Neo Club Press Miami FL

La recuperación de la memoria en ‘El cementerio de las botellas’

La recuperación de la memoria en ‘El cementerio de las botellas’

La recuperación de la memoria en ‘El cementerio de las botellas’
noviembre 17
11:11 2013

El cementerio de las botellas (Azud Ediciones, 2013) del escritor cubano José Lorenzo Fuentes es un compendio de narraciones donde el autor contrapone la historia con los mitos, lo real y lo fantástico para crear un cosmos donde sus personajes se mueven en la trascendencia de lo más cotidiano y la sorpresa de lo inesperado.

José Lorenzo Fuentes, a la derecha, junto al escritor Fernando Godo

José Lorenzo Fuentes, a la derecha, junto al escritor Fernando Godo

Es en la narración larga que le da el título al libro, en la que se percibe con mayor detalle el proceso de la recuperación de la memoria, y en el que entran en juego el tiempo y su negación (la experiencia interna del mundo real, aquello que se piensa y no se realiza, el repensarse como otro o a sí mismo), los mitos de la cultura cubana, la contradicción existencial de ser o querer ser, para dar forma a la imaginación del cubano profundamente enraizada en el pensamiento mágico y el aspecto fantástico de la realidad, expresados ambos en la originalidad del mundo de los artistas y pensadores del grupo de amigos que se mueven en los círculos del cafetín Los Parados y El hurón azul, la casa del pintor Carlos Enríquez.

En este relato, el narrador mira al pasado para dar forma y dimensión no solo a los alcances existenciales del genio de los amigos muertos (José Mijares, Carlos Enríquez y Alejo Carpentier), basado en la capacidad de captar la trascendencia humana de su propia historia en imágenes, en palabras arraigadas en la veracidad del sentimiento y el rechazo a la ampulosidad y afectación de las pretensiones falsas, sino asimismo en la rebelión intelectual de una época marcada por el retorno y revaloración de las raíces, de lo propio y más cotidiano en el afán de la inteligencia cubana —y latinoamericana en general— por definir la identidad: cómo nos veíamos a nosotros mismos, nuestro ser y nuestro querer ser.

“El valor indiscutible de esta joya narrativa radica en el logro de las imágenes para describir a los personajes; en el alcance semántico de un lenguaje diáfano, preciso y trascendente a la vez, en el uso de técnicas narrativas que enriquecen el significado simbólico de las eternas preguntas por el ser (no-ser o ser otro) y el tiempo (estático o repetible en un constante volver hacia el pasado de manera consciente y voluntaria). José Lorenzo Fuentes logra convencer al lector de que la realidad no es lo que es, sino lo que parece ser”. Constanza Reverend

La sola pregunta sobre quiénes éramos y sus múltiples expresiones como un medio de explicar nuestra existencia en oposición a lo establecido, de mostrarnos como algo nuevo, original, múltiple y contradictorio, demostraba un nuevo enfoque ontológico que pretendía entender la razón de ser del latinoamericano en contraposición a los parámetros y paradigmas establecidos por la percepción generalizada de la cultura dominante. En otras palabras, la incursión de muchas obras en el panorama internacional se debió a que se dio voz y sentido al mestizaje, al barroquismo y a las contradicciones del ser y la existencia latinoamericanos, como una versión nueva de una realidad que se empezaba a descubrir en la autenticidad del lenguaje y las imágenes.

La narración de las historias sobre diferentes personajes reales y extraordinarios, unidos en la tramoya de la vida cotidiana, apunta específicamente a la esencia del ser cubano, su acerbo cultural, su visión del mundo siempre en convergencia con el mito y el pensamiento mágico, rasgos que inciden en la forma de cómo el cubano asume su existencia e interpreta la de los demás.

En la narración larga El cementerio de las botellas, uno de los aspectos más interesantes es la suplantación de la verdad por lo verosímil. La invención del otro tiene más validez que la definición del verdadero ser, de tal manera que el mito y lo fantástico se convierten en la interpretación más factible si no en la única viable: imaginar al otro es captar su esencia, imaginar la experiencia es hacerla real. El mismo exilio no se piensa desde la perspectiva de aquello que pudo ser, ni de la nostalgia de lo que no existe, sino que se siente en la carencia permanente de la presencia del otro, del personaje que forma parte de la interpretación simbólica del mundo de quien se queda. Cuando Willy se despide de Mijares, quien viaja exiliado a Miami en contra de su voluntad, lo irremediable de su ausencia permanente no se expresa como el impedimento político del regreso, sino como la predicción de un anciano: “Con el presagio de su abuelo dándole vueltas en la cabeza… ‘No volverás a verlo’” (p.114).

Este aspecto último le quita a la narración de Fuentes la carga emocional que despierta el hecho de verse defraudado por un espejismo en el que se creyó; y esto, a su vez, despoja al exilio del derrotismo del viaje sin regreso; por el contrario, la memoria rescata en el recuerdo aquello que no se puede arrebatar: el amor por el amigo, los momentos vividos, las historias que se recuentan, se vuelven a gozar y se reinventan.

La capacidad de recordar y romper con el tiempo y el espacio cuando estos se convierten en una vivencia interior es el motor de la narración; el retorno al recuento de los hechos deja en claro que el tiempo narrativo sigue siendo el mismo y que nos hemos movido como lectores en la imaginación de Mijares (el narrador dentro de la narración de otro narrador). La fuerza que prima es realmente lúdica y se demuestra no solo en el juego magistral con los puntos de vista de la primera, segunda o tercera persona (conciencia dentro de la narración que piensa en el hecho de quien lo vive, quien lo cuenta y quien lo escucha), sino en la intención misma de captar desde la simpleza de lo cotidiano y de los sentimientos un pasado rico, vital y creativo del grupo de intelectuales empecinados en definir la trascendencia de lo propio, donde el narrador está incluido.

La dualidad entre un personaje “real”, como en el caso entre otros de Alejo Carpentier, que luego es “suplantado en el recuerdo de la gente por otro escritor que lo envidiaba” (p. 43), Alejo Verdecia, pone de presente un juego con la identidad que despoja a los personajes de cualquier característica que les dé la estatura de superhombres y los pone en el lugar del hombre común, de quien trabaja cada día por su obra y tiene que pelear con sus propios demonios y dificultades más cotidianas como el hambre o la enfermedad, las pasiones y la locura, para sacar adelante su sueño de pasar a la historia, de ser mito e hito en su campo.

Tales excesos tenían para Alejo Verdecia el ingrediente de una felicidad que nunca antes había experimentado, ni siquiera en los brazos de Cuca Sánchez, con la que hizo también intensas jornadas de amor desaforado durante una de las etapas más irresponsables de su vida, porque también fue una de las más estériles: en un mes solo logró redactar ocho renglones en una cuartilla, que por fortuna, después de releerlos, arrojó al cesto de la basura para no tener que arrepentirse algún día de haberlos publicado (p.54).

En el fondo esta dualidad es la lucha del ser común por lograr ser extraordinario y único; es el trabajo del artista que quiere superar la inevitable transitoriedad del ser para la muerte y sueña con convertirse en el genio, palabra que conlleva aquella condición divina que le otorga el que su nombre perdure en la eternidad de la historia, una constante reinvención de su ser a través de su obra para un espectador universal y atemporal.  El sentimiento de querer ser otro Gauguin en la versión original de ser Carlos Enríquez (“dejar de ser alguien para ser casi nadie”; p.20) es narrado por Mijares a sus amigos en un recuento que deja de presente la doble percepción no solo de Enríquez, sino a nivel narrativo: quien cuenta aquello que el otro dijo sobre la percepción de sí mismo, se convierte a su vez en el reflejo verbal del otro: “Nunca alcanzó a precisar el momento en que pretendió dejar de ser Carlos Enríquez para ser Paul Gauguin… “Fueron los momentos más difíciles de mi vida, Flaco, no sé si a ti alguna vez te ha sucedido: querer ser otro. No parecérsele, sino ser otro. Ser la misma persona que la otra” (p.20).

Hay además una ruptura con el tiempo, esta notable influencia borgiana de estar entre dos mundos: el posible del sueño o el real de lo inevitable; este juego entre los deseos de los personajes y los hechos concretos menos afortunados, mete al lector en el torbellino del mito, en la riqueza del debería ser, donde florece la imaginación que lo hace posible todo y, a su vez, lo sorprende con la versión de un tiempo repetido pero diferente en el que un narrador, o mejor, un relator de los hechos, vuelve a las frases e imágenes ya dichas para contar, otra vez, desde el otro lado del espejo, dejándonos el paradigma entre lo que es y lo que nunca fue.

El valor indiscutible de esta joya narrativa radica en el logro de las imágenes para describir a los personajes; en el alcance semántico de un lenguaje diáfano, preciso y trascendente a la vez, en el uso de técnicas narrativas que enriquecen el significado simbólico de las eternas preguntas por el ser (no-ser o ser otro) y el tiempo (estático o repetible en un constante volver hacia el pasado de manera consciente y voluntaria). José Lorenzo Fuentes logra convencer al lector de que la realidad no es lo que es, sino lo que parece ser. El narrar no tiene necesariamente que coincidir con lo sucedido, traduce la fuerza de la intención, la profundidad del deseo, la certeza de la posibilidad:

Mijares no llegó a asesinarlo porque se arrepintió a tiempo. Quiero decir: porque el flaco Mijares, si uno se fijaba bien, era el mismo de siempre, un hombre que había pasado de niño a adulto sin perder esa ingenuidad azul que lo circundaba como el aura de un ángel protector. Porque sin duda un niño era lo que seguía siendo: un niño que usaba pantalones largos para confundir a los demás (pp.86-87).

Sobre el autor

Constanza Reverend

Constanza Reverend

Constanza Reverend, crítica y profesora de origen colombiano, reside en el sur de la Florida. Ha trabajado como traductora en The Palm Beach Post y como editora en el diario La Opinión, de Los Ángeles. También fue profesora de español en la Washington University de St. Louis. Es Master en literatura latinoamericana por la Universidad Javeriama.

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Carlos Alberto Montaner entrevista a Catalina Serrano

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Adrián Morales

Borrón y cuenta nueva

Adrián Morales

  No podemos seguir dándole brillo al pasamanos del Titanic. En la tierra que veo un sabio meteoro (puede ser un drone) extingue carbónico al tiranosaurio racionalista que se aferra

1 comentario Leer más
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más