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La sociedad civil y los mitos disfuncionales

La sociedad civil y los mitos disfuncionales

La sociedad civil y los mitos disfuncionales
abril 14
06:00 2014

La sociedad civil no sería un invento de la modernidad, aunque habría que decir que con la modernidad adquiere un carácter definitivamente distinto, incorporándose al discurso al uso. Así, habría una sociedad civil  bajo el signo de los Estados tradicionalistas y otra, surgida a partir de la Revolución francesa, bajo el signo de los Estados modernos.

De modo que hasta los últimos siglos de la Edad Media, durante los que comenzaría la transición de la sociedad feudal a la moderna, se observa un franco predominio en el discurso occidental que, partiendo de Aristóteles, vendría a definir a la sociedad civil anterior como natural. De lo que se desprende entonces que la sociedad civil que le sigue vendría a definirse de antinatural.

El primer cuestionamiento importante de la concepción de la sociedad civil tradicional no vendríamos a encontrarlo sino hasta el siglo XVII, en la obra de Thomas Hobbes.

Pero si la historiografía define a la sociedad civil pre moderna en términos de natural, y a la moderna en términos de antinatural, nosotros acá preferiríamos dar a la primera el calificativo de sobrenatural.

Hobbes fue el primero en definir la sociedad civil como el hecho jurídico mediante el que los individuos se vinculan a través de una ley y de un derecho común que emanan de una convención y no de una derivación natural. Un hecho construido artificialmente como resultado de la necesidad, el orden y la voluntad; a diferencia de lo dicho en el discurso aristotélico.

En el estado antinatural de la sociedad, tal como lo concibe Hobbes, observamos una unidad real de los individuos en la entrega voluntaria de los respectivos derechos ante el Gobierno, de modo que la multitud deviene en sociedad civil, un dios mortal que encarna la voluntad de todos los particulares sometido al dios inmortal que no sería otra cosa que el Estado como Leviatán. Una cesión de derechos que Hobbes ve como entrega a la protección de Dios pero que no sería otra cosa, dado el secularismo moderno, que entrega a la maquinaria estatal.

Del mismo modo que en Hobbes, en Locke la sociedad civil es una convención. Pero mientras en Hobbes la convención considera la supeditación a gobiernos o gobernantes absolutos a los que se abandonan todos los derechos y se autorizan todas las acciones, en Locke, en cambio, la convención no considera la supeditación a ninguna entidad con tales prerrogativas absolutistas y nadie está exento de obedecer a las leyes que la rigen.

Ahora bien, si acá preferimos sustituir el término natural por el de sobrenatural al referirnos a la sociedad civil perteneciente a la época pre moderna, no sería gratuitamente, sino por la real regimentación de las civilizaciones tradicionales en su subordinación a los poderes de lo sacro más que a los poderes de este mundo, y donde, obviamente, los poderes de este mundo que se percibiesen desasidos o abandonados de los poderes de lo sacro corrían el riesgo cierto de caer descabezados.

Una sociedad, anterior al Renacimiento y la Reforma, que estaría organizada verticalmente desde lo alto monárquico hasta lo bajo de siervos y demás integrantes de la masa que configura la base de la pirámide, pasando antes por la nobleza feudal, el clero, las distintas órdenes religiosas, las órdenes de caballería, los gremios, logias y talleres de los canteros y otros oficios que, en algunos casos, evolucionarían posteriormente hacia la masonería especulativa.

Misma masonería que sería determinante en el advenimiento de la sociedad moderna con el crisol de fenómenos históricos como la Revolución norteamericana, la Ilustración y la Revolución  francesa. Es bueno hacer un distingo entre las logias masónicas que influyen en el desencadenamiento de los hechos en Francia de las que lo hacen en Norteamérica, entre los pensadores de la Ilustración francesa y los de la inglesa (la mayoría de los cuales serían también masones) y, obviamente, entre las sociedades civiles que desovan ambos fenómenos.

Si la sociedad civil sobrenatural está dominada por la dictadura del fanatismo divino, la sociedad antinatural está dominada por la dictadura del fanatismo cientificista.

Digamos que la diferencia estribaría, fundamentalmente, en que las sociedades civiles del ámbito anglo y norteamericano serían más libres y estables que las sociedades del ámbito franco. Quizás ello se deba a que la libertad depende en buena medida del sentido ascendente o descendente de las sociedades.

Así, el barón y filósofo tradicionalista italiano Julius Evola, quien ha ahondado quizá como nadie en el análisis de la modernidad, asegura que la causa verdadera de la decadencia de la idea política en el Occidente contemporáneo reside precisamente en el hecho de que los valores espirituales que una vez impregnaron el ordenamiento social han venido a menos, sin nada que les sustituya.

El problema es, apunta Evola, que se ha descendido al nivel de consideraciones y factores económicos, industriales, militares, administrativos y, como máximo, sentimentales, sin que se den cuenta que todo esto no es más que mera materia, necesaria hasta donde se quiera, pero nunca suficiente para producir una ordenación social sólida y racional, apoyada sobre sí misma, de la misma forma que el simple encuentro de fuerzas mecánicas no producirá jamás un ser viviente.

De modo que Estados Unidos, la nación que mejor ha encarnado los valores libertarios por más de dos siglos, se fundó no tanto como democracia y más como República constitucionalista; pero se fundó sobre todo mirando hacia lo alto, como lo demostraría el que las logias masónicas de las trece colonias, New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Connecticut, New York, New Jersey, Pensilvania, Delaware, Maryland, Virginia, North Carolina, South Carolina y Georgia, fueron el foco definitivo de la insurrección contra la dominación británica.

Tan importante para la historia norteamericana sería la masonería que, va de suyo, la mayoría de los que firmaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos, el 4 de julio de 1776, eran distinguidos hijos de la viuda, tal como se conoce a los miembros de la hermandad, entre ellos: Ellery, Franklin, Hancock, Hewes, Hooper, Paine, Stockton, Walton y Whipple.

Así, nueve de los trece delegados que rubricaron los artículos de la nueva confederación eran masones: Adams, Carroll, Dickinson, Ellery, Hancock, Harnett, Laurens, Roberdau y Bayard Smith. Y masones fueron también los hombres que firmaron la constitución estadounidense: Bedford, Blair, Brearley, Broom, Carroll, Dayton, Dickinson, Franklin, Gilman, King, McHenry, Patterson y Washington.

La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica y, además, la gran mayoría de los altos mandos del Ejército republicano que se enfrentó a las tropas británicas estaba constituida por iniciados en los misterios bajo la égida de la escuadra y el compás.

Lo cierto es que la masonería especulativa ha ejercido una influencia determinante en el establecimiento de la nación norteamericana, una influencia que ha sido mayor que la ejercida por cualquier otra institución en la historia de este país.

Pero no es sólo asunto de masonería en cuanto a lo sacro norteamericano, pues no es posible olvidar que los peregrinos que arribaron en el Mayflower lo hicieron bajo la pulsión de lo religioso.

Aunque es bueno señalar también que la religiosidad en sí misma no bastaría para la tendencia ascendente en una sociedad dada, sino más bien una cierta doctrina del dharma a través de la cual se rechaza el concepto igualitario de “naturaleza humana”, impulsado fundamentalmente por la herencia judeocristiana y retomado después por jesuitas, protestantes e iluministas.

Una religiosidad, en suma, que sustituya el concepto de “naturaleza humana” por el más cualificado de naturaleza propia, la que cada uno debe llegar a desarrollar para el cumplimiento de la libertad individual dentro de lo social.

Ejemplo de sociedad civil ascendente, o sobrenatural, lo encontraríamos en el catolicismo medieval, en la época máxima del Sacro Imperio Romano Germánico de Occidente, sociedad que se manifestaría a través de las cruzadas, las órdenes de caballería y las monacale-guerreras. Esto es, la época del cristianismo que supo incorporar los valores heroicos del paganismo clásico.

Un periodo histórico que nada tendría en común con el antiguo espíritu femíneo y fatalista común a muchas expresiones del cristianismo primordial, ni tampoco con el posterior espíritu de la Reforma protestante o la Contrareforma jesuítica. Espíritu que expandido en los milenarismos y mesianismos sería el padre y la madre de las utopías modernas; tiempo de la sociedad civil antinatural.

Utopías que llegan a su clímax, orgasmo ensangrentado, con el socialismo en sus puntuales vertientes del nazismo y el comunismo, dos alas de un mismo pajarraco; la una negra, la otra roja, la una nacionalista, la otra internacionalista: apoteosis ambas de la suprarazón y la supramodernidad.

Momento en que a los hombres, no bastándoles con expulsar al Cristo del firmamento de sus mentes atormentadas, expulsan además a todos los dioses habidos y por haber, y entonces ni cortos ni perezosos vienen a repetir el proceso crístico, pero al revés, pues si Cristo es Dios hecho hombre que se deja crucificar, ahora ellos hacen dioses de unos hombres, líderes máximos les llaman, ante los que terminan crucificados.

¡Vaya, que con los Lenin, Stalin, Hitler, Castro, Chávez o Maduro de este mundo hemos topado! Tránsito del oscurantismo religioso al oscurantismo racionalista, de los dogmas divinos a los dogmas sociales, de Moisés a Marx. Del Santo Oficio de la Inquisición al Departamento de Orientación Revolucionaria y la Seguridad del Estado. Un retroceso, la verdad. Uno en que la sociedad moderna occidental, huyéndole a los mitos fundacionales, cuentos de la era adolescentaria de la humanidad les nombran, se deja dominar por los mitos disfuncionales. Una sociedad que queriendo emanciparse mediante la individuación se retrotrae a la masa amorfa de los estadios tribales, a la arcaica mente grupal.

Y si la sociedad civil sobrenatural está dominada por la dictadura del fanatismo divino, la sociedad antinatural está dominada por la dictadura del fanatismo cientificista. La primera marcada por la belleza, la pompa, el fervor, los rituales, los símbolos y las grandes catedrales que vendrían a generar, entre otras cosas, mucho del mejor arte de la historia. La segunda marcada por la fealdad, la obviedad, la frialdad, la agitación, la propaganda y los grandes edificios estatales que vendrían a generar, entre otras cosas, la muerte del arte. Y si a la primera se le atribuyen, según los estudios más serios y sosegados, entre mil y tres mil muertos bajo el Santo Oficio de la Inquisición a lo largo de unos tres siglos, a la segunda se le atribuyen, conservadoramente, más de cien millones de muertos bajo el no santo oficio de nazis y comunistas.

Sobre el autor

Armando de Armas

Armando de Armas

Armando de Armas (Santa Clara, 1958). Escritor y periodista. Ha publicado, entre otros libros, las colecciones de relatos “Mala jugada” (Miami, 1996) y “Carga de la caballería” (Miami, 2006), la novela “La Tabla” y el libro de ensayos “Mitos del antiexilio”, traducido al italiano por el sello Spirali. Su último título publicado, “Caballeros en el tiempo”, fue editado por Atmósfera Literaria en Madrid. Es vicepresidente del PEN-CLUB de Escritores Cubanos en el Exilio (Capítulo del PEN Internacional de Londres). Reside en Miami.

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