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La Pupila Insomne

La Pupila Insomne

Febrero 06
15:45 2011

villenaTengo una hermana de nombre Esther, a la que nunca le gustó la escuela y siempre iba descalza por un palmar en la zona del campo donde vivíamos. Iba hasta una presa cercana a recoger flores de patos chinos y escribía en los troncos el nombre de su enamorado de turno.

Recitaba siempre un poema nuevo, aprendido de pronto entre su arranque amoroso y su deseo silvestre de hablar con el viento. Esther mezclaba poemas de muy diferentes estilos y autores; por ella supe antes que nadie de los sonetos de Nicolás Guillén, sin que se me hiciera un ruido de héroe, poeta nacional o toque de rumba. Con ella supe de la música de esa zona para mí desconocida del poeta, con todas sus flores de abril. Fue mi hermana quien recitó, ante una de las palmas y en solemne homenaje a su primer amor perdido, La casada infiel, de Lorca, y luego, cuando demoraban sus días tristes por alguna esperanza o promesa de amor que no se declaraba, escuché que a ella, como a César Vallejo, le dolían los huesos como si se hubiesen quedado mucho tiempo a la intemperie bajo la lluvia. Cuando perdió su virginidad, lo supe por esos versos de Martí donde una niña se ahoga en su pena. También escuché de Góngora, de La Avellaneda, de Rubén Darío, de Heredia, cuando la llamaban y ella tenía que alejarse de su patria de palmas.

Sin olvidarse claro de recitarme cada cierto tiempo, aunque el calor del mediodía nos apedreara, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, porque ella con frecuencia también tiritaba como un astro.

Fue mi hermana, a la que miro ahora desde una foto de hace 20 años, la primera que me enseñó a pensar en el valor de la poesía, en el sentido de la vida, aunque a veces entre boleros de Portillo de la Luz y algunos poemas de Buesa se quedaba tan ausente como una patria mal iluminada y yo, cogedor de yeguas al fin, me escapaba al monte con desgano.

Un día, cerca de un arroyo, ella me habló de La Pupila Insomne –no recuerdo ante cuál palma–; me dijo que se sentía más enamorada de Rubén Martínez Villena que de su novio. En ese entonces no sabíamos mi hermana y yo sobre la carta pública en respuesta al artículo Nuestro Rubén, de Jorge Mañach, por la ironía de este último al desvalorizar su poesía y compararlo con Rubén Darío; carta donde el poeta le dice al crítico: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social”.

Mi hermana se enamoró de su gallardía —y no es leyenda sino la historia de mi hermana—, comprendió al poeta que prefería anteponer la patria a sus metáforas. Y ella, tan justa y social, también lo reconocía y escribió en una de las palmas su nombre como si lo hiciera con letras de oro.

Me reencuentro al poeta. Ya no me llega de la voz de mi hermana y su actitud solemne de recitadora ante el palmar de su locura, y al igual que con los sonetos de Nicolás Guillén, he volcado junto a él, como una furia que no ciega, el ojo avizor de quien descubre con certera claridad y buen apetito, muy similar a aquellas cicatrices casi imborrables de los amores que mi hermana grabara en las altas palmas. Un encuentro con la furia del poeta y su autenticidad, su solemne sentido de mirarse por dentro, de desgarrar desde su amor el odio, por si creía verse inútil, sin que saltara ante la pólvora. Solemne, como un dedo que apunta al infinito:

Yo tengo la absoluta seguridad que un día,
cuando ya no me resten fuerzas para marchar,
cruzará mi camino la verdadera vía
orientada a la gloria que pude conquistar.

En ella estará todo: (alguien que me quería,
mi ensueño; mi destino; mi gozo y mi pesar;
la vocación ignota). ¡Oh, ruta que era “mía”!…
¡Y ya será muy tarde para poder andar!

Entonces, abrumado bajo mi propio ocaso,
ante la burla horrenda que agrave mi fracaso,
comprenderé lo inútil de todo lo que fui;

me punzarán la frente recuerdos como abrojos
me tragaré la lengua, me cerraré los ojos,
¡y en un olvido largo me olvidaré de mí!…

Sobre el autor

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio

Juan Carlos Recio (Santa Clara, 1968). Poeta y narrador. Su libro “El buscaluz colgado” fue Premio de la Ciudad de Santa Clara en 1990. Obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC, en 1991, con su poemario inédito “Hay un hombre en la cruz”. Ha publicado, entre otros, los poemarios “Sentado en el aire” y “La pasión del ignorante”. Desde el año 2000 reside en la ciudad de Nueva York, donde edita el blog Sentado en el Aire.

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