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La tortura en Cuba: Testimonio de un secuestro (final)

La tortura en Cuba: Testimonio de un secuestro (final)

mayo 25
00:25 2011

1-La_torturaAunque desde que Nancy yo fuimos secuestrados no habían dejado de golpearnos, los esbirros no lo habían hecho con la seguridad que les brindaba estar dentro del auto y en marcha. En el descampado podían aparecer los ojos indiscretos de personas con capacidad de intervenir. De hecho, los hubo que alertaron a nuestros hermanos del secuestro.

Dentro del vehículo, el “comandante” de la brigada terrorista, Yordani Junco, dio la orden de partida al chofer:


-¡Arranca y dale lo más rápido que puedas!

El chofer giró hacia la izquierda. Había silencio en el auto. Fue uno de los pocos momentos en que no nos golpearon. Evitaban las miradas desde los edificios, con sus fachadas dirigidas al anillo del reparto. Al llegar al tramo que enlazaba la circunvalación, ya con los edificios atrás, se reanudó la golpiza.

Junco ordenó parar el auto y pidió a uno de los del asiento delantero que se bajase. La rubia asesina hizo lo propio con una de las mulatas. La golpiza se hacía difícil, los movimientos incómodos y poco efectivos, debido a la aglomeración de pasajeros. La rubia llamó a la mulata que había alcanzado la acera y se disponía a marcharse, invitándola a “despedirse”:

-¡Despídete de esta puta mercenaria! –y señaló a mi esposa. La mulata retrocedió, se introdujo nuevamente en el vehículo y con la mano abierta descargó un tremendo golpe en el rostro de Nancy. Luego la escupió varias veces mientras le gritaba obscenidades.

El terrorista Junco hizo lo propio con el mulato que se había bajado. Éste me descargó un puñetazo en plena frente, sobre la ceja derecha. A consecuencia del golpe, pasé más de diez días con la zona inflamada.

Luego de la despedida, el auto entró en la circunvalación. Junco dio órdenes al chofer de que girara a la derecha, rumbo a la autopista nacional. En la circunvalación, despoblada en toda su banda derecha hasta la autopista, sólo se encuentra la escuela Trabajadores Sociales. Está a unos 200 metros de dicha vía y de una planta de prefabricados en ruinas. Todo lo que hay son arbustos y marabú.

La rubia, Junco, la mulata y el hombre de raza negra estaban francamente excitados. El chofer sólo atinaba a manejar muy nervioso. Junco, en un arrebato, gritó:

-¡A tu amiga Idania la estoy cazando… pero la muy puta se dejó una barriguita! A Noelia la voy a desbaratar, al igual que a ti… y al Coco le tengo ganas, estoy al meterme un tiro en una pasta para que me ingresen con él y desbaratarlo todo en la sala de terapia intensiva… acomódenmelo…

El negro sumiso me aguanta la cabeza. El mulato grandulón le pidió al negro y a Junco que se inclinaran adelante y de inmediato descargó un golpe sobre mi oído derecho y otro más abajo, a la altura del cuello. En eso el blanco cara de ogro se acomoda en la zona trasera del auto y pone una rodilla en el asiento. Me toma por la mandíbula con su mano izquierda y con la derecha me descarga un puñetazo entre el ojo y la nariz. Yo sentía los hilos de sangre bajar de mi oído y de la nariz. Sentía la sangre caliente bajar por mi cuello y dividirse, en una carrera alocada, hacia el pecho y la espalda.

Por el orificio y la herida exterior de la nariz fluía mucha sangre. Los siguientes golpes hicieron que salpicara todas mis ropas, al igual que las de los esbirros a mi derecha y mi izquierda. El negro, asustado al yo pasarme la mano derecha por la cara y quitarme la sangre, exclamaba:

-¡Oye, no me eches la sangre arriba! Oigan, no den más por la cara… ¡oyeron!

-Por la cara no… -ordenó Junco.

Pero aquello se había ido de control. La sangre los había enloquecido. Era un carro de locos. Junco pegó un grito:

-¡Suave! No podemos matarlos…

Desde el entronque de salida del reparto hasta donde comienza la Autopista Nacional hay unos dos kilómetros. Fue el tramo de mayor golpiza y ensañamiento.  Sólo sentía el machacar de los golpes contra mi carne. Había perdido la sensibilidad en todo el cuerpo. En este trayecto, la rubia asesina pegaba con el rigor de una bestia. Las mujeres represoras estaban a mis espaldas y también me propinaban golpes a puño cerrado por el cuello, cabeza y hombros, similares a los de karate do que se ven en las películas. Fue una suerte que Dios me escuchara y la rubia desviara sus golpes hacia mí.

Nancy y yo creemos que nuestra inmensa fe en Dios nos salvó la vida.

La Autopista Nacional

Así llegamos a la Autopista Nacional. Junco dio orden al chofer de enfilar hacia Ranchuelo. Se hizo una tregua. Los represores no tenían alternativa. Había muchas personas a ambos lados de la vía. A la entrada de la autopista estaban los “amarillos”, encargados de embarcar pasajeros en los vehículos con capacidad para ello. Por ese motivo, nuestros victimarios nos doblaron el cuerpo pegándonos las caras contra las rodillas, para que no pudiesen vernos.

Al dejar atrás a los “amarillos”, la autopista tiene una pendiente bastante prolongada. En esta subida se reinició la locura. El primero fue el mulato que iba entre el blanco y el chofer. Me descargó un golpe en la frente, en el lado izquierdo, entre la sien y la mejilla, al tiempo que gritaba:

-¡Gusano de mierda! Llama a los americanos ahora para que te defiendan…

La rubia asesina inició otro ataque contra Nancy, mientras incitaba a la mulata machorra a golpear. Las exclamaciones y gritos me llegaban como de muy lejos, mezcladas:

-¡Gusano, te vamos a acabar! Eres un mierda, hijo de puta… Si te salvas y te agarramos en Santa Clara te vamos a matar… Estamos autorizados… ¿ves lo que te buscaste con tu gusanería? Mira comemierda en lo que te has metido y tus jefes robándose el dinero… Sí, comemierda, Noelia se roba el dinero de ustedes… tú eres ciego. No vayas a volver a Santa Clara… ni se te ocurra venir el día 14, te matamos y no te pagamos… ¿Ves que cobarde Ascanio y los otros? ¿Ves como los abandonaron?

Pero yo ya no escuchaba. No percibía sonido alguno. Después, estuve más de 20 días sin poder escuchar nada de uno de mis oídos. La noción del tiempo también la perdí. Creo que el taxi iba a gran velocidad. Al pasarme la mano para quitarme los cuajarones de sangre de la cara, la batía a propósito, para salpicarlos y que su ropa se llevara mi sangre. Hasta el chofer se llevó manchas en la camisa blanca. Hoy no me arrepiento de haberlo salpicado. Sé quién es el canalla. Según indagaciones de nuestros hermanos opositores, le dicen Mundito. Fue preso político, cumplió quince años, se “rehabilitó” y hoy se le conoce como colaborador de la Seguridad del Estado. Quizá siempre lo fue.

A unos dos kilómetros del río Sagua, me recuperé un poco y abrí los ojos. Sentía el silencio y luego algunas ofensas. Me sacudieron al ver mi estado, me preguntaban si estaba vivo. Fue cuando la rubia asesina le espetó a Junco:

-Vamos a parar y coger un palo, que esta gente no habla ni se queja. Vamos a metérselo por la boca para que griten aunque sea.

-No podemos parar, tenemos que entregarlos en el PCC de Ranchuelo… -respondió Junco algo molesto.

El negro opinó entonces:

-Oye, a esta gente hay lavarlas, así no podemos llegar a Ranchuelo. Hay que ver dónde hay un charco…

Nuestra situación era deplorable. ¿Cuánto nos habían golpeado? Era difícil de precisar. Nuestras ropas estaban tintas en sangre. Así llegamos al Puente de Sagua. Los paramilitares tomaron esta decisión por temor y recelo.

A unos 10 metros del balneario ubicado a lo largo de la rivera, hay una base de camiones de la construcción y, en ruinas, la antigua planta de asfalto que sirvió material para la pavimentación de la Autopista Nacional. El río Sagua diluyó en el caudal de su corriente nuestra sangre. Allí lavaron la ropa, exprimida por sicarios ávidos de disimular su crimen.

La tortura

El auto se desplaza y avanzamos en silencio. Llegamos a la madriguera de Partido Comunista de Ranchuelo. Estaban presentes el mayor de la policía de la Seguridad del Estado, Jorge Luis Ojitos, y el primer secretario del PCC en Ranchuelo, Wilfredo Hernández. También un grupo compacto formado por vecinos y personas traídas a ese efecto.

Los presentes estaban perplejos. El cuadro que presenciaban era dantesco. Nadie tuvo que explicar qué había pasado. Ya situados frente a un micrófono, alguien me ordenó que gritara vivas a Fidel Castro. La rubia asesina tomó a Nancy por el pelo y amenazó con sacarle los ojos, la mano arqueada como una garra. Me acercaron el micrófono y pude ver los dedos de la rubia rozando los ojos de Nancy.

-¡Hazlo o la dejo ciega!

Tomé aire y grité:

-¡Viva Fidel!

Los victimarios, contentos, sonrieron. El mayor Ojitos gesticulaba. Ordenó a sus esbirros que nos soltaran. Todos nos miraban, hombres y mujeres. Los niños del barrio enmudecieron ante el degradante espectáculo. No sabían quiénes eran los malos: El tiempo desvanecerá su inocencia. Nancy y yo hemos rezado mucho. Damos gracias al Altísimo por dejarnos vivir, por darnos la oportunidad de contar al mundo sobre el fascismo fidelista. Estas son más que letras. Son un testimonio para los que aún dudan.

Fragmento del testimonio “25 kilómetros de terror” (Ediciones El Cambio). Para leer la primera y segunda partes, clic aquí y aquí

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