Quiero, acuérdate que siempre quiero! La muchedumbre, siempre con la mano sobre su oreja izquierda, se le acercó, no dijeron nada, ni siguieron el estribillo. Luego se fueron dejándolo solo”. Juan Carlos Recio

Había una pared. Era un pueblo pequeño. Frente a esa pared un hombre que se parecía a él mismo. Auténtico a juzgar por las heridas, con ropas y pelo largo. Allí, a sus espaldas, como en los tiempos de Poncio Pilatos, estaban la jinetera, el comunista, el cristiano, el bobo y la turba indignada, también el burócrata, el exiliado económico y el del intercambio cultural o trapicheo. En fin, todos los que fingen creer en algo. ¿Qué hacía aquel hombre ante la pared? Pues tocaba. Suave pero perceptiblemente. Como en esos templos adonde van los hijos de Dios, sin ver a Dios claro. En un momento impreciso, las voces se dividieron. Unos decían en voz baja: ¡Está loco! Otro muchos le gritaban: ¡Has un milagro y te creeremos! El hombre continuaba tocando sin mirar a nadie, sin articular palabra, ¡no dijo ni asere! Ni siquiera hizo algún esfuerzo por inventar una parábola. Un borracho alzó su botella y dijo: ¡brindo por el héroe este, pero vamos, divide los penes, los panes o los peces, has algo…! Al fin, un militante, a juzgar por su postura firme, pidió silencio para gritar: “Es un hombre común, Cristo, respondería con unas palabras, por tanto no hay un verdadero revolucionario en él, debe ser un asalariado del Imperio”. Ciento de miles de personas en solo dos horas llenaron los alrededores. Las personas, al parecer cansadas de esperar, gritaban a coro (curiosamente con una mano sobre la oreja izquierda): “¡No toques más, derríbala”! Pero el hombre nada respondía… Uno más, con voz de mando, dijo: ¡Basta, conviértete en pajarito, o madura, somos millonas, oíste, millonas de almas y por aquí no pasaran!

Al anochecer, la turba se abalanzó sobre él. Le sacaron las ropas, los ojos, hasta que lo creyeron muerto. Una voz asustadiza exclamó: ¡Hay que rematarlo, su corazón aún late! La voz paralizó a la muchedumbre. Fue entonces que todos escucharon el ruido de su corazón. Cada vez era más perceptible. Parecía que alguien iba a comunicar algo sobre “El Caballo”… La multitud desesperada quiso derribar la pared, pero no pudo. Ya oscuro, se retiraron los últimos proletarios, diezmados por la fatiga. La pared seguía intacta. Al amanecer, el hombre-Cristo, apenas sostenido por el latido de su corazón y con voz desafinada, cantaba: ¡Quiero, acuérdate que siempre quiero! La muchedumbre, siempre con la mano sobre su oreja izquierda, se le acercó, no dijeron nada, ni siguieron el estribillo. Luego se fueron dejándolo solo. El Cristo también decidió marcharse, nunca nadie supo por qué tocaba en aquella pared al parecer construida para ciegos y sordos.

Como ven, ya pasamos el nudo y ahora solo falta el desenlace, al que casi siempre le llaman final, aunque algunos finales los dejan con tres puntos suspensivos… Ya en la introducción y en la introducción al desarrollo quedamos que iba a contarles un cuento en tercera persona. Pero como a mí me gusta tanto la primera, no solo porque es más fácil sino porque la primera ocasión que tuve de recibir un elogio me gustó de una manera tal que desde entonces siempre busco la primera cosa de gancho que aparezca para ser nombrado. Les diré que ya no quiero final para este cuento, es un suspenso, como la libertad de expresión del partido único vaya… y por honor a ella, –la libertad por supuesto–, me gustaría confesarles que casi siempre cuando nos defraudan termina uno por creer que es un comemierda, y que nunca va a trascender, eso es cierto. En realidad yo soy católico, porque peco mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión… más bien soy un sumiso, uno de los que va todos los domingos a misa, a ver que dan, como aquella vieja tanda de cine de domingo. Escucho las voces que me critican como voy vestido, aunque trato de concentrarme en el Cristo crucificado, sin amarillarme, claro. También les confieso que no soy feliz, y que la doble cara me pesa tanto como la dualidad monetaria. Me gustaría, no obstante, ser el tipo mejor vestido de la calle 23, y pasearme con una chaqueta de extranjero, es decir, de marca, de seguro ustedes me llamarían tonto y yo creo que es porque ustedes me tienen envidia y ya saben que yo sí creo que otra vida existe y que es mucho mejor que la que llevo. En fin, esta que me ocupa –la vida– es para mantenerlos a raya con el cuento que les hago, improvisando, claro, porque yo mismo aunque tenga el poder de reflexionar y mentir, no sé cómo acabarlo. Amén que desde que nací me enseñaron un guion dictado, para ser la nulidad de las almas austeras que no quieren paraíso, ni un carajo, “porque somos felices aquí…”.

Epílogo

Detrás de la pared y del hombre que tocaba, está mi casa, o si lo prefieren mi corazón. Como en toda casa hay una puerta para entrar y salir, incluso de los sentimientos. Y hay un cerrojo que nadie, supongo, se decide a romper, y hay una apatía ante todo lo que sea movernos hacia otro rumbo, uno donde no pase como con mi miedo, que se mueve a ritmo de intranet. Resulta que podía ver y escuchar al hombre que tocaba justo en la puerta de al lado, pude abrir, pero hasta el latido de su corazón me asustaba. No sé si podrán perdonarlo, si regresa y al llamado divino termine por abrir ese cerrojo que es el símbolo de los que merecen ser salvados. Juro que espero una oportunidad. Lo único que cambia en todo esto es el golpe del amor al prójimo y su misericordia. Dicen que el que ama y es amado así no sólo olvida y regresa, sino también perdona.

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más