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La revuelta de los holgazanes

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La revuelta de los holgazanes

Trabajadores indios en Cuba, en sustitución de los nacionales

La revuelta de los holgazanes
marzo 02
12:19 2018

Ya se sabe que Lenin no trabajó nunca, que mientras se preparaba para su único empleo, el de alucinado profesional, comió y vistió durante 30 años con las remesas que le enviaba su madre a distintas ciudades de Europa. Marx también estuvo muy lejos de ser un modelo como trabajador. Stalin no hizo más que dedicarse a ser Stalin. Mao Zedong otro tanto. El primero y último trabajo estable que realizó Fidel Castro en toda su vida fue el de líder de una revuelta de holgazanes, entre cuyos legados sobresale hoy la aniquilación del apego al trabajo que siempre había caracterizado a nuestra gente en Cuba.

No acabo de entender a esta crema encaprichada en gastársela como la vanguardia de los trabajadores del mundo sin que se le haya ocurrido trabajar alguna que otra vez, aunque no fuese más que por aquello de que solamente se aprende a capar cortando huevos.

No todos los llamados Comandantes de la Revolución eran señoritos sin oficio antes de irse a la Sierra Maestra. Algunos trabajaron. Pero en 1959 llegó el líder y mandó a parar. Hace sesenta años que no disparan un chícharo. Eso no es serio. ¿Cómo es posible que una persona que conoció por sí mismo el valor material y los beneficios morales del trabajo, acepte sin el más mínimo sonrojo un estatus de millonario condicionado por la explotación abusiva del esfuerzo de otros que han trabajado como bueyes sin tener acceso siquiera a dos comidas calientes por día, digamos a base del elemental tasajo con boniato que era el plato común de los esclavos en tiempos coloniales?

Ahora, para completar, los están premiando con lo único que les faltaba: el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Es el colmo de la falacia, pero no deja de resultar graciosamente contradictorio que se lo entreguen a modo de certificado de jubilación.

Cuando en un futuro (ojalá no lejano) se intente estudiar el cuadro de invalidez general que ha sumido a Cuba en la ruina económica, pulverizadas todas las estructuras, las tradiciones y los valores identificativos, y con la mayor parte de la población sin ánimos y sin interés por emprender la recuperación, estoy seguro de que todos los caminos conducirán al día en que el trabajo extravió su verdadera función y empezó a convertirse, como todo lo demás, en consigna hueca, perdiendo su significado como propiciador básico de la existencia y como generador de progreso. Y todo por obra de un sistema que luego de sacarle el sumo a los trabajadores, eligió hacerse fuerte a costa de su apatía ante la lucha por la vida, estimulando la falta de esfuerzos y de iniciativas, premiando la grisura de intelecto y amoldándoles a la idiosincrasia del rehén, a quien se le asegura la vida, precariamente, sin que tenga que mover un dedo, a cambio de que no se rebele.

Cuando se arribe a tales conclusiones, y se vea que los culpables de la debacle fueron premiados con el título de héroes nacionales del trabajo, habrá llegado el momento de prescindir de los historiadores y llamar a los psiquiatras para que reescriban nuestra historia.

Ya se sabe que Lenin no trabajó nunca, que mientras se preparaba para su único empleo, el de alucinado profesional, comió y vistió durante 30 años con las remesas que le enviaba su madre a distintas ciudades de Europa. Marx también estuvo muy lejos de ser un modelo como trabajador. Stalin no hizo más que dedicarse a ser Stalin. Mao Zedong otro tanto. El primero y último trabajo estable que realizó Fidel Castro en toda su vida fue el de líder de una revuelta de holgazanes, entre cuyos legados sobresale hoy la aniquilación del apego al trabajo que siempre había caracterizado a nuestra gente en Cuba.

No acabo de entender a esta crema encaprichada en gastársela como la vanguardia de los trabajadores del mundo sin que se le haya ocurrido trabajar alguna que otra vez, aunque no fuese más que por aquello de que solamente se aprende a capar cortando huevos.

No todos los llamados Comandantes de la Revolución eran señoritos sin oficio antes de irse a la Sierra Maestra. Algunos trabajaron. Pero en 1959 llegó el líder y mandó a parar. Hace sesenta años que no disparan un chícharo. Eso no es serio. ¿Cómo es posible que una persona que conoció por sí mismo el valor material y los beneficios morales del trabajo, acepte sin el más mínimo sonrojo un estatus de millonario condicionado por la explotación abusiva del esfuerzo de otros que han trabajado como bueyes sin tener acceso siquiera a dos comidas calientes por día, digamos a base del elemental tasajo con boniato que era el plato común de los esclavos en tiempos coloniales?

Ahora, para completar, los están premiando con lo único que les faltaba: el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Es el colmo de la falacia, pero no deja de resultar graciosamente contradictorio que se lo entreguen a modo de certificado de jubilación.

Cuando en un futuro (ojalá no lejano) se intente estudiar el cuadro de invalidez general que ha sumido a Cuba en la ruina económica, pulverizadas todas las estructuras, las tradiciones y los valores identificativos, y con la mayor parte de la población sin ánimos y sin interés por emprender la recuperación, estoy seguro de que todos los caminos conducirán al día en que el trabajo extravió su verdadera función y empezó a convertirse, como todo lo demás, en consigna hueca, perdiendo su significado como propiciador básico de la existencia y como generador de progreso. Y todo por obra de un sistema que luego de sacarle el sumo a los trabajadores, eligió hacerse fuerte a costa de su apatía ante la lucha por la vida, estimulando la falta de esfuerzos y de iniciativas, premiando la grisura de intelecto y amoldándoles a la idiosincrasia del rehén, a quien se le asegura la vida, precariamente, sin que tenga que mover un dedo, a cambio de que no se rebele.

Cuando se arribe a tales conclusiones, y se vea que los culpables de la debacle fueron premiados con el título de héroes nacionales del trabajo, habrá llegado el momento de prescindir de los historiadores y llamar a los psiquiatras para que reescriban nuestra historia.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' 2017, tiene 17 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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